La otra historia

Lucía de Leone habla sobre el trabajo colectivo de la “Historia Feminista de la Literatura Argentina”

Paula Puebla

Rescate y resignificación. Archivo y coyuntura. Política y afectos. Tradición y ruptura. Historia Feminista de la Literatura Argentina (Eduvim, 2020) es el primer tomo de una colección que promete y propone una lectura feminista sobre la literatura, en esta ocasión, entre los años 1990 y 2020. Dirigida por Nora Domínguez, Laura Arnes y María José Puntes, la colección desafía los modos de leer del cannon para posicionarse en la coordenada conflictiva que resulta entre feminismos y siglo XXI. Conversé con Lucía De Leone, Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y coordinadora de la labor colectiva, sobre la aparición del volumen “En la intemperie”.

— Se consigna en la introducción del libro que la crítica no cuestiona el heterocisexismo dentro de los estudios literarios y que el libro propone un abordaje feminista. ¿Cómo es leer desde los feminismos? ¿Cómo es escribir desde allí?
La propuesta fue pensar e instalar la perspectiva feminista como un modo de leer. No solo en un intento por recuperar nombres de escritoras ausentes, algo que constituye una tarea importante pero que ya se vino haciendo, pero que si no se las interpela desde una respectiva feminista termina siendo una operación cosmética, de corrección política. Eso de “incluir a la excluida” de alguna manera sostiene que hay un orden patriarcal al que hay que corregir, ¿no? Más que eso, con HFLA pretendimos indagar la tradición desde perspectivas feministas, yendo a leer ese mismo corpus pero desde otros lugares, los del género: en los dispositivos narrativos, en los temas que se tocan, en las tradiciones con las que se intersecan. Eso es leer desde un lugar feminista: hacer lo que no se hizo e instalar para siempre un punto de mira que no se puede olvidar. En HFLA no hay solamente textos escritos por mujeres o disidencias, también se leen problemas en textos o libros de escritores varones cis, faro dentro de la tradición. Para mostrar este modo de leer feminista, hay un ejemplo que siempre damos, que es el de “La Intrusa” de Borges. Ese cuento fue leído más que nada desde imaginarios de la bravuconería entre hombres, el culto al coraje, incluso en esos escenarios a los que todavía se llamaba conurbano. Instalar una mirada feminista fue leer ese texto como un caso de femicidio en la literatura argentina.
En tanto a escribir de una manera feminista es un poco más complicado, porque hacer crítica feminista es hacer lectura feminista. Y la escritura viene del mismo lado que la crítica. Ahora, escribir desde una perspectiva feminista involucraría muchos aspectos. Uno que dejamos librado al azar con los autores, autoras y autorxs, por ejemplo, fue el uso o no del lenguaje inclusivo. Lo único que pedimos sobre este punto fue que si se usaba la E se la sostuviera, que si se usaba el os/as también. Pedimos que no se utilizara la X, que había sido una tendencia muy fuerte porque, si bien resultaba inclusiva en términos de género, resultaba expulsiva de la comunidad no vidente, que no podía traducir esos textos con sus sistemas de lectura. Consideramos que el lenguaje inclusivo podía ser una discusión, pero no la dimos del todo.

— Es que es una discusión en ciernes.
Nos pasaba que, en primer lugar, HFLA trata sobre el siglo XXI. Segundo, es que era el primer cuerpo que iba a salir pese a ser una historia, con ese cambio de concepto de que salga el último tomo en lugar del primero. Y tercero que, por estar en ese mismo presente que teníamos que estudiar, nos traía estos problemas de estar cohabitando con estos debates no resueltos.

