El escritor que no está ahí

Huellas y transformaciones, el libro de Silvana López sobre la escritura de Héctor Libertella

Maximiliano Crespi

“En cuanto a mi contribución,
sabré encontrarla en el tono”.
Héctor Libertella, El lugar que no está ahí

A Héctor Libertella le habría gustado la ironía de la portada suprematista de Huellas y transformaciones, el nuevo libro de Silvana López dedicado a su escritura. Sin duda lo habría preferido a cualquier ademán plegado sobre convenciones representacionales. Y es que hay en eso una coherencia ética consonante con ese pensamiento suyo de la letra siempre interpelado por la arbitrariedad del signo: no estar ahí más que en la resonancia de un nombre propio en el cual, como recuerda su hijo (en Mi libro enterrado), trae la imagen de “un libro para la tierra”, como quien dice un grito en el viento, un rastro en la arena o una botella al mar. No estar más que en el fantasma cuya arquitectura desborda de imposible.

Con una aguda página liminar de Roberto Ferro, el ameno y riguroso estudio crítico de López se sumerge en el espacio literario libertelliano y produce un relato crítico que ensaya sus hipótesis críticas ligado a la misma convicción que hace a la voz del Diario de la rabia (Beatriz Viterbo) reconocer que el contenido de verdad de una literatura se filtra siempre a través de esas “involuntarias fallas por donde los especialistas suelen perder el hilo” de la argumentación. La huella (y su resonancia derrrideana), la poética de la reescritura, los motivos de la letra, la tradición (y sus residuos literarios), la lectura como transformación, el paso al pastiche y la parodia, el maravilloso ojo de buey que descentra el mundo y el laborioso artesanado del manuscrito abandonado son los tópicos por los que el relato de López se abre camino en un espacio textual que no sólo tiene deliberadamente a lo inacabado sino que además hace del desvío metonímico y del malentendido metafórico su propia pulsión poética.
En efecto. El de López es un intento (y en ese carácter se cifra su ética), un ensayo y una prueba por estructurar lo no estructurado (¿lo paraestructural?) de una obra que se quiere hermética y se sabe excéntrica. Y así se reconoce como una necesaria apuesta a lo imposible: como un asedio crítico que, enfrentando las resistencias, se comprometerá en el viejo y riesgoso juego de las proposiciones para no abdicar de su propio contenido de verdad bajo el imperio de las relativizaciones.

Como lo que se designa con el nombre de “Héctor Libertella” es no una vida sino un archivo (no un objeto sino un espacio), el discurso de la crítica no puede no arribar a la toma de consciencia de las estructuras que lo sostienen. Si —como también recuerda esa rabiosa voz— “la vida es el desierto”, las arenas son tan cambiantes como movedizas. La lectura no puede pues soñar el hallazgo de una consistencia sino reconocerse éticamente en una insistencia. De ahí que Huellas y transformaciones siga y extienda a la propia práctica crítica el impulso ético de la escritura libertelliana: alimentarse de la incertidumbre, aprovechar la ambigüedad para deslizar sentidos, hacer de la suspensión de toda certeza y toda presunción ideológica una aventura intelectual. De ese modo, lo que el libro de López pone en escena (crítica) no es pues un paisaje de acontecimientos (descriptibles) sino (a través de ellos) la frágil y poderosísima condición de un discurso que se pliega y se despliega poniendo en crisis el ser determinado de las condiciones de visibilidad de las que ella misma es enunciación. Para su autora la crítica es una forma de reescritura; es el campo de operaciones que, en tanto habilita el pasaje de lo especular a la especulación (la idea es de Luis Gusmán), crea una superficie agrietada por donde no dejan de filtrarse los fantasmas. Como el propio Libertella escribió alguna vez, todo lugar es la evidencia de otro lugar: el lugar que no está ahí y que la tribu de los cavernícolas asume como forma de vida.
“La crítica se hace sabia desde su consciencia de no saber”, decía Nicolás Rosa. Habría que agregar que se hace afirmación ética cuando, sabiendo su no saber, insiste en su deseo de iluminar ese espacio de amparo y de resistencia que lleva el nombre de literatura.