Poética razonada

El Lexikón de Sergio Raimondi es el libro más importante del 2022. En esta entrevista, su autor habla de poesía, tradición, política e historia.

CARLOS GODOY


Sergio Raimondi (Bahía Blanca, 1968) es una singularidad. Poeta, traductor, docente y agudo ensayista, es hace tiempo una voz intelectual importante en el campo literario argentino. Sin embargo, hasta este año, su obra impresa se limitaba a la exclusividad de una sola publicación que le prodigó el reconocimiento generalizado como uno de los autores contemporáneos fundamentales de habla hispana. Esa publicación es el poemario Poesía civil editado por VOX de Bahía Blanca en el año 2001, reeditado en su versión extendida y definitiva por 17grises en el 2010, y reimpreso recientemente bajo el sello Liliputienses. Es un libro extraño, profundo y político donde se revela una trama benjaminiana de incógnitas y desapegos en torno al capital detrás de cada objeto, de cada decisión, de cada actividad humana sea o no económica. Luego de 21 años, publica Lexikón editado por Mansalva y diseñado y maquetado por Tomás Fadel (no es una esnobeada el reconocimiento al maquetador de este libro porque se trata de una excentricidad de más de 400 páginas con títulos en diferentes lenguas y alfabetos). En el Lexikón, cuya traducción es la de una especie diccionario especializado de alguna ciencia o disciplina, Raimondi vuelve a la escena de la poesía con una obra totémica y absoluta, donde, en una suerte de Orbis Sensualium Pictus de Iohannes Amos Comenius, vuelca bajo una forma poética y ensayística una descripción o enumeración de los conceptos, elementos y seres que conforman la realidad. Con motivo de esa novedad, conversamos con él sobre poesía, tradición, política e historia.

— Las fechas de publicación entre tus libros vuelven a la primera pregunta a la vez obvia e insoslayable: ¿por qué tanto tiempo entre la publicación de Poesía civil (2001) y el Lexikón (2022)? De uno a otro, ¿es posible rastrear un proyecto de documentación de cambios o transiciones de ciclos político-económicos?
— No me di cuenta de entrada, pero el proyecto del diccionario, que apareció a los pocos meses de publicar Poesía civil, implicaba, por su escala, un detalle: resolver cómo organizarme para escribirlo. Quiero decir, implicaba reconsiderar más o menos un modo de vivir, desde cambios en relación a mis trabajos hasta cambios, por más que parezca excesivo, en relación a mis vínculos sentimentales, pasando, incluso, por los modos de alimentarse o de distraerse. Y en general esas reformulaciones no son inmediatas. Esto es un asunto personal y no tanto; por un lado, porque ese nivel es más colectivo de lo que suponemos; por otro, porque el problema del tiempo que le dedicamos o no a ciertas actividades está densamente tramado por una enormidad de cuestiones culturales, sociales, políticas y económicas. Después hay que contar los desafíos más específicos: cómo ir ordenando de año a año las versiones de las entradas, cómo detectar los términos necesarios que le dieran volumen a cada letra, cómo encontrar un modo de ir viendo el conjunto, etcétera. Cada uno de esos aspectos demandó distintas idas y vueltas. No sé, me llevó por ejemplo años advertir que me venía mejor tomar notas en cuadernos y no en la computadora, más allá de que después haya tenido que numerar esos cuadernos, o inventar un sistema de marcas para encontrar una referencia anotada una década antes. Eso, sin contar que el proyecto fue siempre más que nada una sospecha, y por tanto su consecución se fue dando un poco a ciegas, probando, experimentando, errando, al punto que no fue sino hasta unos meses antes de entregarlo que empecé a sentir que me había aproximado a algo. Lo último que señalás me parece decisivo, porque ése fue el criterio que me permitió orientarme. Me refiero a la cuestión de la perspectiva cualitativa sobre las transformaciones ocurridas en estos veinte años. Aunque haya notado alguna vez que ciertos fraseos o formas estróficas de Poesía civil ya no funcionaban, reconocer que no funcionaban porque el mundo no era el mismo también fue un proceso de entendimiento gradual. No sé, por más que haya sido publicado en 2001, hoy veo Poesía civil en gran medida como un libro del siglo XX. Aun cuando haya tenido sus prolegómenos desde los ochenta del siglo pasado, tal vez el XXI empezó hace bastante poco. O sea que Lexikón es básicamente un proceso de aprendizaje para tener al menos la chance de imaginar un diagnóstico y un instrumental del presente. Porque en definitiva una poética, si no es una percepción del mundo, ¿qué es? Y es solo la perspicacia de esa percepción la que al final sopesa y habilita la pertinencia de una imagen o de cualquier decisión técnica. Fue tan demorado el proceso de ir conformándola como hiper-veloz la etapa de modificaciones que se sucedió cuando sentí que más o menos se había configurado. Y de hecho en los últimos seis, siete meses, descarté más de cien poemas que formaban parte del conjunto y escribí casi esa misma cantidad hasta la semana previa a enviar el archivo. Más de veinte años y me quedé con la sensación de que el libro se escribió, al fin, vertiginosamente, a las apuradas.

