Más vidas que un gato

La inmaculada vigencia de un clásico americano de Spencer Holst

Paula Puebla

Dicen que Borges parecía “extasiado” cuando por primera vez le leyeron uno de sus cuentos. Dicen que era un bohemio irremediable, que amaba a los gatos, que usaba siempre una gorrita de beisbol y que se tomaba la escritura con mucha responsabilidad. Allen Ginsberg lo llamó “un Kafka del Lower East Side”; John Cage, “un mago”. Spencer Holst tenía en vida el poder de cautivar, un poderío que se mantiene vigente en El idioma de los gatos, que vio la luz por primera vez en Estados Unidos en 1971, fue traducido al español y publicado por ediciones De La Flor en 1972, y reeditado por La Tercera Editora en 2019.
Es poco lo que puede decirse sobre un clásico porque los clásicos tienen propiedades diferentes al resto de los libros, como si encerraran todas sus virtudes en sí mismos y no tuvieran necesidad de lisonja o apóstrofes ajenos. Y El idioma de los gatos entra en esa categoría: en la de la genialidad.

El norteamericano domina la alegoría. Hace coincidir en ocho líneas a personajes como Buda y Mona Lisa, no vacila en cerrar aquel encuentro que se da “allá arriba, en el cielo” sin palabras, apenas con una sonrisa mutua y muda, un gesto de entendimiento y complicidad. Pero también puede condensar en las escasas tres páginas de “El asesino de Papá Noel” una revolución feminista. Luego de los asesinatos sospechosos, “Papá Noel perdió en cierto modo su protagonismo y Mamá Noel se convirtió en la figura central”, lo que cambió el favoritismo navideño de los niños y forjando una generación con “una actitud diferente hacia las mujeres”. En esta sociedad imaginada por Spencer, “empezaron a elegir mujeres para el Congreso y eligieron una mujer presidente y mujeres alcaldes hasta que casi todo el país estuvo gobernado por mujeres”. La metáfora del cuento dialoga con un mundo que se haría realidad mucho después, con relaciones de género renovadas pero anquilosadas en un imaginario festivo al parecer inamovible.
“Había una vez”: son muchos los cuentos de Holst que comienzan a la usanza infantil, lo que da cuenta de que es una zona a la que no le teme. Por el contrario, es una zona a la que apela para distraer al lector de la profundidad a la que luego llevará, un poco engañado, un poco a tientas. Es el caso de “El hombre que siempre estaba deseando”, la historia de un vagabundo que desea lo imposible y se lo pide a Dios; o el caso de “Miss lady”, el relato sobre una niña triste que se va tras unos hombres misteriosos que la cuidan y le compran botellas y botellas de Coca Cola, y que al crecer se convierte en prostituta; o el caso de “Camachuelo y duendes”, en el que un pájaro deprimido por no tener voz se mira en un charco de barro —quizás un mito de narciso sucio y deformado— e invoca a un duende que además es un estricto profesor de canto. Búsqueda, aceptación y anhelo aromatizan El idioma de los gatos.

“Discúlpame, lector mío, pero debo hacer una breve digresión para explicar lo que él verá”, interrumpe Holst su relato en “La historia del espejo” para generar un interregno. Y luego “hay cualquier cantidad de maneras en que esta historia puede terminar”. Lo mismo sucede en  “El monstruo de Monroe Street”, donde Spencer anuncia “Yo, como autor, tengo ciertos poderes” para continuar con “Me gustaría expresar la gratitud que mis personajes no han sabido demostrar”. Es la honestidad lo que caracteriza la prosa de sus cuentos, la misma que utiliza para hacer aparecer y desaparecer las estructuras de lo que escribe. Casi como si su truco literario fuera ese mismo monstruo, deslizándose a la vista de todos, bajo una capa verde que engrosa el misterio y el temor: “con lágrimas corriendo por sus mejillas, intentaba explicarles que en realidad él nunca había querido asustarlos [a sus vecinos], sino que le daba vergüenza su deformidad”. Spencer Holst tiene algo de ilusionista, pero también es el mayordomo a quien “le gustaba su trabajo” en “Otro impostor”.
Oriundo de Detroit, nacido en 1926, el autor utiliza sus textos como un terreno experimental solo para ofrecer cuentos con niveles de sutileza que hacen de su lectura una aventura porosa, de múltiples capas, un subibaja de sensaciones. “Las historias contenidas en El idioma de los gatos son inmortales en su facultad de regenerarse una y otra vez, de parecer siempre diferentes, de cambiar con las estaciones y con la edad con que se las lee”, escribió Rodrigo Fresán en una vieja columna publicada en Página 12. Más que un libro, El idioma de los gatos es una ventana al espíritu de su escritor.