Desear el fin

Una antología de editorial Valdemar presenta un panorama sobre las versiones contemporáneas del fin del mundo que tienen los escritores de literatura popular.

Mariano Granizo


Los preparacionistas o survivalistas (preppers o survivalists en inglés) se preparan para enfrentar el apocalipsis, una guerra civil total o lo que pueda desencadenar el fin de los tiempos. Tanto ellos como los adictos a la programación del History Channel, los miembros de algunas sectas y los conspiranoicos podrían ser personajes de algunos de los relatos de Paisajes del Apocalipsis, pero las narraciones que John Joseph Adams (crítico y editor estadounidense de ciencia ficción, cuatro veces ganador del Premio Hugo al mejor editor profesional) reúne en esta antología están construidas más allá del delirio propio de algunos ciudadanos. Estos relatos se sumergen en las posibilidades de la suspensión del orden social y su reconstrucción, muchas veces imperceptible y otras propia de la saga Mad Max. Cabe destacar la lista final con autores de novelas posapocalípticas elaborada por Adams, no definitiva, pero sí un buen punto de partida para los lectores del género.

El fin del mundo es un barajar y dar de nuevo que toda sociedad, en cada generación, maneja, aunque no lo exprese frontalmente. La vía de escape para estos pensamientos motivados por el desencanto y la frustración es la ficción especulativa, en el mejor de los casos, o el mesianismo político/religioso. Lo cierto es que para cada orden de las cosas siempre existe un próximo apocalipsis. El cine lo ha puesto en escena con, entre infinidad de películas (muchas de ellas calcos de las anteriores), 28 días después (2002), Mad Max (1979) o la película de animación Cuando el viento sopla (1986); Robin Wood y Ricardo Villagrán crearon la magnífica historieta Mark para Editorial Columba (1977) y, en cuanto a novelas, alcanza con nombrar dos emblemáticas como son La carretera (2006) de Cormac McCarthy y Soy leyenda (1954) de Richard Matheson, adaptada al cine como El último hombre sobre la tierra en 1964, El hombre omega en 1971 y, finalmente, con el nombre original de la novela en 2007.
Los motivos del fin de todo suelen ser varios: un desastre nuclear, una invasión extraterrestre, el colapso climático o la intervención divina. Lo importante es que siempre todo se acaba y hay unos pocos que sobreviven para contarlo. Muchas veces no se trata de quienes uno esperaría que fueran los encargados de asegurar el futuro de la especie humana y el planeta, pero la situación planteada ya es compleja desde un inicio. La antología de Valdemar ha seleccionado relatos que ponen en juego la cuestión humana luego del desastre, sin invasiones extraterrestres ni historias cercanas al fantástico o llegada de los cuatro jinetes de una manera literal (el género “zombie” también ha sido dejado de lado por ya ser muy vasto en su producción). Entonces, digamos que estos relatos se dan en un contexto de reorganización social, religiosa y política. Lo que se llama una nueva oportunidad, esa para la que el sistema establecido tiene todos sus mecanismos aceitados para que nunca llegue, y los autores, en las historias que cuentan, dejan en claro qué es lo que estaba mal, qué de aquel viejo sistema (sí, qué duda cabe, siempre se trata de un sistema ultracapitalista que destruye al planeta y a los sujetos que, se suponía, serían los beneficiarios directos de este) puede ser recuperado y qué debe ser modificado. Pero el género posapocalíptico, así sería más correcto llamarlo, no se muestra demasiado entusiasta con lo que el humano haga con esta nueva oportunidad que ha conseguido. Y aquí es donde surge la pregunta fundamental ante esta clase de relatos: ¿se regocijan en el fin de la humanidad?; ¿es la única manera de un reordenamiento social sin revolución?; ¿es la manera de, sin tomar partido por una idea política, hacer un llamado de atención sobre una situación social desesperante?; ¿es el deseo genocida de acabar con todo lo que no te gusta, explicitando acaso un fascismo solapado en la vida diaria?