La siguiente pregunta entonces es en relación al paso del tiempo es sobre la forma. ¿Qué notás en la pulsión, el ritmo y la práctica de la escritura en relación a Poesía civil y el Lexikón? ¿Cuáles fueron los cambios en la producción entre esos dos trabajos?
— Una primera inquietud fue mi incomodidad con el formato del poema-rectángulo-compacto que venía de Poesía civil. Al principio era una incomodidad en el estómago. Sentía la necesidad de romper esos bloques. Por eso el proceso del libro podría contarse como una historia de pruebas y experimentos de diseños estróficos que permitieran, aunque de modo mínimo, la circulación de blanco, de aire, de vacío. También quise experimentar con ciertas ecuaciones de simetría y asimetría, porque fui advirtiendo que la asimetría empezaba a formar parte de los intereses del libro y, a la vez, un poco adornianamente, no quería generar una coincidencia o una identificación para ponerla en valor. Igual tomar un elemento de una poética por sí mismo es una fantasía idealista, ¿no? Porque eso nunca sucede así; cualquier elemento forma parte de una trama. Pero si hay un elemento que creo fue el que más soportó el pasaje de un libro a otro, o el pasaje de una a otra percepción del mundo, fue el tono; esa dimensión más próxima a la posición de enunciación. La necesidad de cambiar el título que había tenido el proyecto casi desde sus inicios, Para un diccionario crítico de la lengua, también tiene que ver con eso. Lo primero que se volvió incordioso fue el adjetivo. Tal vez una de las consecuencias del proceso de aprendizaje del libro fue que empecé a desconfiar de esa operatoria ligada a una posición demasiado afirmativa en su negatividad, al menos en relación a la distinción tan presuntuosa que se arma entre el sujeto y el objeto, o inclusive en relación a la idea misma de ese sujeto crítico que viene, en principio, de una tradición iluminista. Porque, ¿qué pasa cuando ese sujeto crítico, no sé, se larga a llorar? ¿O, por más que lo intente, no logra entender ciertos fenómenos? ¿O empieza a mirar con otros ojos el aguaribay centenario de la esquina de su casa? Claro, en un punto entre Poesía civil y Lexikón lo que hay es una revisión de cierto instrumental materialista, el cual ya había pasado a su vez por una revisión, al menos en términos territoriales, en aquel primer libro.

Me gustaría que cuentes un poco cuál es la composición de tu tradición literaria. Cuáles fueron los orígenes de tu producción, cuáles fueron tus lecturas e influencias y, sobre todo, de dónde proviene esa forma de poemas que a la vez son ensayos.
