Modos de vestir

Entre la psicología y el estudio antropológico, John Carl Flügel escribió en 1935 este lúcido ensayo sobre las diferencias y las implicancias de la moda entre los hombres y las mujeres.

J. C. FLÜEGEL

A menudo se ha dicho que el hombre es un animal social. Necesita la compañía de sus semejantes, ante cuya presencia y conducta es delicadamente reactivo. Y, sin embargo, en lo que respecta al sentido de la vista, el hombre civilizado tiene pocas oportunidades de observar directamente los cuerpos de sus congéneres. Aparte del rostro y las manos —que, de hecho, son las partes socialmente más expresivas de nuestra anatomía, y a las cuales hemos aprendido a dedicar una atención especialmente alerta— aquello que realmente vemos y ante lo cual reaccionamos no son los cuerpos sino la ropa de quienes nos rodean. A partir de ésta nos formamos una primera impresión de nuestros semejantes cuando los conocemos. El reconocimiento detallado de los rasgos faciales requiere una cierta proximidad íntima. En cambio, la ropa, dado que ofrece una más amplia superficie de inspección, puede ser claramente distinguida desde una distancia más considerable. La expresión indirecta de un individuo a través de su vestimenta es la que nos dice, por ejemplo, que conocemos a una persona a la que «vemos» aproximarse; y es el movimiento impartido a su ropa por los miembros y no el movimiento de los miembros en sí lo que nos permite juzgar, a primera vista, si la actitud de este conocido es amistosa, hostil, asustadiza, curiosa, apresurada o tranquila. Si se trata de un individuo desconocido, la ropa que lleva nos dice inmediatamente algo de su sexo, ocupación, nacionalidad y posición social, lo cual nos hace posible elaborar un ajuste preliminar de nuestro comportamiento hacia él, mucho antes de que se pueda intentar el análisis más refinado de los rasgos y del lenguaje. Es a todas luces innecesario enumerar las funciones que el vestido desempeña en nuestras relaciones sociales; sólo es necesario recordar el carácter general de esas funciones para que la misma familiaridad que con ellas tenemos no nos haga pasarlas por alto. Una vez que hayamos advertido la significación social del vestido por medio de este simple proceso de recordar un hecho cotidiano, no necesitaremos más advertencia acerca de la importancia de la ropa en la vida y en la personalidad humanas; de hecho, la misma palabra personalidad, tal como nos lo han mostrado autores recientes, implica una «máscara», que es en sí un artículo de vestir. De hecho, la ropa, aunque parezca un mero apéndice extraño, ha penetrado en el núcleo mismo de nuestra existencia como seres humanos. En consecuencia, no sólo permite sino que exige un análisis psicológico, y tal vez sea la ausencia de tal análisis en nuestros manuales sistemáticos de psicología lo que requiera una excusa y una explicación.

El psicólogo que considera el problema del vestido disfruta de una gran ventaja que puede ahorrarle un largo y tedioso capítulo preliminar. Casi todos los que han escrito sobre la materia convienen en que la vestimenta cumple tres propósitos principales: adorno, pudor y protección. Podemos aceptar estas conclusiones como fundamentales para nuestras propias consideraciones. También existe consenso en que los motivos que subyacen a estos tres propósitos operan constantemente en las sociedades civilizadas. Surge una cierta discrepancia cuando se llega a la cuestión acerca de cuál de estos tres motivos debe ser considerado como primario, si bien incluso en este punto hay menos diferencias de opinión de lo que tal vez podría esperarse. La primacía de la protección como causa del uso de la ropa tiene pocos defensores, como si los estudiosos de la humanidad se resistieran a admitir que una institución de tanta importancia como el vestido pudiera tener un origen tan meramente utilitario. Prescindiendo del hecho de que la especie humana surgió probablemente en las regiones más cálidas de la Tierra, el caso de ciertos pueblos primitivos que perviven, en particular los habitantes de Tierra del Fuego, muestra que el vestido no es indispensable incluso en un clima húmedo y frío. A este respecto, la manida observación de Darwin acerca de la nieve que se funde sobre la piel de esos curtidos salvajes habría demostrado a la algo desconcertada generación del siglo XIX que sus cómodas y calientes vestimentas, con todo lo deseables que pudieran parecer, no eran imprescindibles para las necesidades de la constitución humana.

