El relato del fin

El clásico libro de Svetlana Aleksiévich es una franca invitación a mirar el pasado con espíritu crítico y honestidad intelectual.

Mariano Granizo

“Solo un soviético puede comprender a otro soviético”.
N., ex miembro de la administración del Kremlin.

Suele ocurrir que un libro se convierta en una mera fuente de ejemplos para lo que uno piensa, ejemplos que, por supuesto, no modifican en nada nuestra percepción del mundo, solo ratifican y apuntalan nuestras opiniones haciéndonos sentir que siempre tuvimos razón. Esto es inevitable cuando a un libro se va a buscar algo ya previamente digerido. Cuando no vamos hacia el libro con esta postura, el texto puede resultar incómodo, carente de certezas, instigador del descubrimiento de grises de cuya existencia nada sabíamos porque el mundo en que vivimos solo acepta negros y blancos, absolutos puros en los que pararse y poder sentirse como parte de algo para denostar lo otro, aquello que llamamos el Mal en nuestra sociedad. Esto ocurre, en cualquiera de las dos metodologías de lectura, con El fin del “Homo Sovieticus”, de Svetlana Aleksievich. El libro de Aleksievich es fundamental para comprender los años posteriores a la disolución de la Unión Soviética, pero también carga con todos los elementos para que los fundamentalistas encuentren en él la razón para rechazar o añorar todo lo que la U.R.S.S. fue y representó.

En 2007, el director ruso Alekséi Balabánov estrenó Cargo 200, una película que retrata lo que generaba en territorio ruso la ocupación soviética en Afganistán (“cargo 200” refería a los ataúdes en que los cuerpos de los soldados soviéticos eran devueltos a su patria). En esta película, que se ubica temporalmente en el año 1984, Balabánov hace una lectura, desde los 2000, de la última etapa imperial soviética. La escena final en la que un par de muchachos se ponen de acuerdo para aprovechar una oportunidad de venta en el mercado negro pinta una época de descomposición sin recomposición cierta a la vista. Balabánov nos dice, a grandes rasgos, después de aquello, esto. En 2013, Aleksievich publica su libro, haciendo una lectura similar. Pasados los 90 y los 2000, la añoranza del esplendor sociocultural de la vida soviética y la impavidez ante el imperio del dinero hacen un combo extraño.
El fin del “Homo Sovieticus” es un libro en el que la autora dice intentar “escuchar honestamente a todos los actores del drama del socialismo.” Esta crónica de lo que piensan los rusos, exsoviéticos, de su pasado se ubica en un lugar estratégico: como crónica está entre la literatura, la historia y el periodismo, pero no goza de las certezas, o incertezas, de ninguna de ellas. Aleksievich da forma a un extenso libro en el que intenta desentrañar qué es lo que opinan de su pasado los ciudadanos de a pie de la ex Unión Soviética, y se refiere a sí misma como a una “cómplice” de lo ocurrido, condición de cómplice que muchos negarán para sí mismos a lo largo del libro. Este es un texto polifónico en el que, por supuesto, no todas las voces valen igual. Si bien la autora no interviene para censurar o negar los dichos de uno u otro entrevistado, en su condición de cómplice, como se ha autonombrado al inicio del libro (el primer capítulo, en el que define el concepto de “homo sovieticus” y de “sovok”, pobre soviet anticuado, lleva como título “Apuntes de una cómplice”), en esa condición ya dictamina que hubo un delito del que puede haber quienes se sientan cómplices o no, pero que el delito, irremediablemente, ocurrió. Una polifonía, entonces, encauzada por una voz camusiana (moralista, de negros y blancos, de absolutos sin condicionantes, tal como era Camus en su inoperancia como actante político) que parte aguas entre dos seres soviéticos, los que añoran y los que se dieron cuenta del delito.