— Una de las escenas que más me marcó fue la de estar ante un poema en griego o latín, entendiendo poco y nada, en un banco en la universidad o en la mesa de la cocina de mi casa, con un diccionario al lado, portaminas y resaltadores. En particular, la sorpresa de descubrir todo lo que entraba en un hexámetro… ¿Tantas cosas entran en un verso? Me veo entonces haciéndome esta pregunta más de una vez. Dado que tenía que ir cotejando palabra a palabra, podía estar horas ahí. El hexámetro se volvía un mundo. Esa entidad tan cabal del verso es más rara en la contemporaneidad… Hay casos y casos, por supuesto, pero sé que entonces leer a Lucrecio o a Ovidio fue un acontecimiento. Hace poco, indagando para una entrada del diccionario en torno al mito de Apolo y Dafne, volví a sacar de mi biblioteca, después de muchísimo tiempo, una versión de las Metamorfosis. ¿Leíste alguna vez ese pasaje? Estaba tirado en la cama leyendo, con un lápiz en la mano, y en un momento me tuve que levantar porque no podía creer el nivel de sofisticación, sensorial, conceptual, léxica, que verso a verso alcanzaba Ovidio. Y no es que no sea consciente de las limitaciones de seguir percibiendo aquel período como un momento superlativo resignando otras tradiciones o posibilidades; de hecho, en el diccionario hay una insistencia por pensar también temporalidades prehistóricas, u orientales, desde la sospecha del carácter estratégico de incorporarlas. Pero aun con todas estas precauciones, esos versos me mostraban un nivel tan alto de artificio que me provocaban una conmoción física. Por alguna razón, ese tipo de articulación que me apela suelo encontrarla hoy con más frecuencia en el ensayo que en la poesía. Y para mí la tradición del ensayo es fundamental; bueno, no para mí, ¿no? Para cualquiera que viva en este país, haya leído alguna vez ensayos o no, ni importa eso. Una obra como Radiografía de la pampa. Más que esa obra, que es en sí misma también una historia del ensayo argentino hasta entonces, es increíble el gesto que la acompaña: el de Martínez Estrada teniendo que abandonar el verso para escribirla. Yo creo que ese abandono, en los inicios de los ’30, es todo un diagnóstico de la poesía argentina o, en todo caso, de las limitaciones de ciertas formulaciones modernistas o seudo-modernistas inhábiles para conectar con una situación nueva. Ahí hay un ejemplo espectacular del sitio privilegiado que el problema de los géneros, tantas veces desestimado como tema antediluviano o trasnochado, tiene en la constitución de una percepción.

¿Y en relación a la lectura en voz alta? Suele decirse usualmente los poetas bonaerenses leen con un tono seco y monótono, pero tu lectura es acentuada y performática, más ligada a una tradición litoraleña.
— Mmm, sí, puede ser. Se me ocurre que, tal vez por el tipo de poética de Poesía civil, haya intentado darle cierta vocación pública a la lectura, buscando con la modulación separarla de una escena de intimidad más asociada, al menos en los últimos dos siglos, a la lírica. Aunque a veces también ciertas acentuaciones tienen que ver con reponer un ritmo, o niveles de matices que suelen perderse ante la impresión primera de prosaísmo que los poemas, sobre todo por la extensión del verso, pueden generar. Igual el poema en voz alta es una entidad en sí misma, porque el cuerpo deja de ser un supuesto, o una presencia tácita. Y también deja de ser una presencia tácita la circunstancia, el ambiente, el momento de la lectura como encuentro. Y al menos en las pocas ocasiones que he tenido de leer poemas de Lexikón, también reconozco modificaciones en ese plano. Por ejemplo, en principio, detecto la ansiedad por aprovechar la materialidad y los tonos o hasta la suspensión de la voz para limitar la dimensión mental que proviene de la secuencia sobre todo sintáctica del lenguaje, o de mostrar acaso que esa dimensión mental es solo una parte, tal vez ni siquiera la más decisiva, de la experiencia del poema.

Fuiste funcionario como director del Museo Ingeniero White y Secretario de Cultura de Bahía Blanca. Además de ser docente de literatura contemporánea en la Universidad. ¿Cuál es el vínculo que hay entre gestión pública y literatura? ¿Cómo pueden convivir?