— ¿Qué características debió reunir la literatura retomada para encajar en los parámetros entendidos como feministas? ¿Quién o quiénes determinan qué es literatura feminista y qué no?
Cuando usamos la palabra feminista, la usamos de la manera más amplia posible en el sentido de que no agrupa a mujeres que hablan sobre mujeres únicamente. Están las disidencias desde sus propias voces, con textos escritos por identidades trans en forma de poema, de manifiesto. Quisimos que esas voces estuvieran, pero no pensadas como objetos de estudio sino con su propia enunciación. “Mujeres”, entonces, era un término que nos complicaba y por eso usamos “feminista”. Esto lo encontramos en la amplitud y pluralidad de gente convocada para escribir, porque tampoco es que llamamos a especialistas en género, no es un gran campo. Aunque cada vez se expanda más, tampoco hay tantas en la Argentina. Nos interesaron autores que podían escribir sobre temas que considerábamos importantes y que no gozaban de un marco teórico absolutamente definido por el género. Convocamos gente que tampoco pertenece a la academia, que no viene con las últimas novedades de los estudios de género, pero que hicieron otra cosa, como textos de intervención, o a escritoras que se pusieron a pensar en tanto mujeres qué era para ellas escribir una novela.
Queríamos que estuvieran determinadas voces, profesamente feministas, y otras no tanto pero que todas leyeran desde ahí. Todos se esforzaron o practicaron una lectura feminista en función del pedido que les hicimos. Apelamos a un feminismo amplio que aportara distintas voces y formatos, porque eso también daba cuenta del presente que estábamos contando. Que no es solo feminista sino también del siglo XXI, un siglo que estamos transitando, que se está reformulando, en el que cambia todo de golpe.

— ¿Y el corpus? Supongo que en el recorte hay literatura escrita por mujeres o disidencias que puede haber no sido leída como feminista.
Totalmente. Tuvimos distintos problemas cuando encaramos el libro. Por un lado, la división por siglos, que fue difícil porque no queríamos hacer una cronología, pero sí armar una historia. El siglo XXI lo pensamos no a partir de lo que las fechas cronológicas oficiales indican, sino que nos fuimos a los noventas, tratando de pensar una “sensibilidad sigloveintiunera”. Por otro lado, empezamos a hacer listas de autoras, disidencias; de poetas, dramaturgos. Pero se nos iban de las manos. Entonces hicimos listas de núcleos de problemas en relación con los feminismos en el siglo XXI. Porque HFLA es una historia que tiene por lo menos dos series: lo que pasó con la literatura y lo que pasó con los feminismos. Estas series muchas veces vienen imbricadas, pero en otros casos no. Como en lo referido a los últimos años, en los que la casa y la plaza se volvieron casi indisolubles, para hacer aparecer otras cartografías políticas para pensar el espacio. Quizás los libros más feministas ocurrían en la calle, como los Martes Verde, y había que traer eso hacia el otro ámbito.

— ¿Qué injerencia pensás que tiene el mercado editorial en “la expansión de la literatura en femenino”? Sobre todo, en referencia al nudo autora-feminismos a partir del 2015.
No tengo ningún problema en decir que hay un mercado de género disponible, que hay una coyuntura favorable para que un libro como este salga, teniendo en cuenta que la primera editorial que nos aloja es una editorial universitaria. Vemos que, en esta proliferación de plumas femeninas, las que más publican son escritoras, a las que más se traduce son escritoras, y se produce un fenómeno inédito en la historia de la literatura argentina. Ni siquiera comparable a aquel de los los cincuenta, cuando salieron Beatriz Guido y demás. Es favorable el contexto incluso para textos académicos sobre género, quizás en un mercado más pequeño.
HFLA viene a decir algo a mucha gente y nos la piden desde distintos ámbitos. Desde la academia, por supuesto, desde los activismos, la militancia, que últimamente por suerte no está tan separada. También se pensó un público cautivo, si querés, porque es un libro que quiere ser incluido en las curricula de la Educación Sexual Integral. No para que le den un artículo a une niñe de séptimo grado, pero sí para que les docentes que tomen los cursos de la ESI y se formen, puedan tener acceso a otros modos de leer literatura y puedan, con sus herramientas, devolver esa forma feminista de leer. También hemos tenido suerte de ser invitadas por bibliotecas populares, con públicos distintos a los acostumbrados. Hay una pata en las escuelas, en organizaciones activistas, si querés en actividades para todo público. Te diría que tenemos más recepción ahí que en la academia, donde hemos tenido bastantes críticas.

Me imagino que se las ven con una ala conservadora interesante…
Hay gente que te pregunta por qué hay que hacer una historia feminista o que te dice que no hace falta.