El fin del “Homo Sovieticus” no para de reeditarse desde 2013 (superó ya las doce ediciones), y quizás la razón sea que trata de la libertad, en su más amplio concepto. Los soviéticos no estaban preparados para ella, en su acepción de valor de mercado ofrecido por occidente, los desconcertaba eso que se presenta como un absoluto y siempre, en la realidad, y cualquiera sea el sistema, es mínima y acompañada por una fanfarria estruendosa. Esclavitud y libertad son dos conceptos abstractos y difíciles de determinar con precisión pero que actúan como motor de búsqueda en el armado del libro; la libertad como concepto de valor absoluto no existe, así como el bien absoluto de la vida, y los ex soviéticos han visto que en un mismo siglo se podía pasar del Zar al Partido y luego al Neoliberalismo sin solución de continuidad alguna, creyendo, eso sí, que la libertad siempre estaba en otro lado. Pero si el libro, con su estructura de tragedia constante en la que el recuerdo de lo bueno solo retorna al observar el triste presente histórico (y que siempre pierde ante el horror del Gulag, Stalin, la guerra o las colas y el racionamiento), se condiciona a una lectura que concibe un mundo de esclavos y libres es porque Aleksievich escribe el libro a la sombra del triunfador que determina posibilidades y alcances desde las condiciones de mercado creadas: para liberales y derechistas será un documento del horror de la dictadura del comunismo; para el progresismo será el experimento marxista-leninista que deberá conocerse para ser dejado atrás reivindicando las subjetividades en su valor absoluto en una sociedad madura como la nuestra. Aleksievich consigue esto escribiendo desde la fórmula contemporánea para el éxito, desde la posición de Albert Camus, ese hombre que se manejaba con absolutos moralistas sin los grises de la realpolitik. (La posición de Camus ha quedado eternizada por ser la menos compleja, por permitirnos creer que somos ascéticos y que podemos estar al margen de la suciedad de la realidad histórico-política. Pero la lectura requiere una actitud sartreana, leer sabiendo que nosotros, como lectores en una realidad dada, debemos asumir que tenemos las manos sucias, en mayor o menor medida.)

Crónica periodística, no investigación histórica; polifónica, pero con la previa postura que llama a leer los errores y horrores que se muestran en algunas de esas voces. Para lograr esto existe un punto cero de la limpieza y asepsia desde la que solo se puede hablar sin falta. Las preguntas que hace Aleksievich pueden hacerse en cualquier lugar, pero toman trascendencia por hacerlas ahí, en la que ya no es la Unión Soviética sino la Rusia del McDonald’s en la Plaza Pushkin; no pregunta sobre el socialismo porque está implícito en todo, en ese choque cotidiano entre la historia grandiosa y la vida banal. Todo remite al pasado e ilumina, con el reflector que el lector quiera utilizar, el presente ruso en el que algunos han tenido la suerte de saber hacer dinero, de ver por dónde iba la cosa, el sentido del mundo post-soviético. Desde nonagenarios a veinteañeros responden o son escuchados sin necesidad de una interpelación punzante; algunos de ellos prefieren que no aparezca su nombre, otros no tienen problema; algunos están orgullosos del pasado, otros se avergüenzan o prefieren olvidar.
Más allá de que algunos ya la conocieran, Svetlana Aleksievich, para el gran público lector, se hace conocida a partir de la obtención del Premio Nobel de literatura, en 2015, y mucho más por la trascendencia que le dio a su libro Voces de Chernóbil (1997) la serie Chernóbil, de 2019. El estilo de Aleksievich es más o menos siempre el mismo, y es allí donde radica tanto su valor como la necesidad de ser un lector despojado, no de ideología (que tontería pensar que fuera posible algo así) pero sí del prejuicio ideológico del militante o el adherente fanático. Su estilo se compone de la recopilación de diversos discursos, tanto de los participantes de los hechos narrados como de recortes de diarios y revistas soviéticos o de la Rusia post-soviética, declaraciones televisivas, fragmentos de libros, frases capturadas de entre la multitud en la plaza Roja o en un medio de transporte. A todo eso le da forma en torno a la necesidad de conformar un discurso compuesto de multitud de voces reguladas por la propia, la de Aleksievich, con el tinte propio de quien se ha autoproclamado como “cómplice”, a las voces dispuestas sobre la hoja en estilo directo, con la menor intervención posible declarada, aunque es obvio que la intervención suya está por todas partes, un estilo directo que tiene la prioridad en el discurso (pese a que el estilo directo siempre sea discutible como tal, una simulación narrativa aceptada por norma). Sus intervenciones son islotes de sentido que intentan pasar por descriptivas de una situación cuando en realidad son condicionantes para un lector entregado a ese río confesional de los soviéticos arrepentidos: “se para”, “calla”, “golpea la mesa”, “queda pensativo”, “me muestra un cuaderno donde guarda citas de los clásicos del marxismo”, “reconozco que no he leído a Lenin”, “tarda un rato en recobrar la calma”, “llora”, “sonríe”, “calla”, “golpea la mesa”, “grita”, “calla”, “calla”, “calla”.
El fin del “Homo Sovieticus” es un libro necesario pero que debe ser leído con honestidad intelectual, la honestidad de no ir a buscar en él lo que se quiere encontrar sino leer para conocer aquello de lo que, obviamente, se desconocen aspectos. Libro fundamental, aunque fundamentalizado desde posturas absolutas, requiere el compromiso del lector para que el gran trabajo de recopilación de testimonios realizado por Aleksievich tenga algún sentido más allá del fenómeno de ventas.