Breve historia del fuego

Antes de presentar su novela “Los quemacoches” en Rosario, el escritor Juanjo Conti cuenta el proceso de escritura y publica un posible prólogo que, al fin, quedó inédito.

JUANJO CONTI

En el año 2017 participé de un taller de novela corta dictado por Anahí Flores. Era por email. Y no solo era remoto, sino también asincrónico (es decir, no requería que todos los participantes estuviéramos en línea al mismo tiempo). La duración fue de cuatro meses y uno de los objetivos era terminar en ese período el primer borrador de una novela. Se me ocurrió escribir sobre los quemacoches, un fenómeno cada vez más popular en Santa Fe por ese entonces. Como escribíamos un capítulo por semana, no tenía toda la historia en la cabeza cuando la inicié, sino que la fui desarrollando a medida que Anahí nos presentaba distintas herramientas. 
Después le di a leer ese primer borrador a algunos amigos y hasta se me ocurrió incluirlo en un libro de cuentos que no alcanzaba el mínimo de páginas para un concurso. La leímos en voz alta en el taller de Tamara Naymark e incluso se la envié a un bombero para que me diera su opinión sobre los incendios que se describían en el relato. 

Cada vez que la cambiaba, dirimía dudas y debatía comas con la experta en Normativa Lis Gariglio. En la pandemia, la trabajé con Francisco Bitar y modificamos el final. Más o menos para esa época, escribí el breve texto que puede leerse a continuación. Al principio, la idea era que funcionara como prólogo, pero después lo descarté porque el tono era muy diferente al de la novela. De todas formas, lo conservé. En 2021 envié la novela a UOiEA! y el 31 de diciembre de ese año, el editor, Mat Guillan me envió un audio diciéndome que pensaba publicarla en 2022. 

Breve historia del fuego

El hombre no inventó el fuego, ni siquiera lo descubrió. El fuego, como todo dios, se reveló ante el hombre por su propia voluntad.
Poco importa si fue un rayo que cayó sobre un árbol o si surgió del choque entre dos piedras o de frotar una rama sobre pasto seco. La chispa surgió e insistió hasta que alguien pudo capturarla, retenerla y dominarla.
El fuego, es sabido, le trajo muchas ventajas al hombre. Le permitió calentarse en invierno y protegerse de animales peligrosos. Le permitió cocinar la carne y trabajar durante la noche.
Más tarde, le permitió derretir los metales y moldearlos. Darles forma de herramientas y armas. Con las herramientas, mejoró su técnica para el cultivo de la tierra. Y con las armas, defendió esa misma tierra de otros hombres.
Ya en la China del siglo IX se conocían mezclas explosivas de salitre, carbón y azufre con las que los magos de la época desarrollaban juegos pirotécnicos. Uno de estos magos descubrió que podía combinar este artilugio con una caña de bambú y municiones de piedra para lograr un lanzador de proyectiles.
Los científicos árabes introdujeron la pólvora en Europa recién en el siglo XIII y no fue hasta doscientos años más tarde que se inventó el arcabuz, la primera arma de fuego como las conocemos hoy en día. Después vinieron otras.
Pero no solo en la guerra el fuego desempeñó un papel fundamental. La evolución de la ciencia y de la técnica también permitió la creación de complejos sistemas de cocción, calefacción y locomoción. A la máquina a vapor, de combustión externa, la siguió el motor a explosión o de combustión interna. La mayoría de los autos que nos rodean se mueven con este principio.
Este es uno de los puntos más sofisticados de la relación entre el hombre y el fuego. Por lo tanto, cuando alguien incendia un auto, se produce un fenómeno curioso. Un dios es utilizado para destruir aquello que él mismo propició. Hay en eso algo de Saturno devorando a su hijo, el cuadro de Goya. El fuego que devora a su creación.
El acto es sacrílego. Y se sabe que los dioses prefieren las ofrendas a las ofensas.

La novela, que cuenta la historia de dos estudiantes secundarios que un día sin razón aparente queman un auto, se presentará el 17 de septiembre en la Feria del Libro de Rosario y se puede comprar en preventa.

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