El pudor, dejando a un lado la autoridad de la tradición bíblica de la que parece gozar, ha sido puesto en primer lugar por sólo una o dos autoridades, basándose en razones puramente antropológicas.

La gran mayoría de los investigadores ha considerado sin vacilaciones el adorno como el motivo que condujo a la adopción del vestido, y sostiene que sus funciones de preservación de la temperatura corporal y del pudor, aunque posteriormente hayan adquirido una enorme importancia, sólo fueron descubiertas después de que el uso de la ropa se hiciera habitual por otras razones. No necesitamos entrar aquí en consideraciones más detalladas sobre esta discusión especulativa y algo árida. Es un problema que concierne al etnólogo más que al psicólogo, y existen otros asuntos más importantes que reclaman nuestra atención. Sin embargo, no parece probable que, con los datos disponibles, el psicólogo se sienta inclinado a contradecir al antropólogo cuando éste considera el adorno como motivo primario y en cierto sentido más importante que el pudor y la protección. Los datos antropológicos se basan en el hecho de que entre las razas más primitivas existen pueblos que no se visten, pero no pueblos que no se adornen.

Comparando la ontogenia con la filogenia, parecería asimismo que en los niños el placer de adornarse se desarrolla antes que la vergüenza de exhibirse, si bien aquí la observación resulta difícil porque el niño está sujeto desde el comienzo a la influencia de su entorno de adultos. Sin embargo, un estudio cuidadoso parece mostrar que de forma más primitiva que el pudor o el adorno existe un simple goce en el ejercicio y exhibición del cuerpo desnudo, un goce que el niño puede sentir con intensidad y que a menudo se ve interferido por la ropa que tiene que llevar de suerte que, a través de las asociaciones desagradables así adquiridas, la satisfacción del adorno a través de la indumentaria a menudo aparece mucho más tarde de lo que cabría esperar. No obstante, a veces el niño manifiesta una tendencia simple al adorno que no difiere de la del salvaje. A los niños pequeños, señala Sully, «les gusta una variedad de adornos, como un collar de cuentas o flores alrededor del cuello, una pluma en el sombrero, un trozo de cinta o de tela de color brillante como lazo para el vestido, y demás». Por tanto, el niño se asemeja al hombre primitivo en que se interesa más por los adornos aislados que por la vestimenta completa o por esquemas coherentes de adorno; sin duda esto coincide con lo que manifiesta en su apreciación del arte pictórico pues, como ha demostrado la experimentación, disfruta de la representación de objetos aislados mucho antes de obtener placer con una composición total o con la representación de una escena compleja. El hecho de que no percibamos más esta temprana tendencia al adorno se debe, posiblemente, a que, al hacer hincapié en la necesidad del pudor y de la protección, expresamos de diversos modos nuestra desaprobación de la tendencia a la exhibición en una edad en la que todavía está ligada en su mayor parte al cuerpo desnudo, de suerte que todo el impulso a la exhibición es en gran media aniquilado de raíz antes de que haya tenido tiempo de llegar a la etapa del adorno.

Sin embargo, descontando la prioridad realmente manifiesta del motivo del adorno en el individuo o la especie, existen más razones a priori de naturaleza psicológica que hacen improbable que el pudor pueda ser el motivo primario para vestirse. El pudor, por su propia naturaleza, parece ser algo secundario; se trata de una reacción contra una tendencia más primitiva a la autoexhibición y, en consecuencia, parece implicar su existencia previa, sin la cual pierde su razón de ser. Además, las manifestaciones del pudor son de una naturaleza cambiante. No sólo varían enormemente de un lugar a otro, de una edad a otra, de un sector de la sociedad a otro, sino que, aun dentro de un círculo de personas íntimas, lo que se considera absolutamente permisible en una ocasión puede juzgarse como verdaderamente indecente pocas horas más tarde. En realidad, las manifestaciones prácticas del pudor parecen ser enteramente una cuestión de hábito y convención. En sí mismo esto no demuestra que el impulso del pudor en general no sea innato; por el contrario, casi con seguridad lo es. No obstante, el estímulo del pudor en conexión con cualquier parte del cuerpo o con el cuerpo desnudo en su conjunto sólo puede ser una cuestión de una visión tradicional y no una tendencia primitiva fundamental comparable a la autoexhibición que, aunque maleable también en sus manifestaciones, parece determinada mucho más rígidamente en sus principales formas. Sea como fuere, ha sido muy difícil para muchos autores suponer que el hábito general de usar ropa pueda deberse a una tendencia tan variable y tan fácilmente remplazable como el pudor donde sea que se manifieste. Sin embargo, como ya hemos dicho, por fortuna no es necesario entrar en una consideración minuciosa del problema de la prioridad. Se acepta que cada uno de los tres motivos —adorno, pudor y protección— es suficientemente importante a su modo, y que así se deja planteado el asunto, guardando la piadosa esperanza de que la observación más exacta de pueblos primitivos y de niños pequeños, en condiciones favorables, pronto permitirá evaluar con mayor precisión el significado genético de cada motivo.

