Dadá contra el espíritu de Weimar

Raoul Hausmann y el combate irónico-romántico de las ideas dadaístas.

RAOUL HAUSMANN 

Comprender todo es no perdonar nada. Pero para comprender el «comprender» hace falta mucha comprensión. Y algunas veces esta comprensión llega demasiado tarde. Nunca comprenderé la falta de comprensión de Georges Hugnet respecto a Dadá en Berlín. Lo mejor es leer su propio artículo acerca de «El espíritu Dadá en Alemania» en Cahiers d’Art, 1932: «Después de diferentes manifestaciones, individuales o colectivas, desde el prospecto propagandístico al establecimiento de un cabaret dadá, 1920 marca al mismo tiempo el apogeo de Dadá en Alemania y su decadencia y caída. En enero y febrero, Hausmann y Huelsenbeck organizaron una gira de conferencias por Alemania (Dresde, Hamburgo, Leipzig) y, en abril, por los países de Europa Central, pasando por Praga. Como era de prever teniendo en cuenta la posición constantemente adoptada por Dadá, estas conferencias tuvieron un cariz claramente revolucionario y, sobre todo, comunista. 

Durante la revolución soviética de Berlín, en noviembre de 1918, que coincidió con las primeras veleidades dadá, Huelsenbeck fue nombrado comisario de Bellas Artes durante la semana que duró. Era imposible, por lo tanto, llamarse a engaño con Huelsenbeck; el público prevenido y los periódicos no ignoraban en absoluto el carácter de la empresa Dadá. Aunque las conferencias no fueran, oficialmente, mítines comunistas, todo el mundo sabía que militaban en favor de la revolución total que Lenin y el marxismo habían llevado a la vieja Rusia. A ellas asistía un público numeroso; su éxito era tremendo en cuanto a interés, a menudo en cuanto a simpatía y siempre en cuanto a escándalo, y las gacetas les dedicaban artículos importantes donde Dadá era considerado con seriedad; absolutamente nada que ver con las inquietudes artísticas y patrióticas de los periódicos suizos y franceses. 

En Berlín, ninguna ironía agobiaba a Dadá y los representantes del orden burgués lo temían y se defendían de él ardorosamente». Más adelante, en 1937, Hugnet nos acusa en Fantastic Art de haber suprimido y apagado nuestra voluntad y capacidades en favor de la política.

A su juicio, tanto Johannes T. Baargeld, quien sí era verdaderamente un líder a la vez del partido comunista y del movimiento Dadá en Colonia, como Max Ernst se habrían opuesto vivamente a nuestra actitud. En cualquier caso, yo nunca tuve noticia de esta posición adoptada a nuestro respecto, además de que sólo podría haberse tomado a broma puesto que Max Ernst participaba en nuestras exposiciones. Fue preciso que Alemania ocupara toda Francia para que comprendiéramos lo que habíamos hecho: habíamos sido, de alguna manera, la primera resistencia contra el teutonismo ¡y en plena guerra! ¿Nuestra política? Salvo John Heartfield, ninguno de nosotros era miembro del partido comunista: nos cuidábamos muy mucho de salvaguardar nuestra independencia de pensamiento y de acción. Nuestra voluntad creativa provocaba por sí misma una revolución activa y espiritual. Esta actitud nuestra tan criticada por Hugnet nos aportará hoy, espero, la compensación de ser comprendida.Quizá no sea inútil describir, para la posteridad, un aspecto de nuestras intenciones bien diferente del presentado por los intelectuales alemanes de 1916 a 1920. Éstos pensaban actuar correctamente tratándonos de imbéciles, sin saber que ya se estaban colocando del lado de esa «cultura», de ese espíritu de «colaboración», que hasta ayer seguía sirviendo de argumento justificativo del epíteto de artista degenerado con el que nos cubrían, y que estaban jugando contra todo espíritu de futuro. Todos estos señores pensaban que Dadá satisfacía única y exclusivamente nuestras necesidades pecuniarias, pero nosotros tampoco los considerábamos los representantes de una mentalidad cualquiera: simplemente eran, en efecto, la inaceptada parte trasera de la fachada oficial nacional-alemana. Es preciso reflejar la atmósfera y el ambiente «protodadá» de Berlín. Desde la declaración de guerra intentábamos revolucionar el espíritu de esclavo del pueblo alemán. Colaborábamos parcialmente con la revista Die Aktion editada por Franz Pfemfert. Junto a los autores puramente políticos, este último daba asilo a escritores y pintores, a menudo mediocres pero siempre de vanguardia. La tendencia de esta revista no era ni muy clara ni muy firme pero a nuestros ojos era preferible a Der Sturm, la revista directamente vanguardista de Herwarth Walden, ya que éste era un colaborador hohenzollerniano y había publicado, por ejemplo, un Canto de los Cantos del Prusianismo, algo que nos parecía odioso. Entre los autores de la revista Die Aktion estaba el escritor Franz Jung. Lo conocí en 1916 y juntos publicamos varios cuadernos y revistas, entre otros, Die Freie Strasse (El camino libre), una revista que distribuíamos de forma gratuita para divulgar un nuevo psicoanálisis formulado por Otto Gross (psicoanalista e inventor del contraste entre el Yo propio y el Otro). Respecto a la literatura, Franz Jung había publicado en 1913 el Trottelbuch (Libro del imbécil), sobre la desorientación interior y la impotencia frente a los fenómenos de una vida absurda. Los textos de nuestra revista estaban escritos con el propósito de liberar nuestras propias energías inconscientes, de beber de sus propias fuentes y de animar a desconocidos que se encontraran entre el público. Por lo demás, a lo largo de los cuatro años en los que la revista fue financiada primero por Jung y luego por mí, jamás se presentó ningún nuevo miembro. Fue también en la Freie Strasse donde publicamos los primeros textos y grabados dadá. Huelsenbeck, nuestro amigo común, declarado inútil por el ejército y retirado en Suiza, donde había fundado junto a Ball, Tzara y Janco el Cabaret Voltaire y el primer movimiento Dadá, regresó a Berlín en febrero de 1917. Era lógico, por lo tanto, que se uniera a nosotros y a nuestra revista. Las ideas de vanguardia llenaban la atmósfera berlinesa. Nuestras intenciones, justificadas por nuestras experiencias en el ámbito de la manía y de la catatonia y por la participación de un gran desequilibrado, Johannes Baader, sólo podían manifestarse bajo la máscara de Dadá y su combate irónico-romántico entre, y más allá de, los límites del intelectualismo burgués alemán.

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