La larga noche de Marcel Proust

En el centenario de la muerte de Marcel Proust, Valentín Díaz reconstruye el proceso de escritura de En busca del tiempo perdido, uno de los mayores monumentos de la literatura moderna.

VALENTÍN DÍAZ

2022

¿Pero entonces la condición de una obra como la de Marcel Proust es la vida vivida en toda su intensidad o el retiro, la reclusión, la puesta a distancia de todo eso? ¿Es primero vivir y después escribir, como si alguien pudiese decirse que ya es suficiente, que ya lo vio todo, que con eso alcanza y puede detener esa vida y vivir una segunda época de la vida que ya no es la vida y sólo contarla? ¿Es ese retiro una muerte en vida, un anticipo de la real –de la que se cumplen por estos días cien años–, o es en cambio el origen de una vida más plena, el momento en que las cosas no sólo cobran sentido sino que comienzan a experimentarse verdaderamente? ¿Puede haber un lado sin el otro? ¿Existe realmente ese reparto? ¿Es la vida de escritura un sacrificio de la vida feliz o puede imaginarse esa escena de iluminación en la que aquél encuentra de pronto la forma y las cosas cuajan como una experiencia de pura felicidad?

1913

La historia que habría de concluir, hacia 1927, en las tres mil páginas (un millón trescientas mil palabras) que conforman uno de los monumentos de la literatura moderna, En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, comienza el 8 de noviembre de 1913, cuando se termina de imprimir su primer volumen, Por el camino de Swann, en una edición a cuenta del autor (con un costo equivalente a nueve mil euros actuales), publicado por la editorial Bernard Grasset, que lo pone a la venta el 14 de noviembre. El año tiene mucho de contingente (desde agosto de 1909 Proust había intentado encontrar editor para un libro que, de haber sido publicado en ese momento, habría tenido no sólo un título sino también una forma diferentes, además de una extensión mucho menor), pero vuelve aún más evidente la situación de la Recherche, una obra que se enfrenta a un umbral histórico. En efecto, la Gran Guerra no sólo interrumpió el plan de publicación de la novela (el segundo volumen, A la sombra de las muchachas en flor, no aparecería sino en junio de 1919) y tuvo efectos significativos en su desarrollo, sino también supuso, como quieren algunos historiadores, el auténtico nacimiento del siglo XX. Sin embargo, como proyecto estético (y por el universo social que evoca), la Recherche pertenece aún a ese mundo que comienza a desmoronarse el 14 de agosto de 1914 y que, con la posguerra, cambiaría para siempre, bajo los efectos del desarrollo tecnológico, el despliegue de los programas vanguardistas, la politización del arte y la modificación de todas las coordenadas de la experiencia humana. Por eso, si bien la Recherche acompaña el nacimiento del siglo, representa emblemáticamente el período que va de 1890 a 1914 (“el prólogo del siglo”), un período de invención a la altura del Renacimiento florentino, en el que se pusieron en marcha, en todas las artes, los grandes proyectos modernistas, de la mano de grandes transformaciones en el pensamiento. En esos años, además de Proust, producen lo más significativo de sus obras Mallarmé, Picasso, Conrad, Wittgenstein, Darío, Einstein, Freud, Klimt, Schoenberg, entre tantos otros. En ese contexto, la obra de Proust fue un quiebre en la historia de la novela.

1895-1913. La preparación de la novela
Sin embargo, la historia que conduce a la Recherche, su prehistoria, comienza muchos años antes. En 1896 Proust tiene 25 años y publica su primer libro, Los placeres y los días, con prefacio de Anatole France, un conjunto de fragmentos breves y diversos, nouvelles, retratos, poemas, reflexiones. Un año antes, había comenzado a trabajar en otro libro (finalmente abandonado y publicado recién en 1952), Jean Santeuil, una novela de mil páginas repartidas en capítulos inacabados, al que dedicó varios años. Hacia 1899 se produce el descubrimiento del teórico del arte John Ruskin, en quien Proust encuentra “una idea superior de belleza”; le dedicará artículos y lo traducirá. La traducción, por cierto, habrá de volverse, a partir de allí, un problema esencial para Proust, tal como se lee en el final de la Recherche: “Me daba cuenta de que ese libro esencial, el único libro verdadero, un gran escritor no tiene que inventarlo en el sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, no tiene más que traducirlo. El deber y el trabajo de un escritor son el deber y el trabajo de un traductor”. A comienzos de 1908 Proust emprende un nuevo proyecto: hacer “crítica práctica”. Se trata de una serie de ejercicios, a partir de un caso policial, en los que parodia (es decir, alcanza y supera) el estilo de los grandes nombres de la literatura francesa (Balzac, Michelet, Flaubert, etc.), reunidos en 1919 con el título de Parodias y misceláneas.