Mientras tanto, es de mayor importancia para nosotros, desde nuestro punto de vista psicológico, examinar las relaciones entre los tres conjuntos de motivos, y ésta es una tarea que ha recibido hasta ahora una menor atención, pero que parece conducir directamente al nudo mismo del problema del vestido, tal y como interesa al psicólogo, en particular en el caso de la relación entre el pudor y el adorno. Está claro que en algunos sentidos estos dos motivos se oponen entre sí. La finalidad del adorno es embellecer la apariencia física a fin de atraer las miradas admirativas de los otros y fortalecer la autoestima. El propósito esencial del pudor es, si no exactamente lo contrario, por lo menos muy diferente. El pudor tiende a hacernos ocultar las excelencias corporales que podamos tener y, generalmente, nos impide llamar la atención de los otros hacia nosotros mismos. La simultánea y plena satisfacción de las dos tendencias parece lógicamente imposible, y el conflicto inevitable puede encararse, en el mejor de los casos, con alguna solución aproximada, ya sea por medio de una alternancia rápida o de un compromiso entre ambas, que es una solución algo semejante a lo que algunos psicólogos han descrito elocuentemente con el nombre de «recato». Esta oposición esencial entre los motivos del adorno y el pudor es, a mi parecer, el hecho más relevante de toda la psicología del vestido. Implica que nuestra actitud hacia la ropa es desde el primer momento «ambivalente», por usar el inapreciable término introducido por los psicoanalistas. Por medio del vestido tratamos de satisfacer dos tendencias contradictorias y, por lo tanto, tendemos a considerarlo desde dos puntos de vista incompatibles: por un lado, como un medio para desplegar nuestros atractivos y, por el otro, como un recurso para ocultar nuestra vergüenza. De hecho, la ropa, en cuanto artículo ideado para satisfacer necesidades humanas, tiene esencialmente la naturaleza de un compromiso; se trata de un ingenioso artificio para establecer algún grado de armonía entre intereses en conflicto. En este sentido, el descubrimiento del vestido, o en todo caso su uso, parece asemejarse psicológicamente al proceso de desarrollo de un síntoma neurótico. El gran mérito del psicoanálisis consiste en haber demostrado que los síntomas neuróticos tienen también algo de compromiso debido a la interacción de impulsos conflictivos en gran medida inconscientes. Algunos síntomas de esta clase parecen funcionar como un compromiso entre casi exactamente las mismas tendencias que se expresan en la vestimenta. Así, los ataques de rubor psicológico que sufren algunos pacientes son, por un lado, una exageración de los síntomas normales de vergüenza pero, por otro, tal como lo ha demostrado el psicoanálisis, atraen involuntariamente la atención hacia el paciente y, por tanto, gratifican su exhibicionismo inconsciente. En términos de esta estrecha analogía puede decirse que el vestido se asemeja a un perpetuo rubor sobre la faz de la humanidad.