— ¿Y el Estado? ¿Cuánto influyen las políticas públicas orientadas a la igualdad de género en la hechura de la literatura? Porque la literatura queer era una cosa cuando ser una disidencia estaba realmente castigado, y otra cosa es en tiempos en los que las políticas estatales garantizan otra realidad.
Te contesto desde dos perspectivas que creo que están unidas. Por un lado, la mayoría de las personas que hemos hecho y convocado para este libro, somos investigadoras formadas por las políticas estatales. Un Estado que ha abierto la posibilidad de formarse, doctorarse, ser investigador, aunque no haya querido. No lo quiero dejar de decir, porque la mayoría somos docentes de universidades públicas, investigadoras del CONICET. El Estado invirtió en que existiera una generación de investigadoras dedicadas al género. De hecho, se ha puesto como tema de interés y se ha armado una cátedra de género en la UBA. Así como tenemos un mercado favorable, tenemos también políticas estatales favorables. Porque si no tenés un mango, si no cobras un sueldo, no te podés poner a pensar. Vamos a decir las cosas como son.
Por otro lado, y esto lo marcas muy bien, la coyuntura se vio favorecida por los avances en temas de derechos humanos, ¿no? No nos olvidemos que durante la gestión de Cristina Fernández se promulga la ley de identidad de género, la ley de matrimonio igualitario, y se tardó un poco más para la ley de aborto, luego de un hiato bastante grande. Esto permite no solo visibilidad en la arena pública, lo que hace que una sociedad sea más comprensiva, sino que fundamentalmente habilitó derechos, permitió que hubiera una especie de reparto de lo sensible en identidades o comunidades que no tenían derecho a la voz, a la elección. Esa realidad no puede no incidir a la hora de producir ficción, crítica. Vos hablabas de anudado hace un rato, bueno, ese nudo habilita un cuidado a la hora para con las identidades. Hay una pluralidad de voces que sale a escena y que intentamos que estuviera representado en nuestro trabajo como un fenómeno de la actualidad más que de los feminismos en sí. Nosotras no queríamos ser mecenas o etnógrafas o quienes le dieran la voz al oprimido. Nos corrimos de esa tradición en la que el oprimido no deja de ser un objeto para darle un lugar subjetivo, de agencia.

— ¿Pensás que algo así como un “etiquetado frontal feminista” que impide la lectura crítica de obras firmadas por mujeres o disidencias?
Creo que sí, que hay un problema donde se vuelve a cierta ley del amo, ¿no? Esta especie de “vale todo” porque soy mujer, porque soy disidencia. Pueden volver imposiciones políticas patriarcales sobre otros sujetos y no estaría bueno. No me gusta pensar la idea de revolución, que es más masculina, de otro siglo, pero sí de revuelta porque tiene los tiempos feministas, y creo que esto tiene que ver con estar en este momento de transición. Es difícil estar pensando y viendo qué ocurre en la propia revuelta. Puede haber excesos, errores, miedos incluso. Creo que la figura que está más incomoda en el tejido social es el varón cis, una figura que ha quedado descolocada, sin saber muy bien qué hacer, qué decir, corriéndose un poco de los lugares que se le consideraron centrales. Te hablo incluso de aliades, que apoyan pero no se animan a ir a marchas, a decir nada, pero que, en su fuero interno, sufren esta incomodidad.
En este momento, sí hay un etiquetado frontal feminista. En algunos casos es buenísimo y en otros puede ser perjudicial porque impide el análisis crítico. ¿Qué se le puede decir a una mujer abusada? ¿Qué vas a decir sobre una novela que habla de un femicidio? Hay cierta aura de protección sobre ciertos temas, en los que no importa si es buena o mala literatura. Lo que importa es que trae un tema de las agendas de género e invade los imaginarios pero que, a la vez, si hacés una crítica, aunque sea formal, podés quedar mal ubicado. Los criterios de la literatura quedan opacados por otros y no porque un libro traiga un tema queer o trans tenemos la obligación de decir que es buena literatura. Es un problema de los feminismos que los propios feminismos tienen que pensar para no caer también en políticas de la cancelación, algo que ocurre hace bastante. Como Ariana Harwick, que fue cuestionada por la construcción de un personaje que venía a dar cuenta de aquello que la lucha feminista trató de ocultar, a lo que ella respondió con claridad: “El día que yo no pueda imaginar un personaje, dejo de hacer literatura”. Pero la verdad es que hay que dar esa batalla, es importante también.

— ¿Qué es un libro para vos?
Te respondo robándole ideas a Sara Gallardo, mi escritora preferida. Creo que un libro es un espacio de encuentro entre lectores y escritores, y es un lugar hospitalario, como decía ella. Te permite entrar, quedarte, salir cuando querés, marcarlo, dejar tus huellas, olerlo. Y además creo que es uno de los objetos de compañía más dignos de tener. Por otro lado, desde hace por lo menos 30 años estoy rodeada de libros, diría que son casi parte de mi cuerpo.

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