Peripecias del no

Nina Lykke y la familia en la adormecida sociedad contemporánea

Paula Puebla


Tres años antes de la aparición del hit de ventas Estado de malestar (2019), libro premiado además con el galardón literario más importante de Noruega, Nina Lykke escribió No y mil veces no, una novela que insiste sobre la familia nuclear inserta en un tipo de sociedad adormecida de satisfacción. Como en la actriz y escritora Linn Ullman, como en el prolífico y estrellado Karl Ove Knausgard, como en Vigdis Hjorth: la obsesión nórdica parece ser la misma. ¿Cómo se tramita el fracaso de las relaciones y la descomposición de los vínculos en un universo donde nada ha sido diseñado para fallar? ¿Qué se sacude de la gran subjetividad noruega cuando la descomposición, la derrota, el drama módico (y no tanto) entra por la puerta de los hogares constituidos para ser infalibles?

No y mil veces no es una novela que contesta, en parte, esas preguntas. Pero no lo hace de cualquier modo, sino con el sello de Lykke: con desenfado y humor áspero. Las miserias, el ensimismamiento y las mieles de la autorrealización a cualquier precio son superadas por esta mirada aguda y sumamente crítica, incómoda y poco permeable a la domesticación. En esa tónica, la autora narra la historia de Ingrid y Jan, un matrimonio de docentes que lleva veinticinco años de casados, y sus dos hijos —“esos kilos de material biológico que había sacado empujando de su cuerpo rajado” sobre quienes “tienes que elegir entre ser amigo y ser padre, entre caer bien y que te respeten. No se puede tener las dos cosas”— criados sin límites pero para que sean prolijos contribuyentes al producto bruto interno en el futuro cercano.
La novela sostiene una lucha silenciosa entre quién es Ingrid —o quién se percibe ser— y los deberes sociales que a lo largo de la vida se acumularon unos sobre otros hasta formar una masa que amenaza con arrollarla. Su costado de profesora de educación media se las arregla como es esperado mientras en su interior borbotean críticas al estado de infantilización actual del mundo que la rodea y del que forma parte: “los profesores tenían miedo de no saludar con entusiasmo por los pasillos, no ser lo suficientemente positivos, creativos, alentadores o empáticos […], no estar disponibles por correo y por teléfono para todos los alumnos con depresión, trastornos alimentarios, autolesiones, ideas suicidas y dislexia ya que cualquiera de ellos podría echar la culpa de sus actos a una puerta cerrada”. Lykke ensaya una hipótesis: “Así eran ahora las cosas, como si la sociedad se hubiera convertido en una enorme sala de espera de hospital donde todo el mundo mostraba sus heridas”.

En No y mil veces no la respuesta que Ingrid da al abandono de Jan por una mujer quince años más joven —“el noventa y cinco por ciento de los hombres que toman la iniciativa en una separación tienen otra mujer esperando”— y al hartazgo tanto profesional como doméstico es una búsqueda, una errancia, una serie de pasos adelante que da incluso sin saber qué hay allí. “¿Qué gracia tenía seguir las reglas cuando nadie más las seguía, cuando todos los demás se apoyaban en la vida con todo el peso de su cuerpo, cuando dejaban que el deseo y todos sus malos hábitos camparan a sus anchas? […] ¿Se quedaría [Ingrid] a vivir allí con dos hombres adultos, les limpiaría el culo y recogería migas de la mesa y sería la única que cambiaría las bombillas y pagara los recibos de luz y se ocupara de las múltiples tareas y de facturas, porque Jan había decidido que ya no formaría parte de eso?”.
A pesar del derrotero, Nina Lykke no persiste con Ingrid en la construcción de una víctima, ni en el refuerzo del estereotipo de la mujer despechada; tiene para ella un destino de inesperada realización, aún en la fantasmática de la soledad. Por el contrario, apunta a Jan, el presunto victorioso y “el siervo eterno de sus hijos”, el instigador de la ruptura del matrimonio, y a Hanne, su nueva pareja a quien la vida como parte de una (añorada) familia ensamblada toma por sorpresa: “Tus hijos lo dejan todo tirado, no me contestan cuando les hablo, se acaban la leche y se han apropiado de la tele para ver partidos de fútbol y películas violentas. ¿Por qué vienen aquí? ¡Tienen casi mi edad!”. Luego, la aparición de Julie viene a la historia a indicar que la satisfacción (o la felicidad) de Jan siempre está en otro lugar.
Con una mirada quirúrgica, y una prosa lisa que hace pensar que la escritura es un arte sencillo, Nina Lykke pone a actuar esta serie de personajes para romper las nociones de los buenos y los malos, aciertos y errores, pero también para mostrar que los finales felices no son lo que prometen ser. La escritora noruega prefiere señalar el resquicio de luz que asoma como una fuerza divina cuando la infelicidad parece oscurecer y tomar todo lo conocido: “Creo que todos deseamos la catástrofe. Un tsunami que lo arrastre todo hacia el mar. En el fondo, todos deseamos que llegue ese tsunami hasta el día en que llega de verdad[…]. Deseamos algo que nos haga espabilar de una puta vez”. No y mil veces no es una lectura a medida para analizar con distancia y estupor los discursos de insatisfacción que los humanos proferimos cuando confundimos la queja con la respiración, con estar vivos.