Sobre la naturaleza de la revelación

En literatura, el gran modelo de revelación es la súbita iluminación callejera de la epifanía joyceana y lo que hace el escritor, dice Bitar, es renunciar a vivir para escribir.

FRANCISCO BITAR

1.

Revelación en el sentido que lo entiende la voz coloquial “caída de ficha”. La frase, creo, refiere a una práctica extinta, por el simple hecho de que las fichas ya no existen. Pero durante una época, a la que pertenezco, la ficha fue el modo de sustituir al dinero en uno u otro lugar, lo que equivale a decir: la ficha, aunque hubiera que pagarla, llegaba ahí adonde el dinero no llegaba. 
Así, de espaldas al dinero, marginales respecto de él, las prácticas asociadas a estas economías paralelas no tardaban en distorcionarse, si es que no nacían torcidas. Mi experiencia de esta marginalidad fueron los arcades, a los que llamábamos, justamente, fichines. Hoy resulta increíble, si se lo considera desde una de las industrias más redituables que existen, o, lo que es lo mismo, de una de las actividades más sonámbulas de todas: los video juegos. Pero hace treinta años, al interior de esas cuevas atabacadas, crecían a plena luz del día condutas directamente criminales, asociadas en general a la nocturnidad: las drogas, el pillaje, la patoteada. Es decir: los fichines eran el lugar privilegiado para encarnar el rito iniciático, al que yo accedí a la edad de once años de la única manera posible, que era la mía: a la primera visita, me robaron la billetera.

Y sin embargo, tanto la amenaza criminal como las contradicciones de la edad entraban en suspenso cuando la ficha bajaba por la ranura y pegaba contra el fondo metálico de la caja. De inmediato —o, por su condición alucinatoria, quizá un instante antes del tac de la caída de ficha—, la música de presentación se activaba y una llamarada de luz iluminaba la cara del jugador. La emoción no sólo se correspondía a la del juego que empezaba, o no obedecía solamente a eso: se activaba más bien con el pase mágico de lo que no tiene transición, lo que va del apagado al encendido, de la nada a la vida sin solución de continuidad. Antes, la opacidad de unos espectros moviéndose en la penumbra, que se correspondía a la situación de los pasillos entre los videos; después, lo que aparece en la luz, con un giro repentino en el punto en que ambos estados se separan (y que en esta misma oración está marcado por el punto y coma, que debería ser sonoro).

Con los años, a excepción de las inexplicables monedas virtuales, las fichas desaparecieron y con ellas casi toda fantasía de un mundo ajeno o al menos paralelo al dinero.  Una pregunta pertinente a esta altura es la que se interroga por su existencia, la de una revelación asociada a una caída de ficha, cuando estas ya no existen: en ausencia de la ficha, ¿seguirá existiendo la revelación? Todo parece indicar que no, desde que, por mucho que parezca hacerse sola, es necesario salir de un estado anterior e instalarse en otro para que una revelación se produzca. Si hoy parece imposible alcanzar lo nuevo es porque, para propiciar esa novedad, haría falta tender a lo siguiente, lo que hace necesario ser capaz de una renuncia. Con la desaparición de la ficha y el triunfo definitivo del dinero, nadie parece dispuesto hoy a ponerse en la órbita radioactiva de la revelación porque nadie parece dispuesto perder la parte de sí mismo que una revelación pide a cambio. Ahorrarlo, esa es la lógica del dinero llevada a la vida, concomitante con esta otra: no dejarse llevar.
(Una segunda pregunta, aunque menos histórica y por lo tanto más caprichosa que la anterior, es la que refiere a la pervivencia de la frase: ¿cómo sigue viva la expresión “caída de ficha” en ausencia de su referente? Justamente, como una reliquia de la lengua, cuya belleza está dada por el sueño finalmente alcanzado de toda metáfora, que consiste en retroceder hasta asumir el lugar de la cosa. Pero se trata de una cosa fantasma, marcada a fuego por su origen ahora desaparecido: en la frase “caída de ficha” se siente el recuerdo de lo sólido, del que sus palabras ya son materia del aire en que se disuelven).

2. 

Pero el tac de la ficha que cae cumple, respecto de la revelación, una función meramente evocativa. La caída de ficha es lo que recuerda a una revelación (su función linguistica sería la de un símil), pero no aquello que la ha ordenado en primer lugar, y que sale disparado desde lo más profundo de nosotros cada vez que una revelación vuelve a producirse. La caída de ficha, en suma, no es estructural, en el sentido de lo primordial que se actualiza cuando una revelación sucede. 

