El sexo de las máquinas

En un ensayo que cruza filosofía, consumo y cultura pop, Maurizio Balistreri se propone entender la fantasía, la realidad y sus consecuencias de tener sexo con robots.

MARINA WARSCHAVER


A principios del siglo XX, Franz Kafka escribió su inmortal novela Der Anderung, conocida como La metamorfosis pero literalmente debería traducirse como la transformación, es decir el cambio propio, como un desesperado grito sobre la soledad del hombre, su ansiedad ante la vida, sus temores expuestos, y sobre cómo su transformación cambia las reglas de la existencia. Es cierto: K se convierte en un monstruoso insecto pero más que nada lo que Kafka retrata es la angustia del ser humano por existir y el miedo a sí mismo. Con el desarrollo de la tecnología, el ser humano se visto envuelto en una serie de metamorfosis inesperadas. El ritmo del avance tecnológico y su impacto sobre el ser humano se ha acelerado en el último tiempo (dejamos de utilizar mapas para aceptar los insondables caminos del Waze, utilizamos a Google como nuestra memoria portátil), con lo que en algún momento, más temprano que tarde, cruzaremos un umbral que generará debate, un umbral en el que nuestra herencia biológica comenzará a disolverse, como se dice, en el crisol de la tecnología, lo que cambiará las reglas de nuestra existencia para siempre. Ya estamos en ese viaje. Habrá nuevos códigos, habrá nuevas leyes y pautas para la vida humana. Incluso es probable que el significado de “ser humano” y “mente” sean redefinidos. ¿No es acaso ese uno de los debates que pueden plantearse con Blade Runner?


Los robots no empezaron con la ciencia ficción de Bradbury. Ya desde la antigüedad sabemos de la existencia en la imaginación de robots: están, desde luego, los artefactos más fascinantes creados por Hefesto, el dios herrero, y son aquellos que fueron descritos como autómatas que imitaban la forma natural del cuerpo y poseían algo parecido a una mente. Algunas de las criaturas artificiales animadas de Hefesto eran el guardián de bronce Talos de Creta, quizás el primer robot que aparece en la mitología, los Khalkotauroi, los toros exhaladores de fuego enyugados por Jasón, y el águila torturadora de Zeus. Entre los otros animales realistas realizados por Hefesto se incluyen caballos, perros y un león. Salvo en el caso de Talos, el mecanismo motriz y el funcionamiento interno de estas maravillas metálicas no se explican en ninguno de los textos conservados. No obstante, es revelador que todos ellos fuesen creados por el dios inventor, el mismo dios que forjó a Talos y otros autómatas mediante tecnología. Otra cosa también es cierta: en ningún texto antiguo un hombre o una mujer tenía fantasías sexuales con ellos. Ni siquiera Medea con Talos, a quien tiene que combatir. Aunque parezca arriesgado, el ensayo Sex robot de Maurizio Balistreri aborda esta cuestión y la pone en discusión desde diferentes aspectos. Quizás sea el deseo o las fantasías el límite entre lo que puede considerarse un ser humano de una máquina. ¿Será esa su singularidad?


En The Technological Singularity (The MIT Press), Murray Shanahan asegura que “en la singularidad, los valores humanos actuales como la búsqueda de la felicidad y la libertad de elección serán suplantados por otros valores básicos. Nuestro entendimiento de lo que significa ser humano, ser un individuo, estar vivo, o ser consciente, podrían cambiar radicalmente.” Sin embargo, hay que tener muy claro que no es la tecnología la que nos metamorfosea: somos nosotros mismos quienes lo hacemos; es nuestra propia locura la que nos lleva a cruzar el espejo de la biología y emprender nuestro viaje hacia el transhumanismo y, posteriormente, hacia lo que los especialistas llaman el Homo roboticus.

Matt McMullen, CEO de Realbotix y RealDoll y creador del sex robot Harmony dijo cuando la presentó: “Me gusta construir este robot y ver cómo se mueve, habla e interactúa con la gente, lo que les hace. Abre la caja de Pandora de la psicología y la ciencia”. McMullen empezó a trabajar con prótesis de silicona como artista de efectos especiales a finales del siglo pasado. “Me fascinaba la idea de una figura muy real”, dice. Entonces empezaron a llegarle hombres preguntando si sus figuras eran anatómicamente correctas y si podían hacerme una a mi medida. Reforzando el dicho de que el sexo vende, “el negocio se creó solo a partir de ahí”. RealDoll se lanzó en 1997, vendiendo lo que McMullen denomina la Ferrari de las muñecas del amor.

Hoy en día el ser humano es el propio proyecto tecnológico del ser humano. En él no sólo quiere mejorar su vida con la tecnología, sino que además quiere fusionarse con ella. ¿Cómo serán las sociedades del mañana, crisol de personas con una diversidad de cambios biológicos y extensiones tecnológicas?; ¿habrá una convivencia entre humanos, transhumanos y diversas especies artificiales de Homo?; ¿se establecerán derechos transhumanos diferentes para personas parcialmente artificiales?; con un aumento en la inteligencia humana y cambios en la conciencia, ¿cómo será la evolución cultural en las hipotéticas sociedades del futuro?; con la reconfiguración en nuestra biología, ¿seremos capaces de eliminar rasgos tan humanos como la territorialidad, el deseo de poder o la xenofobia, por ejemplo, para construir sociedades más justas?; ¿dónde quedará la maldad del ser humano?

Los robots sexuales rompen los límites de las fantasías y el deseo, escribe Maurizio Balistreri. Los planteos morales que generan la existencia de este tipo de autómatas no son tan solo graciosos: tienen un nivel de planteo bastante profundo que se leja del chiste fácil. La manera como se los utilizaría, para qué servirían o incluso si el ser humano podría enamorarse de un robot (es lo que sucede, por ejemplo, en la película Her con una inteligencia artificial) son cuestiones que empiezan a generar una suerte de consciencia sobre el tema y Balistreri lo atraviesa desde todas las perspectivas con una profusa bibliografía filosófica y de cultura pop.

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