— En Lexikón hay una entrada con un término griego, “γλωσσάι” (se podría leer “GLÓSSAI”), que es el título de la obra de uno de los primeros filólogos helenísticos, Zenódoto, y que al parecer era un glosario ordenado alfabéticamente. Bueno, ahí se puede leer: “La chance de acceder a un puesto de funcionario / está prevista desde el origen”, porque Calímaco, uno de los primeros en combinar poesía y filología, cumplió funciones de dirección en la biblioteca de Alejandría. Es un momento bastante increíble ése; se empezaban a dar cuenta en la Antigüedad que Homero se había vuelto antiguo, que la costumbre de retener sus versos en la memoria era menos común, y que era necesario fijar el texto. Parece un detalle, pero hay toda una política ahí… El tema es que esa tradición larguísima que vincula al dedicado a las letras con la función pública, que se vuelve de algún modo omnipresente en los países latinoamericanos en el siglo XIX, y que sigue por ejemplo con Lugones en la Biblioteca de Maestros, o ayer nomás con González en la Biblioteca Nacional, se mantiene en general velada ante otra tradición más presente desde el romanticismo y el simbolismo: la del poeta que se enfrenta al Estado, a la sociedad y, ya que está, al universo. Yo igual no la desmerecería así nomás; hay mucho por aprender ahí también. Aunque habría que ver si la sospecha casi automática que se produce cuando un poeta o un escritor acepta una responsabilidad pública no está vinculada a un descrédito específico o general en relación a la política. Específico, porque muchas veces ese descrédito hacia la política es solo un modo de posicionarse políticamente; general, porque tal vez se trate de un descrédito de otro tipo, del reconocimiento de una escisión más neta entre la política de palacio y la vida cotidiana. Porque además hay una tradición, digamos, humanista de la política que parece funcionar cada vez menos: la capacidad oratoria, la instancia asamblearia, el cuerpo a cuerpo… Por más que todas las mutaciones tengan su parsimonia, y por más que nunca se dé un reemplazo de una forma por otra sino más bien convivencias, yo estaría atento al peso cada vez mayor que tienen los algoritmos en este plano, o en todo lo que se está jugando, a cada segundo, en el trato con las pantallas. Más allá de que pueda gustarme más o menos, hay una transformación en curso ahí. Salvo que seas nostálgico, eso no es necesariamente una mala noticia. Sí es una mala noticia si no disponés de los instrumentos adecuados para intervenir, o al menos de un pensamiento inquieto ante el estado nuevo de cosas.

En la introducción a la segunda edición de Poesía civil (17grises) haces hincapié en la educación y en la entrevista que te hicieron para el podcast “Oh Patria mía” hablás, parafraseando a Manuel Belgrano, de una patria de la contingencia. ¿Cuáles son los vínculos entre la educación y esa patria de la contingencia que prioriza cierta pulsión caótica e instintiva latinoamericana antes que el orden y progreso occidental?
— Esa es una referencia a un momento lindísimo de la Autobiografía de Belgrano. Es cuando Belgrano, después de contar las charlas que tuvo con uno de los brigadieres ingleses presos ante el segundo intento de invasión en 1807, en las que el diálogo y el análisis los llevó a prever que la independencia argentina se demoraría al menos un siglo en llegar, hace un comentario brevísimo sobre la presuntuosidad de los cálculos que solemos hacer para pasar a comentar cómo todas las circunstancias cambiaron apenas un año después con el ingreso del ejército napoleónico en España. Ese podría ser un buen ejemplo de lo que el último Althusser llama el “materialismo del encuentro”; es decir, un materialismo no teleológico que tiene en cuenta el desvío, el carácter sorpresivo de ciertas coyunturas o, justamente, la emergencia o inclusive la necesidad de la contingencia. Ese podcast es del 2020, así que sospecho que, por entonces, conmovido como cualquiera por la experiencia de la pandemia, me empezaba a intrigar cada vez más por lo imprevisto y lo irregular. Pero no sé si me convence suscribir una oposición dicotómica entre el instinto de este lado y el orden de aquel, que en un punto es justamente una continuidad de ciertas perspectivas europeas de concebir el mundo. Hay un tema en el diccionario en torno a esta dimensión latinoamericana, porque de verdad yo creo que nuestra concepción de esa herencia sigue todavía demasiado configurada por la coyuntura de los ’60 y ’70, y me resulta hasta te diría urgente repensar eso. La obsesión de Patricio Marchant, durante los años pinochetistas, por el pensamiento de la poesía de Gabriela Mistral, desde el Centro de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile (fijáte ese nombre), me acompañó por ejemplo en el proceso del diccionario como una alternativa; incluso su hipótesis de que en esta parte del mundo tal vez se piense en verso o, en todo caso, desde la “materia alucinada”, es una expresión suya, del verso. Para abordar nuestro ámbito prefiero entonces nociones como la de “formación abigarrada” de Zavaleta, quien intentaba pensar la coexistencia de diferentes sociedades en una sociedad; es decir, la coexistencia en principio de diferentes modos de entender el tiempo, de vivirlo, y por tanto de diferentes modos de concebir la política, el trabajo o inclusive la lengua… Para mí es una categoría que excede su pertinencia para los países andinos. Si tenés la oportunidad de caminar una mañana por las calles de lo que se conoce como el “cinturón hortícola periurbano”, te das cuenta. Creo que en esa heterogeneidad, en ocasiones percibida como un inconveniente, también puede verse una posibilidad, al menos la de evitar la tendencia a homogeneizar desde cierto punto la perspectiva sobre los problemas. Es increíble, pero no hace mucho empezamos a advertir, quiero decir desde la esfera pública, que en este país se habla más de una lengua. De ahí también la decisión del diccionario de incorporar términos del mapuche, del aimara, del quechua o del guaraní… Bueno, no sé si alcancé a decir algo de la cuestión de la educación.