Finalmente, en el invierno de 1908, Proust está a las puertas del encuentro de la forma que estaba buscando, al emprender un estudio sobre el crítico francés Sainte-Beuve, que será publicado en 1954 con el título de Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana, un conjunto de fragmentos narrativos y ensayísticos aún inconexos –considerado el primer esbozo de la Recherche (dado que muchos de sus pasajes, reelaborados, aparecerán allí) y una prueba de que la novela nace entre la narración y el ensayo, en la vacilación (“La pereza o la duda o la impotencia se refugian en la incertidumbre sobre la forma del arte. ¿Debo hacer una novela, un estudio filosófico? ¿Soy novelista?”). En agosto de 1909, Proust ofrece Contra Sainte-Beuve al Mercure de France: “Estoy acabando un libro que pese a su título (…) es una auténtica novela, y en algunas partes una novela extremadamente impúdica. Uno de los personajes principales es un homosexual (…) El título no obedece al azar. El libro acaba realmente con una larga conversación sobre Sainte-Beuve y sobre la estética y cuando se acabe el libro se verá (eso quisiera) que toda la novela no es más que una puesta en práctica de los principios del arte expresados en esta última parte”. El libro es rechazado y, pese a la aparición de nuevas alternativas de publicación, Proust decide finalmente abandonarlo y dedicarse a algo que, mientras tanto, había nacido, se supone, durante una larga noche (del 4 al 6 de julio de 1908) en la que había pasado 60 horas sin dormir, escribiendo.

Cuatro años más tarde (y luego de haber abandonado, hacia 1909, su intensa vida mundana) Proust tiene escrito el núcleo de la Recherche en una serie de cuadernos (la Biblioteca Nacional de Francia conserva 75, pero fueron, desde 1908 hasta su muerte, muchos más). En 1912, el plan de la novela consta de dos volúmenes: “El tiempo perdido” y “El tiempo recobrado”, con el título general “Las intermitencias del corazón”, luego “Las intermitencias del tiempo”. El 21 de marzo, el 4 de junio y el 3 de septiembre publica anticipos en Le Figaro.

Entre fines de 1912 e inicios de 1913 se producen los renovados intentos de Proust de encontrar editor. Antes de acordar con Grasset, es rechazado por la Nouvelle Revue Française, Mercure de France, Fasquelle y Ollendorf. En el caso de esta última, las palabras de su director, Humboldt, suelen citarse como ejemplo de los lugares comunes contra Proust: “No puedo comprender que un señor pueda emplear treinta páginas para describir el modo en que da vueltas en su cama antes de encontrar el sueño”. El caso más significativo, sin embargo, es el de la Nouvelle Revue Française, dada la admiración de Proust por la revista y sobre todo porque, una vez reconocido el error, terminaría siendo su editorial. André Gide escribirá a Proust el 11 de enero de 1914, luego de haber leído Swann publicado por Grasset: “El rechazo de este libro quedará como el más grave error de la N.R.F. y (dado que tengo la vergüenza de ser bastante responsable de ello) uno de los lamentos, de los remordimientos, más dolorosos de mi vida”.

Una vez iniciado el proceso de edición en Grasset, Proust trabaja sobre las pruebas de imprenta. Pero no corrige, más bien sigue escribiendo. Esas pruebas de imprenta, conservadas en la Fundación Martin Bodmer (Ginebra) y publicadas en edición facsimilar por Gallimard, son un testimonio de hasta qué punto la maquinaria de escritura que se había puesto en funcionamiento seguía encontrando su forma. Proust llena los blancos entre las páginas y luego pega fragmentos de papel saturados con una letra minúscula, obligando al editor a recomponer el libro en pruebas sucesivas que sufrirán las mismas intervenciones. En ese proceso, que encarece notablemente los costos de la edición, Proust encuentra el título, no sólo del volumen ( Por el camino de Swann), sino también el título general: En busca del tiempo perdido.

1908 (El origen)
Como puede verse, el origen de la Recherche es un largo proceso de insistencia sobre los mismos materiales (de la vida, del arte), un proceso que opera sobre el fragmento como unidad, a la busca de que las cosas “cuajen” en una forma continua. Pero la Recherche misma funciona como historia de una escritura. Tal como señala Roland Barthes, se trata de un drama en tres actos que cuenta “el nacimiento de un libro que no conocemos pero cuyo anuncio es el libro mismo de Proust”. El primer acto enuncia la voluntad de escribir. El segundo, la impotencia para escribir, y es el más largo (ocupa casi toda la novela). Finalmente, luego de esa larga serie de desilusiones, el tercer acto (en el último volumen, El tiempo recobrado), la posibilidad de escribir. Una posibilidad que, una vez encontrada, parece haber llegado demasiado tarde: “¿Vivirá el tiempo suficiente para escribir su obra? Sí, si consiente en retirarse del mundo, en perder su vida mundana para salvar su vida de escritor”, concluye Barthes. 