Pero entonces, ¿cuál es el hecho estructurante sobre el cual se dibuja, de golpe, la revelación? La respuesta, cualquiera sea, por estar primero, disculparía a la revelación de su condición de originalidad: estaría históricamente determinada, lo que parece equivalente a degradarla a un decepcionante segundo puesto. En todo caso, esta estructura llamaría la atención sobre lo que confiere la forma tanto a la revelación como a la caída de ficha, y que, creo, es el sueño.  
No me refiero al contenido, más o menos revelador de la situación del sujeto, que puede haber en él. Hablo del hecho mismo de recordarlo, sorpresa que se pronuncia cuanto más alejado aparezca este recuerdo respecto del momento de levantarse (cuando ya estoy entre mis diligencias de la mañana, manejando, por ejemplo, y la imagen del sueño se hace patente, lo que me pone de inmediato a flotar entre el tráfico aunque no suelte el volante). Es el instante que corresponde al click interior, y que quizá designe el pasaje de estar levantado a estar despierto.

Pero lo asombroso de este recuerdo, no solamente radica en su repentismo —equivalente al tac de la caída de ficha—, sino en su completud: que aparezca ya hecho lo que antes no existía, y que podríamos llamar el ready made del sueño. De hecho, su manera de presentarse es equivalente: tanto en el caso del objeto ready made como en el sueño, lo importante será el discurso que vendrá encadenado a él, sin el cual no existirían ni uno ni el otro. Hasta entonces, en tanto ready made que no ha escapado de su rango de mero objeto sin discurso, el sueño suspende la miseria del sujeto, desde que irrumpe a pesar de la psicología de quien lo soñó, burlando justamente esa psicología (por eso los esperamos, a los sueños, para descansar un poco de nosotros mismos).
Esta aparición en bloque del sueño nos releva de la desazón que supone el hecho de que nos despierten mientras tenemos un sueño agradable: si el sueño se sueña de la misma manera en que lo recordamos (si el sueño se hace a sí mismo), entonces se ha revelado de una vez, de principio a fin, salvo que, cuando me despiertan, se vive su recuerdo en el límite con la realidad. Pero es el dormir el que se interrumpe, no el sueño, desde que es imposible interrumpir desde afuera lo que ya viene preñado de su propia interrupción. Del mismo modo, sería imposible pensar que algo falta en la revelación: la naturaleza de ambos es volumétrica antes que temporal, se avienen más a la pintura que al relato: son, como mucho, una imagen en movimiento. 

En literatura, el gran modelo de revelación es la súbita iluminación callejera de la epifanía joyceana (por más que originalmente tuviera un carácter pastoral, Joyce muda la epifanía desde las zonas rurales a Dublin, aunque quizá donde mejor funciona, al igual que el París de los surrealistas, es en la frontera entre la ciudad y lo que hay afuera, en el objeto desgarrado entre el siglo veinte y el diecinueve: allí donde el empedrado deja paso a las calles de barro, en la media suelta y destrozada al interior de una caja de madera, etc.) En todo caso, la epifanía, por experimentarse afuera de la escritura, tiene el carácter de una vivencia, y como tal resulta difícil de llevar hasta el texto si no es a presión: lo que se vive por fuera del continuo de la escritura no entra en ella salvo mediante una violencia. De allí que Joyce debiera publicar las epifanías en su estado original, el de unas notas (es decir, como tiradas marginales), sin lograr integrarlas al continuo del Ulises

En suma, la epifanía mira afuera, en el diario trajinar que de pronto se interrumpe en una escena verdadera. Pero si el escritor quiere ahorrarse esa atención que demanda la vida cotidiana y volcarla toda en el escribir (esto es exactamente lo que hace el escritor: renunciar a vivir para escribir), entonces deberá mirar desde el interior del texto que ya está en marcha: su deambular se producirá en el continuo sintagmático del encadenamiento de las frases, adonde eventualmente ocurrirá el hecho paradigmático de la revelación, es decir, otra frase. 
Este acercamiento a una futura revelación desde adentro de la escritura, me pone a salvo de la peor de las supersticiones: la de una inspiración (y de la necesidad de “vivir la vida” como fuente de inspiración). Si espero una verdad revelada antes de ponerme a escribir, corro el riesgo de no hacerlo nunca, además de exponerme a la noticia de que mi vida es insignificante. Es al revés: en la escritura, si es que ocurre, la revelación es el punto de llegada de todo un devaneo anterior, que sin saberlo iba hacia ella y que, al alcanzarla, tiñe lo anterior de una direccionalidad. La revelación equivale al azar de lo que viene y que, de producirse, hablará en todo caso de una disposición anterior, a la que llamamos escritura.

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