Un “lexicón” es una especie de diccionario o manual abocado a la terminología de una ciencia o un periodo histórico o una lengua. Este libro es lexicón a secas, ¿cuál es su referencia madre?
— Uy, es un poco amenazante esa expresión “referencia madre”… En alguno de sus sentidos puedo mencionar los cinco tomos verdes del diccionario enciclopédico Sopena que estaban en el living de mi casa, o inclusive los cinco, más altos, de uno Larousse, que también usé para tareas de la secundaria. Aun cuando no sabía de qué se trataría el diccionario, sí sabía que quería escribir un libro de poemas que se pudiera ubicar en esos estantes donde suelen ir diccionarios, atlas y enciclopedias. Sospecho que en esa fantasía estaba la idea del diccionario como un útil, como un artefacto que admitiera alguna afinidad con concepciones de utilidad tan desprestigiadas en el abordaje de la literatura. El reconocimiento, como te decía al principio, de estar viviendo un tiempo que brinda ocasiones constantes para exponer el desajuste entre concepciones previas y cierta dinámica del mundo, y la inquietud por indagar ese desajuste, debe haber favorecido esa fantasía. Uno de los poemas más antiguos del diccionario es el primero, que tuvo muy pocas modificaciones a lo largo del proceso, y que está basado en la evaluación que hace Gramsci en la cárcel, hacia inicios de los ’30, del Manual popular de Bujarin, cuyo título completo es La teoría del materialismo histórico. Manual popular de sociología marxista. Ése es un Gramsci que entiende una discusión epistemológica como una discusión política, y le critica a Bujarin la ortodoxia positivista de confundir la historia de la ciencia con la historia de la tecnología, y de no ver que además de los instrumentos materiales existen los intelectuales, por supuesto materiales en un sentido también. Es muy lindo ese pasaje, porque además toma a la geología y a la matemática como ejemplos, y para mí también fue una ocupación la de volver a ejercitar los vínculos posibles entre la poesía y el pensamiento científico. Quiero decir, si en Poesía civil la articulación era en principio con la historia y la economía, en el diccionario eso se amplía a otras disciplinas, tal como la ingeniería genética, la inteligencia artificial, la etología, el psicoanálisis o, mejor, los diferentes intentos por articular el marxismo y el psicoanálisis, sin perder de vista justamente la geología y las matemáticas… Aunque en verdad la hipótesis mayor fue la de la necesidad de reorganizar esos saberes ante una distribución nueva de la complejidad. O hasta, más radicalmente, de cuestionar la idea misma de disciplina. No sé, pero hoy capaz puede ser más importante estar atentos a los experimentos en un laboratorio que a una decisión de gobierno. Hay en esta inquietud por el orden de los conocimientos, sin duda, una tendencia abarcadora, que va un poco a contramano de cierta insistencia actual por el recorte, por lo acotado, por la especialización. El tema es que, por un lado, hay que ver si eso que suele llamarse “el fin de los grandes relatos” no se ha vuelto un gran relato, y si desprenderse de escalas más amplias no supone una limitación para reflexionar. Porque, dos cosas: qué equívoco creer que se trata de elegir entre lo abarcador o lo acotado sin probar con poner en crisis, como nuestra vida cotidiana lo hace a cada instante, esas opciones desde sus combinaciones más diversas. Además ahora el ejercicio consistiría en intentar abordar esas escalas más abarcadoras sin el peso de ese concepto fetiche de “totalidad”. Supongo que por eso también el impulso de hacer el diccionario finalmente obtuvo un sentido cuando entendí que no tenía sentido hacer un diccionario o, en todo caso, que hacer un diccionario solo tenía sentido si contrariaba ese tipo de artefacto letal en su ficción de completud. En algún momento sentí que el único objetivo de haber encarado el diccionario había sido el de permitirme reparar en lo emocionante y decisivo de una sola palabra, bastante subestimada: “algo”.

