Los odios de Hazlitt

“El placer de odiar” reúne algunos de los más importantes ensayos de William Hazlitt. Aquí un adelanto del prólogo de Virginia Woolf que incluye la nueva traducción de Maximiliano Crespi publicada por 17grises.

VIRGINIA WOOLF
Autorretrato de William Hazlitt.

De haberlo conocido, sin duda habríamos simpatizado con Hazlitt justamente por aquel principio suyo según el cual “sólo podemos odiar a aquellos a quienes realmente conocemos”. Pero Hazlitt lleva ya cien años muerto y es difícil saber hasta qué punto podemos conocerlo como para superar ese sentimiento de rechazo, tanto personal como intelectual, que sus escritos todavía despiertan en la mayor parte de sus lectores. Porque Hazlitt –y ese es quizá uno de sus principales méritos— no es uno de esos escritores evasivos que se pierden en la niebla del tiempo y desaparecen por su propia insignificancia. Sus ensayos son enfáticamente él mismo. No tiene reticencias ni tiene vergüenza. Dice exactamente lo que piensa y dice —la confianza es siempre menos seductora— exactamente lo que siente. Como, plenamente consciente de su propia existencia, no dejó pasar un día de su vida sin infligir alguna puñalada de odio o de celos, sin dejar salir algún estremecimiento de ira o de placer, no podemos leerlo sin entrar en friccionado contacto con la aspereza de un carácter cargado de una hostilidad muy singular: malhumorado pero a la vez altivo, mezquino pero noble, egoísta pero siempre inspirado en una genuina pasión por los derechos y las libertades civiles.
Rápidamente —tan delgado es el velo del ensayo tal y como lo aplicó Hazlitt— su misma mirada aparece ante nosotros. Lo vemos como lo vio Coleridge, “ceñudo, contemplativo, extraño”. Entra arrastrando los pies a la habitación, no mira a nadie directamente a la cara, da la mano floja como aleta de pez; de vez en cuando lanza una mirada maligna desde su rincón. “El 99% de sus modales son singularmente repulsivos”, dijo Coleridge. Aunque también es cierto que, de vez en cuando, su rostro puede iluminarse con elegancia intelectual y sus modales se vuelven entonces radiantes de simpatía y comprensión.

A medida que lo leemos, nos vamos familiarizando también con la tonalidad de sus rencores y sus reproches. Sabemos ahora que se reunía y prácticamente pasaba casi todo su tiempo en posadas. No sentaba mujeres a su mesa. A excepción de Lamb, se había peleado irremediablemente con todos sus viejos amigos. Pero su único defecto había sido siempre mantenerse apegado a sus principios y no dejarse convertir en una “herramienta del gobierno de turno”. Fue por eso objeto de una persecución ruin: los críticos de Blackwood lo llamaron “Hazlitt, el granulento”, aunque sus mejillas eran pálidas como el alabastro. Difamaciones como esas se imprimieron y se divulgaron maliciosamente. Y acabaron por infundir en él una lógica reticencia a visitar a sus amigos, temiendo que sus lacayos las hubieran leído en el periódico y que las criadas soltaran una risita indiscreta a sus espaldas. 
Tuvo —nadie podría negarlo— una de las mentes más finas y escribió sin duda la prosa más estilizada de su tiempo. ¿Le sirvió eso para conquistar las mujeres? No, para nada. A las bellas damas no las seduce la erudición; a las camareras, tampoco. De modo que el gruñido y el lamento de sus agravios siguen irrumpiendo, incomodando, irritándonos; aunque a la vez hay algo tan sutil, singular y entusiasta en él —cuando consigue olvidarse de sí mismo y está tan absorto en el fuego de la especulación sobre otras cuestiones— que la aversión se disipa —al punto que, al leerlo, su ensayo se convierte en algo mucho más cálido y más complejo. Hazlitt tenía razón: “Lo que tememos y odiamos es en efecto la máscara; ¡el hombre puede tener todavía algo de humano en él! En resumen, las que nos hacemos de las personas a la distancia, como representación parcial o conjetural, son ideas simples —no compuestas— que no responden a la realidad; mientras que las que derivamos de la experiencia son modos mixtos, los únicos verdaderos y, en general, los más favorables”.

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