La circunstancia de que el vestido pueda cumplir eficazmente esta doble y en el fondo contradictoria función se relaciona con el hecho —al que ya hemos aludido— de que las tendencias de exhibición y de vergüenza se vinculan en su origen no con el cuerpo vestido sino con el cuerpo desnudo. La vestimenta sirve para cubrir el cuerpo y gratificar así el impulso de pudor. Pero al mismo tiempo puede realzar su belleza, y ésta fue probablemente su función más primitiva. Cuando la tendencia exhibicionista pasa del cuerpo desnudo al cuerpo vestido, puede satisfacerse con una oposición mucho menor por parte de las tendencias al pudor que cuando éstas se enfrentan con el cuerpo en estado de naturaleza. Sucede como si las dos tendencias fueran satisfechas mediante este nuevo proceso, y el compromiso resultante se transforma, en consecuencia, en algo relativamente estable.

Veremos después cómo los distintos cambios manifestados en sucesivas modas representan otras tantas alteraciones menores y reajustes del equilibro que se había establecido, unos cambios en la relativa preponderancia del pudor y el exhibicionismo, su orientación hacia distintas partes del cuerpo y en el grado de su desplazamiento del cuerpo en sí hacia la ropa que lo cubre. De hecho, toda la psicología de la vestimenta se clarifica y se simplifica en gran medida si se entiende plenamente y si se tiene siempre presente esta ambivalencia fundamental de nuestras actitudes. Después de comprender este gran compromiso entre los motivos conflictivos de adorno y pudor, resulta relativamente fácil ver cómo se refuerza con el tercer motivo: la protección. Una vez que el vestido demuestra ser un medio eficaz para conciliar dos actitudes aparentemente incompatibles hacia el cuerpo humano, se descubre que todavía tiene una tercera ventaja: proteger el cuerpo contra la desagradable sensación de frío. Aunque las consideraciones puramente higiénicas son ajenas a la mente primitiva (dado que ésta tiende a considerar que toda enfermedad es producto de la magia o de los espíritus), las ventajas biológicas inherentes a la reducción de la pérdida de calor corporal y la posibilidad resultante de reducir la energía que debe ser repuesta mediante la alimentación pueden haberse hecho gradualmente evidentes, sobre todo a medida que la presión demográfica y la consiguiente lucha por la existencia indujeron a ciertos sectores de la raza humana a penetrar en climas cada vez más fríos. Sin embargo, las ideas sobre la función higiénica de las vestimentas se basaban en gran medida —por lo menos en los últimos siglos— en una exagerada estimación de los peligros del frío para la salud y, por consiguiente, se prestaban admirablemente para apoyar las exigencias de vestirse y para reforzar la satisfacción que las ropas ya daban a los motivos de pudor y de exhibición. En realidad, estas dos tendencias se escudaron, en ciertas ocasiones, en el motivo de protección, el más puramente utilitario y, por lo tanto, el menos emocional. Éste fue usado, en la terminología psicológica, como una «racionalización» de los primeros, y en virtud de este proceso el hombre aparecía y se consideraba a sí mismo como obedeciendo al propósito simplemente razonable de proteger su salud cuando, en realidad, era movido principalmente por el conflicto más primitivo entre pudor y exhibición. Este proceso puede observarse aún en nuestros días, aunque ciertas ideas de la higiene moderna son menos favorables a su aparición que las de la generación anterior. Es evidente que en los últimos años se ha operado un cambio en nuestras ideas sobre la higiene, a raíz del cual se ha acentuado la suposición de que la ropa proporciona no poca sino excesiva protección, lo que nos ha hecho simpatizar con el punto de vista expresado por el viejo Heródoto en el sentido de que cubrir demasiado el cuerpo es una causa de la debilidad. Este cambio ha acarreado las correspondientes modificaciones en nuestras concepciones del pudor y del adorno; del pudor, en la medida en que se ha llegado a una mayor tolerancia en ciertos aspectos de la forma del cuerpo; y del adorno porque han surgido fuertes tendencias hacia la simplicidad y naturalidad en el vestido. Estos cambios correlativos son del mayor interés, tanto para el historiador como para el psicólogo del vestido, y en un capítulo posterior volveremos a tratarlos de una manera más acorde con su importancia. Basta aquí con haber llamado la atención sobre ellos para ver cómo el motivo de protección interactúa con el pudor y la exhibición. En sus manifestaciones, los tres motivos están tan imbricados que un cambio en uno de ellos implica casi inevitablemente cambios correspondientes en los otros dos.

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