Existir de nuevo

Yves Bonnefoy fue el mayor poeta de Francia de la segunda mitad del siglo XX. Aquí un recuerdo de su poética a seis años de su muerte.

MARINA WARSCHAVER

¿Por qué es necesario pensar en la poesía? Esa fue la pregunta que se había propuesto responder Yves Bonnefoy en la Feria de Guadalajara, cuando en 2013 recibió el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. El mayor poeta francés de la segunda mitad del siglo XX rescataba aquel día la necesidad de la poesía en el mundo contemporáneo. ¿Es quizás porque en ella hay acercamientos a la condición humana más importantes de los que saben reconocer los filósofos de la existencia? ¿O porque serían formulados con más imaginación y elocuencia que en los escritos en prosa? “Porque la existencia, esta vida humana que nace y debe morir, que es finitud, que se topa con el azar, es antes que nada, una relación con el tiempo”, señalaba y volvía a preguntarse Bonnefoy: “¿Y cómo acceder a la comprensión del tiempo sino escuchando los ritmos, esa memoria del tiempo, actuando sobre las palabras de la lengua?”. Que haya en la poesía una relación específica y fundamental con el tiempo, respondió al fin, es lo que hace que ella sea “el acercamiento más directo con la verdad de la vida”. 

Hijo de un obrero ferroviario y una maestra de escuela, Yves Bonnefoy nació el 24 de junio de 1923 en Tours, lugar donde se crió y donde primero estudio matemáticas pero en 1943 abandonó los estudios y se dedicó, ya en París, a la historia de la filosofía y de la ciencia, bajo la influencia de Gaston Bachelard y Jean Hippolite. Al inicio de su vida literaria Bonnefoy adhirió al surrealismo, del cual se separó en 1947, cuando empezó a frecuentar el movimiento CoBrA (acrónimo de Copenhague, Bruselas, Amsterdam, donde residían la mayoría de los fundadores). Su primera obra poética, “Del movimiento y la inmovilidad de Douve”, publicada en 1953 a los 30 años, fue aclamada por el público y la crítica. Poco tiempo después, en los sesenta, Alejandra Pizarnik traduciría unos poemas de Bonnefoy en Buenos Aires, que se publicaron en una pequeña editorial de poesía de la época llamada Carmina.

No sólo hay poesía en los poemas, entendía Bonnefoy, también puede encontrarse poesía en textos de Shakespeare o Cervantes. En julio de 2016, cuando Bonnefoy acababa de morir a los 93 años, el traductor y poeta Silvio Mattoni, justamente, había terminado la traducción de un volumen de ensayos: La vacilación de Hamlet y la decisión de Shakespeare. Mattoni entendía que Bonnefoy era un ensayista deslumbrante y un poeta inigualable. Una sola vez lo conoció. Fue en 2006. Mientras almorzaban en un restaurante chino de París, Bonnefoy repetía la anécdota que le contaba a todos los argentinos con los que se cruzaba. El día que fue, junto al historiador y crítico Jean Starobinski, a despedir a Borges, que se encontraba internado en el Hospital Cantonal de Ginebra. Recordaba que aquel día hablaron de poesía francesa, y cuando se estaban yendo, Borges se incorporó en la cama y les empezó a gritar “N’oubliez pas Verlaine, n’oubliez pas Verlaine!” (¡No se olviden de Verlaine!). Mientras se alejaban, Bonnefoy y Starobinski oían que la voz de Borges retumbaba en los pasillos. Debemos comprender que “la poesía es el fundamento de la vida en sociedad”, escribió Bonnefoy. Es decir que sin poesía sucumbiría nuestra relación con el mundo. Por la palabra –entendía– comenzamos a existir de nuevo. Así será también con él.

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