Un delincuente

Osamu Dazai, el escritor suicida, autor de Indigno de ser humano, una de las novelas más importantes de la literatura japonesa contemporánea.

Mariano Granizo

“Todo pasa. Esa es la única verdad en toda mi vida,
transcurrida en el interminable infierno
de la sociedad humana. Todo pasa.”
Osamu Dazai

Una semana antes de cumplir los treinta y nueve años, Osamu Dazai, junto a su amante, se arrojaba a las tumultuosas aguas del río Tama, en un suburbio de Tokio. Era junio, época de monzones, y Dazai conseguía, finalmente, lo que había buscado en otros tantos intentos frustrados. Lograba suicidarse en su momento de mayor éxito literario, y algo del fundamento de esa decisión radica en su obra, puntualmente en Indigno de ser humano, publicada tan sólo meses antes de su suicidio. Shuji Tsushima, tal era su verdadero nombre, había nacido en 1909 en el seno de una familia acomodada de terratenientes. Había estudiado literatura francesa en Tokio, aunque nunca llegó a graduarse; militó en el incipiente Partido Comunista nipón, clandestino, y si bien también abandonó el camino de la militancia, el marxismo dejó en él una huella indeleble que cambió sensiblemente la visión del mundo de ese muchacho de clase acomodada y de su concepción del trabajo literario. A los veinticinco años, Osamu Dazai había abandonado tres ambientes formativos: el familiar, con sus marcas de continuidad de clase; el educativo, que moldea profesionales; el Partido Comunista, que asegura una ideología ortodoxa.

Su obra resulta fuertemente influenciada por los escritores europeos, siendo Dostoievski quizás su mayor influencia. El conformismo de la sociedad japonesa es aquello contra lo que su narrativa intenta ser un grito de alerta, un llamado de atención o, en definitiva, una molestia constante. Sus cuentos, recopilados en Ocho escenas de Tokio y Repudiados, atienden a este llamado de atención. Será en la posguerra cuando publique lo mejor de su obra, sus dos novelas: El declive (1947) e Indigno de ser humano (1948). Dazai logra capturar el espíritu de desesperación que surge luego de la guerra, desesperación y desconcierto al perder los valores que tradicionalmente habían regido a una sociedad en su totalidad.
Quizás una de las cosas que mayor impacto generó en su época haya sido el carácter autobiográfico de la narrativa de Dazai. Llevó una vida tumultuosa y la utilizó para poder pensar lo que ocurría en la sociedad en la que vivía: desheredado por su familia por mantener una relación sentimental con una geisha, intentos de suicidio, adicciones (alcohol y morfina), internación en un psiquiátrico, tuberculosis; todo esto es el material al que le da forma para escribir Indigno de ser humano.
La novela recientemente reeditada por Sajalín está compuesta por el relato que hace el personaje, Yozo, de su caída constante como ser humano, partiendo desde una autopercepción de estar por fuera de la especie. El personaje de Dazai hace gala, porque no le queda otra, porque está ganado por la sinceridad en su narración, de todo aquello que lo hace, como el título reza, indigno de ser humano: “Mi vida ha estado llena de vergüenza. La verdad es que no tengo la más remota idea de lo que es vivir como un ser humano”. Que una primera persona, en la que el carácter autobiográfico es enorme, procure negar totalmente la posibilidad de empatía, que no pretenda ser ejemplo de nada ni, por sobre todas las cosas, victimizarse de ninguna manera, es un acto de honestidad artística extraordinario.

Mediante el recurso de los cuadernos escritos por alguien que no está entre los vivos, Dazai narra la caída constante de Yozo en un estilo muy similar al de Fiódor Dostoievski en su Apuntes del subsuelo. La novela tiene momentos dostoievskianos de sumirse en la angustia y el desconsuelo, en la desesperación y la iluminación (Yozo, en más de una escena, es un Raskólnikov oriental) pero también otros en los que es fácil de emparentar, como antecesor, con el Henry Miller de La crucifixión rosa (Sexus, Plexus, Nexus) o el de los Trópicos (Cáncer y Capricornio), cuyo personaje se entrega a convertirse en algo de lo que no tiene muchas certezas pero que, por sobre todas las cosas, es un rechazo de lo que son el resto. La influencia occidental en Dazai es clara, y va de la mano con el mundo de posguerra japonés, tiempos de derrota y occidentalización.
Nadie puede desear identificarse con este narrador, lo que hace que nos resulte desconcertante la apuesta, acostumbrados a encontrar un ejemplo de vida en las literaturas que hacen de la autobiografía un movimiento hacia la autoayuda. No ocurre esto con Dazai. Yozo, que ha dedicado toda su vida a hacer bufonadas, desde chico, porque no comprende a la gente, no entiende su hipocresía constante, y prefiere devolverles una imagen graciosa que los mantenga contentos y a él a salvo, cuando esto ya no funciona descubre que tiene a mano el alcohol para mantenerse a resguardo. Yozo no es otra cosa que un zombi, alguien que camina entre los vivos pero que no se siente como uno de ellos, pero esto no quiere decir que se sienta superior, sino que no se siente capaz de ser como ellos; el bien es lo que la sociedad decide que sea, de eso se da cuenta Yozo, y por eso se siente un delincuente.

En una de las escenas del segundo cuaderno, Yozo narra el momento en que se dio cuenta que ya no tenía dinero: “Más que vergüenza, sentí horror”, pero no el horror por no tener dinero sino por ser incapaz de hacer lo que se debe para conseguirlo, legal o ilegalmente, es decir, aceptar la hipocresía humana como válida, la racionalidad de la existencia como camino. Yozo no puede seguir viviendo por la humillación (en la caída es la clase la que sigue hablando por él, a través suyo, es el hijo de familia adinerada que se hunde) y decide suicidarse junto a su amante; se lanzan al mar, “Ella murió y yo fracasé en el intento”; entonces, descubre la alegría en el hundimiento, del que procurará no salir a base de alcohol.
Elegir es inútil porque no es otra cosa que optar por lo que otro ya eligió, así que por qué plantearlo como una opción y no como una orden. Ante esto, Yozo tiene una necesidad de adornar la verdad, no con la finalidad de mentir, sino para no arruinar el ambiente reinante. Nunca pensó en matar, solo en matarse, y bebe para no darse cuenta que la vida sigue su curso. “Horiki no me trataba como a un ser humano sino como a un deshonrado que escapó a la muerte, un fantasma imbécil, un cadáver viviente”; lo ve como una especie de delincuente, lo que a Yozo al principio molesta pero luego le suena lógico, porque delinquir es no formar parte de lo que la sociedad configura como el correcto proceder. Delito es aquello que dictamine la sociedad como tal, y no poder ser parte es un modo del delito, es un crimen con su castigo. El ser humano siempre es sospechoso, y para no averiguar lo que oculta es mejor beber hasta morir, como un santo que se niega a sí mismo, repleto en su interior de lo divino, pero sin saber qué hacer con ello, culposo por tal impericia. El alcohol, y luego la morfina, ayudan a Yozo/Ozamu a tolerar esto.
El vivir solo causa pecado.
Un muerto viviente por las calles.
Una existencia sin felicidad ni sufrimiento en el infierno de la sociedad humana.

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