Siguiendo con los links que se disparan entre Poesía civil y el Lexicón arriesgo, partiendo de las tapas que tienen una evocación a cierta estética marina presente tanto en logos industriales como en tatuajes y de algunos poemas que hablan del surgimiento de la democracia en un barco, que el mar es la plataforma para hablar de economía, historia y soberanía. Sin embargo, pese a que sos un estudioso de Radiografía de la pampa de Martinez Estrada, no hay muchas referencias a la pampa.
— En verdad en las tapas lo que hay son dos estampas renacentistas que reponen un mismo lema latino, “Festina lente”, planteando la idea de combinar urgencia y lentitud. Son también una referencia a la tradición lateral de las humanidades en la que medio me formé, y en particular otro modo de retomar las décadas del ’60 y ’70 desde la figura de Héctor Ciocchini, un profesor de la Universidad Nacional del Sur que las estudiaba en esa época convulsa. Hay una entrada del diccionario, “MATURANDUM”, donde retomo la escena de un docente desentendido de la presión de la época (que por supuesto se le terminó apareciendo en las formas más fatales), para intentar ver si había en ese desentendimiento quizás algo atendible. Además, un poco desafiando las lecturas europeas de esas estampas, para mí no está solo el mar, sino específicamente el puerto de Ingeniero White, porque en la estampa de Poesía civil están los cangrejos y, en esta última, el ancla y un delfín cuya silueta es muy parecida a la del delfín franciscana que habita las aguas de la ría de Bahía Blanca. Con respecto a lo que decís de la pampa, bueno, yo creo que la literatura argentina está pasada de pampa, y de río también. ¡Cada vez que aparece el agua es río! O en todo caso arroyo o laguna. Por supuesto en esa preferencia está la concentración desigual de la población en el territorio, pero esa explicación tal vez no sea suficiente. Porque la invisibilidad de nuestra larga costa atlántica excede la literatura y se continua en cualquier pensamiento, incluyendo el político y el comercial. En un punto se trata de la negativa a pensar lo local (sea lo hogareño, lo barrial, lo municipal, lo provincial, lo regional o lo nacional) desde escalas que lo excedan. Esa escala es por ejemplo el océano, que además de estar en el propio océano está en casi cualquier dispositivo que tengas en tu casa; o, en los casos en que hemos importado gas licuado, hasta en la hornalla encendida. Es bastante increíble, porque la escala planetaria no es un invento actual, ni siquiera de los siglos XIX y XX; está presente para nosotros al menos desde el XV. Pero con respecto a lo que decís de la democracia… Creo que te referís a la entrada “比雷埃夫斯”, que es el término chino para “Pireo”, el nombre del puerto antiguo de Atenas y que hoy, como una de las consecuencias de la gran crisis griega de hace unos años, está concesionado a una empresa del gobierno chino. Fijáte que nosotros solemos asociar la democracia a la palabra, a la plaza pública, ¡nada más y nada menos que a la plaza Sintagma! (qué hermoso el nombre de esa plaza), pero nos olvidamos que esas palabras y esa plaza no habrían existido sin el comercio de vasijas de resina y de aceite de oliva; es decir, sin el puerto y sin el mar. Sería un buen ejercicio, cada vez que pronunciamos “democracia”, sentir la textura del aceite en los dedos. Ahora las mercancías son otras. Por eso el solo hecho de escribir “Pireo” en caracteres chinos es signo de una enorme transformación en curso, y capaz sea un poco ingenuo pensar que eso no tiene que ver con lo local. 

Así como David Foster Wallace en el Rey pálido hace una novela de la burocracia de los departamentos de estado, este libro pareciera trabajar con la hipótesis de que cualquier cosa escrita, con una premisa pedagógica, puede volverse un poema. O, a la inversa y cursi ¿todo es poesía?
