La música del agua

A propósito de Todavía hay fuga de Lola Halfon

Luis Gusmán

Pedro Lemebel confesaba haber comenzado a escribir cuando estaba en el vientre de su madre. De ahí que inventara esa suerte de pujo poético, apenas un latido que se vuelve lleno de sonido y de furia, que es tan característico en su escritura.

Lola Halfon, autora de Todavía hay fuga, encuentra un ritmo pujante en la escena de su concepción: al darla a luz su madre la iluminó de palabras. El ritmo poético de sus versos no habilita la fuga como mera huida. Es cierto que la voz poética baila alrededor de las letras, pero también lo es que baila al ritmo de las letras. Esta en la pista. Se llevar por las palabras y de ese modo se reencuentra con una música que es la música que la dio a luz.
La música está en todo, aun en las oraciones religiosas a María que acompañan los juegos y dan ritmo acelerado a quien se tiene que esconder. Pero el ritmo, para decirlo con palabras antiguas, sin algo que decir, no es el poema. Y en esa dicha del ritmo tiene que haber algo dicho, algo que integra y desintegra la música del poema. Si no ¿cómo escribir que ella, la madre, dibuja sus agujeros, pero pinta garabatos en tinta negra?
El ritmo trae una geografía y, en el caso del libro de Halfon, ese ritmo es patagónico. La prueba de esa pertenencia es que, en sus poemas, hasta la nieve tiene sonido. EL sonido se antepone incluso al color. La nieve reniega de las palabras pisadas y se muestra tal cual es: espejo, sucio, blanco. La poesía hace su truco; nos desorienta: cuando esperamos un color nos encontramos un sonido. El peso de cambiar una palabra por otra. Si no cómo se explica la interrogación de este verso “¿estaré aun en ese beso, en ese tren?”. Incluso más: cómo se explica la metáfora de “caballo de Troya vacío” para referir a un obsequio testigo en una despedida.

La poesía crece en la mitología familiar como crece el número de los que deambulan en el desierto: “y le cerraba le los ojos a los difuntos/no se sabe si es mito /que la encontraron muerta/con las manos en los párpados”. El mito es como el desierto; una vez allí todos los caminos se parecen, y el errar de los antepasados en el desierto es el errar del poeta en la propia lengua materna.
En el desierto los fantasmas son sombras, voces que vuelven como los sermones que vigilan la infancia. Quien las sigue toma el riesgo de morir de sed. Porque el agua cuenta cosas y las cuenta a su ritmo. Dice Joyce: “Quise subordinar las palabras al ritmo del agua”. Es una confesión de fracaso: quise, pero no pude.
Como la lengua, la música del agua es también impredecible: las olas a veces bailan enloquecidas como en el mar desquiciado y otras lentas como encantadas por una melodía de paso. “De todas las aguas / prefiero el río / que va y va y va”, dice la poeta. Verlo irse tiene su encanto; es como ver correr el tiempo, la vida, la lengua.
Quizás la poesía sea eso: reconocerse uno mismo en esa fuga, como aquella voz que ocurre dentro de un idioma desconocido y se abre paso a través de los días que simulan ser “tierra firme”.