Desear el fin, pensarlo, narrarlo, es el intento por mostrar aquello que funciona mal en un plano desplazado del centro en el que se dan las opiniones diarias. Muchos autores parecen necesitar de un marco tal para hablar de cuestiones religiosas o hacer cuestionamientos al orden social en el que viven, sobre todo aquellos que pertenecen al amplio sector de la literatura popular, de la literatura de géneros más estereotipados.

Un territorio en guerra es la concepción más palpable que tenemos del apocalipsis (no en vano las miniseries documentales francesas sobre la Primera y la Segunda Guerra Mundial llevan el título de Apocalipsis); la sensación de estar todo el tiempo a nada de que suceda, pero, a su vez, a nada de poder evitarlo definitivamente. De hecho, algunos de los relatos toman la intervención estadounidense en Irak o Afganistán, así como la destrucción de las Torres Gemelas, como sensaciones del fin que han propiciado estos relatos. Conjurarlos o animarse a hablar de ellos sin caer en el acto antipatriótico de encarar la realidad con nombre y apellido es lo que parecen intentar autores como Neal Barrett Jr., George R. R. Martin, Jonathan Lethem, Orson Scott Card y una larga lista seleccionada por Adams; autores contemporáneos cuyos temores y visiones del fin no nos resultan incomprensibles o fuera de época. No es igual el caso de Octavia E. Butler, cuyo extraordinario relato “El sonido de las palabras” excede las marcas del género, aunque se valga de todos sus elementos (la situación apocalíptica ha provocado, entre todo el listado de discapacidades, la de no perder el uso de la palabra, un “mundo donde el único lenguaje común posible era el lenguaje corporal”, aunque no para todos). En esta suspensión de lo que fue, y en el vivir suspendido en lo que aún no logra ser, Octavia Butler aporta el mejor relato de toda la antología. Entre todos los escritores y escritoras profesionales, de mercado, de literatura popular, algunos de ellos especializados en el género posapocalíptico, ella abre la antología con un relato in media res que puede ser el nexo entre lo más genérico y aquella literatura, la de Butler, que se vale de las herramientas dadas.
Los relatos posapocalípticos ponen en escena el suspenso de toda ley, aun cuando esta fuera rechazada y cuestionada antes del apocalipsis, tiempos siempre lejanos en las narraciones, casi perdidos en la leyenda, mitos incomprobables de una sociedad que, en esa fantasiosa construcción de un recuerdo era más justa que el presente posapocalíptico que le toca vivir a la sociedad en este género. Los relatos se zambullen de lleno en la vida de los humanos sin ley, abandonados a su suerte o a los propios deseos y los de sus pares, a su capacidad para resolver y zanjar problemas. Los relatos se posicionan en este lugar mientras las novelas tienden a postular una ley aceptada, tácita pero presente a fuerza de repetición de hechos y consecuencias, un hábito que se torna en ley. Estos relatos ahondan en una cuestión fundamental, ¿qué ocurre cuando nada te frena, vas a seguir siendo un ser social?

Sobrevivir al apocalipsis, cualquiera sea la razón que lo haya desatado, implica deshacerse de todo lo malo pagando el precio de perder también todo lo bueno. Sobrevivir es ser un elegido, es tomar revancha contra el resto, pero también es cargar con la culpa de aquel que sobrevivió. Paisajes del Apocalipsis presenta tiempos de reorganización social, de nuclear a los que se muestran dignos de haber sobrevivido, tiempo de “vagar por un mundo despoblado, rapiñando latas Campbell de cerdo con alubias, defendiendo a la propia familia de los merodeadores”, como escribe el autor de ciencia ficción John Varley; tiempo, en definitiva, de un inevitable fascismo declarado. Es curioso cómo resulta esta la única alternativa narrativa que se encuentra a dicho escenario, entre los restos de una sociedad animalizada, para hablar de algo que está a la vuelta de la esquina.