— No creo que responder sí o no aporte algo, la verdad. Sí puedo decir que una de las premisas, tal vez la única, que se mantuvo intacta desde el inicio del proyecto hasta su publicación, fue la de que tenía que ser un diccionario en verso. Tal vez intuía que esa sola modificación ya ponía en crisis una concepción de diccionario. Porque el verso es, en sí mismo, un planteo sobre una inmensidad de cuestiones: sobre el tiempo, sobre su dirección, sobre la necesidad mayor o menor de una detención, sobre lo inevitablemente incompleto, etc. Un poco como el cangrejo y la mariposa, o como el ancla y el delfín, tiene un movimiento doble: avanza y retrocede a la vez. Y por eso el verso ofrece un entrenamiento complejo en términos conceptuales, capaz de tergiversar, quiero decir, de ir a contramano de lo mismo que está sosteniendo. El verso como entidad ya es una crítica de una perspectiva de la historia como progresión. Eso, sin tener en cuenta todavía la discordancia que se arma entre ese movimiento en el nivel del sonido y el de la sintaxis, al punto de que hasta se podría pensar que en el verso conviven, con mayor o menor tensión, no solo esa no-coincidencia entre lo rítmico y lo semántico, sino, mejor aún, entre una tendencia consciente y otras que no lo son. Como si el verso supiera que el pensamiento consciente es continuamente excedido por una miríada de procesos que no controlamos, y que van desde la conmoción de las emociones hasta innumerables operaciones de tipo fisiológico. Digo esto para poder evaluar que, ya de entrada, la idea de un diccionario en verso le pone límites a cualquier tipo de ficción de transparencia en relación al conocimiento. Y en ese sentido, sí, me intrigaba experimentar en torno a qué sucedía cuando esa escansión era llevada a problemas y, más todavía, a vocabularios provenientes de disciplinas solo aparentemente alejadas de la poesía, como la astrofísica, la microbiología o la meteorología. Por otro lado, habría que ver si es posible indagar diversos niveles de la dinámica social sin inmiscuirse en la ampliación de los repertorios lexicales de numerosas disciplinas. 


Siguiendo la tendencia de que cada vez hay que ser más amable con el lector, el Lexikón parece ser un libro que fuerza al lector a trabajar la lectura. Desde la búsqueda de los títulos en diccionarios o, incluso, la traducción desde el hebreo o chino, además de ser una publicación de más de 400 páginas de poesía. Casi como presenciar el nacimiento de una supernova. En este sentido: ¿cuál es la búsqueda?
— Es que no sé si el lector existe. Quiero decir, esa figura es más múltiple que unívoca, y muta, porque tiene menos que ver con una sustancia que con las operaciones que cada obra, o inclusive cada poética, propone. O sea, el lector también se hace. Desde mi perspectiva restringida, tal vez una de las dificultades del diccionario está en la invitación a incorporar un grado de incertidumbre en cualquier compresión. Como si se tratase de un punto de partida hoy estratégicamente necesario para abordar un presente que está en el proceso de cristalizar los nombres o denominaciones de las mutaciones que lo atraviesan. Hay una frase de Lacan, del seminario 7, cuando lee Antígona: “Siempre les he dicho que es importante no comprender para comprender”. Por otro lado, está el tema más específico de la lectura de un diccionario. Porque un diccionario no se lee como un libro de poemas, por más que este diccionario también sea, a la vez, un libro de poemas. Digo, por ejemplo: ¿quién lee un diccionario completo? No existe eso. Por eso para mí era necesario que el libro tuviera cierto volumen, y planteara problemas asociados a cómo leerlo, si siguiendo el orden alfabético, si salteando de una entrada o otra… O que inclusive se resistiera a esa pretensión de leerlo de una vez. “Lo terminé”. ¿Qué “terminaste”? Tal vez en ese sentido también funcionen las referencias que hay en el diccionario a otros diccionarios, el etimológico de Corominas, el de uso del español de María Moliner, el Vocabulario de las instituciones indoeuropeas de Benveniste o inclusive los proyectos extraordinarios de la enciclopedia de Diderot y D’Alembert en el XVIII o de la Wikipedia en este mismo momento, para reponer, en esos objetos que solemos concebir como monumentos exactos, las dudas, los desvíos, los intereses y las pasiones que los conforman. Y después también está la posibilidad de, de repente, entender la dificultad como una ocasión de disfrute, ¿no? Porque los diccionarios están hechos de diccionarios, y en general también su lectura supone cientos y miles de otras lecturas, una referencia que lleva a otra, y otra, y otra. Y además ahora está internet. No creo que Lexikón hubiera sido factible sin la existencia de internet, que me permitió acceder a miles de noticias, libros, videos, fotografías, canciones, etc. que funcionaron como insumos, más allá de que a la vez internet fue para mí una motivación para generar un tipo de escritura, y de indagación, que no le fuera asimilable. Ahora pienso que tal vez eso ya estaba presupuesto en la necesidad que en algún momento sentí de dejar de tomar notas en la computadora y pasar a hacerlo en cuadernos; como si no existieran posibilidades de inquirir o examinar un determinado momento sin generar un mínimo desajuste con los presupuestos de lectura que sus tecnologías norman y naturalizan.