Por eso con la Recherche el concepto de origen es lanzado al futuro como producto de un trabajo siempre incompleto y que involucra a su pre- y posthistoria. Si por un lado podría decirse, quizá con excesiva sencillez, que el origen de la obra es la propia vida (“Y comprendí que todos esos materiales de la obra literaria eran mi vida pasada; comprendí que vinieron a mí, en los placeres frívolos, en la pereza, en la ternura, en el dolor, almacenados por mí, sin que yo adivinase su destino, ni su supervivencia, como no adivina el grano poniendo en reserva los alimentos que nutrirán a la planta”), al mismo tiempo, debe tenerse en cuenta el trabajo al que ese material es sometido, cuyo resultado es una novela que superpone ilimitadamente estratos temporales, para alcanzar el estatuto de auténtica experiencia.

Ese trabajo se sostiene en un “método”, esbozado en las primeras páginas de Por el camino de Swann, que hace posible la recuperación del tiempo perdido (pasado, pero también desperdiciado) a partir de la intervención azarosa de la “memoria involuntaria” que, en el sabor de una petite madeleine mojada en té o en la percepción de unas baldosas desiguales de un patio, es decir, en cualquier cosa, hace surgir la reminiscencia (todo un mundo). Sin embargo, esa idea de memoria involuntaria (derivada, más allá de algunas resistencias por parte de Proust, de la “memoria pura” de Henri Bergson) no es en sí suficiente. Para que la obra sea posible es necesario que el narrador se consagre a la exploración de esos signos del pasado (controlando, a voluntad, eso que ha surgido azarosamente), a la comprensión del Libro del mundo; y al mismo tiempo, que el autor se consagre, el resto de su vida, a esa obra. Al morir, en 1922, Proust no había terminado de publicarla. 

2021 (La verdad)

Pero el archivo Proust sigue desplegando la escena del origen. Desde 1954, se habló de unos legendarios “setenta y cinco folios” de 1908, gracias a una referencia de Bernard de Fallois en su prefacio a la edición de Contra Saint-Beuve. En 1962, cuando el archivo pasa a la Biblioteca Nacional, no hay noticia de esos papeles. Sólo con la muerte de Bernard de Fallois en 2018 pudo confirmarse lo que era evidente: él mismo había conservado para sí esos folios, archivados como “Dossier 3”. La relevancia de la publicación de Los setenta y cinco folios y otros manuscritos inéditos (Gallimard) en ocasión de centésimo quincuagésimo aniversario del nacimiento de Proust radica en que no sólo son la versión más arcaica de la novela, sino en que también exponen muchos de los elementos que luego se vuelven imposibles para la Recherche: lo completamente autobiográfico, los verdaderos nombres familiares, el verdadero nombre propio, la exposición directa de la cuestión de la homosexualidad y el judaísmo, etc.

1860 (El tucumano)
Verdadero punto de inflexión en la historia de la novela, la Recherche utiliza, alterándolos, casi todos los géneros novelescos existentes (para comenzar, la novela de iniciación), pero uno de ellos (el roman à clef) tiene, para nosotros, una singular importancia y ha dado lugar a una hipérbole lanzada por uno de los más célebres lectores locales de Proust: “Gracias a un argentino se escribe la Recherche”. En efecto, de las tantas personas reales que, en clave, aparecen en la novela (el procedimiento fue analizado, a partir de las fotografías de Paul Nadar, por Barthes en uno de sus últimos cursos), se cuenta a Gabriel d’Yturri, nacido, sin la partícula nobiliaria, en 1860, en San Miguel de Tucumán. Luego de haber vivido hasta los dieciséis años en Buenos Aires, Yturri viaja a Europa y, llegado a París, se vuelve secretario de Robert de Montesquiou (el barón de Charlus en la novela), se hace amigo de Proust e inspira, en parte, al Charles Morel de la ficción. En 2011, Carlos Páez de la Torre publicó su biografía: El argentino de oro (Bajo la luna). En ocasión de otro centenario, el del comienzo de la publicación, Antoine Compagnon (responsable de la edición de algunos de los tomos de la Recherche en Gallimard) comenzaba su curso en el Collège de France, titulado “Proust en 1913”, señalando las dificultades que supone enfrentarse, presionado por la efeméride, a “Por el camino de Swann” –cómo leerlo una vez más, qué leer allí. Luego de barajar y descartar diferentes alternativas (incluida la posibilidad de alejarse del texto y dedicar cada una de las doce clases del curso a comentar el día a día de la vida de Proust a lo largo de los doce meses de 1913), la solución que el especialista encuentra es un juego de simulación (el “como si”): “Lo que querría hacer es volver a este texto, releerlo, como si nunca lo hubiera leído. Querría, si fuese posible, hacer una lectura pegada, inocente, cándida”. Se trata, evidentemente, de una trampa, un truco, pero como deseo, vale para todos: dedicar el inminente verano a perder el tiempo (eso es, según Proust, la lectura) con la Recherche, como si fuese la primera vez.

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