Por último, y esta es la pregunta antropocentrista, al proponer una lectura de los eventos naturales leída siempre a través de un tamiz humano ya sea una ciencia, como de las leyes de oferta y demanda del mercado que afectan la población marina, o prácticas instrumentales, como el bordado sobre tela, ¿este es un texto que critica el antropoceno o que lo enuncia como el único modo posible de interpretar la realidad?
— Para mí ahí más bien lo que hay es un ejemplo perfecto de problemas que exigen repensar los instrumentos adecuados para abordarlos. Porque en definitiva son cuestiones que obligan a revisar la escisión de varios siglos entre las ciencias sociales y las naturales. Desde hace unas décadas, por ejemplo, hay cada vez más estudios sobre el modo en que los cangrejos (su nombre científico es “Neohelice granulata”), mediante su vínculo con una planta halófila y su actividad incesante de construcción de túneles y cuevas, constituyen uno de los factores relevantes de la modificación de las islas y canales del estuario de Bahía Blanca. Si bien eso ya es bastante increíble, más increíble es todavía el hecho de que en esos artículos científicos no hay menciones a la actividad portuaria que sucede ahí mismo: enormes graneleros de trescientos metros de largo que vienen a completar sus bodegas con soja, trigo o maíz y pasan a metros de donde se da ese fenómeno. Al revés, cuando leés estudios sobre la actividad económica del puerto de Ingeniero White, los cangrejos y las plantas halófilas no existen. Esto es solo una muestra, pero es evidente que ahí hay un problema lo suficientemente explícito como para reconocer que tal vez la división decimonónica de las disciplinas ya no sea pertinente para los desafíos actuales. Eso sin contar las dimensiones temporales y espaciales imbricadas en situaciones de ese tipo. Porque, no sé, ahí tenés desde los satélites que están girando ahora mismo en órbitas geoestacionarias a más de 38.000 kilómetros fuera de la atmósfera operando en el GPS de las embarcaciones, hasta el carácter artificial del aire, que te remite a una confección de cianobacterias de fines del Arcaico, como cuenta Margulis. Por eso difiero en que el libro solo insista en eso que llamás el “matiz humano”, más allá de que, bueno, está la lengua todo el tiempo ahí. En relación a esto, para mí fue muy emocionante el encuentro, estos últimos años, con la obra filosófica de Ludueña Romandini, no solo porque él viene pensando inclusive más allá o acá de la noción de “vida”, sino sobre todo porque su indagación es inseparable de un llamado de atención sobre la obsolescencia de ciertas nociones de la política y la necesidad de imaginar e inventar otras. Pienso ahora en lo apasionante del problema de la rotación de las galaxias, las cuales según la física newtoniana y la ley de gravedad deberían disminuir su velocidad en los puntos más alejados, y por alguna razón no lo hacen. Como debe haber sucedido cuando esto fue observado por primera vez, vos podés revisar tus cálculos una y otra vez suponiendo que cometiste un error en el proceso, o en algún momento, o nunca, podés reconocer que estás ante un fenómeno desconocido, ante, digamos, una materia que no responde a las leyes que ya conocés. Y tal vez sea solo ahí cuando al fin empieza a pasar algo.