La forma de la franqueza

El ensayo según Elwyn Brooks White, una de las más célebres plumas de la prensa cultural norteamericana

E. B. White

Los primeros artículos de E. B. White aparecieron en la todavía joven revista The New Yorker cuatro años después de que se graduara en Artes por la Universidad de Cornell. En 1927 se unió definitivamente a la plantilla estable de redactores. A lo largo de las siguientes seis décadas produjo una larga serie de ensayos y se convirtió en el más célebre colaborador de The New Yorker cuando The New Yorker era de hecho la más influyente revista literaria estadounidense. Sus ensayos, escritos siempre en un estilo personal y directo, aparecieron en la columna «Notas y comentarios», que fue una de las más leídas en la historia de la publicación. Mientras varias generaciones de norteamericanos crecían leyéndola, White la esculpía escrupulosamente atendiendo a temas diversos como vida cotidiana, política y literatura. A través de sus publicaciones desarrolló su punto de vista en torno a las preocupaciones que lo acompañarían a lo largo de su obra y su vida: el miedo a la guerra y a los fenómenos irracionales, el internacionalismo y el humor. El volumen de Ensayos de E. B. White (publicado en español por Capitán Swing) es una lectura obligatoria, una recopilación de la excelencia hecha forma de la mano de uno de sus más grandes maestros y uno de los mejores exponentes de prosa contemporánea estadounidense.
A continuación, presentamos el prólogo que escribió para la edición americana de esta selección de Ensayos en abril de 1977.

El ensayista es un hombre sin complejos que tiene la creencia pueril de que todo lo que piensa, todo lo que le ocurre, es de interés general. Disfruta sumamente de su ocupación, como disfruta de la suya quien sale de paseo para avistar pájaros. Cada nueva excursión del ensayista, cada nuevo “intento”, difiere del anterior y lo lleva por nuevos derroteros. Eso le encanta. Hay que ser una persona congénitamente egocéntrica para tener el descaro y el aguante necesarios para escribir ensayos.
Hay tantos tipos de ensayos como actitudes y poses humanas, tantos sabores de ensayo como de helados. El ensayista se levanta por la mañana y, si tiene una labor que hacer, escoge su atuendo en un guardarropa sumamente amplio; puede ponerse cualquier clase de camisa, ser cualquier persona, según su estado de ánimo o según el tema de marras: filósofo, gruñón, bromista, narrador, confidente, experto, abogado del diablo, entusiasta. Me gustan los ensayos, siempre me han gustado, y ya de niño empecé a componerlos, infligiendo a otros por escrito mis pensamientos y experiencias juveniles. Publiqué por primera vez de muy joven en las páginas de la revista St. Nicholas. Aún hoy tiendo a recurrir a la forma ensayística (o su falta de forma) cuando se me ocurre una idea, pero no me hago ilusiones en cuanto al lugar del ensayo en las letras norteamericanas del siglo XX; va a unos pasos por detrás del resto de los géneros. El ensayista, a diferencia del novelista, el poeta y el dramaturgo, debe conformarse con el papel autoimpuesto de ciudadano de segunda. Un escritor que tenga en el punto de mira el Premio Nobel o cualquier éxito terrenal hará mejor en escribir una novela, un poema o una obra de teatro, y dejar al ensayista pasearse de aquí para allá, contento con el hecho de llevar una vida libre y disfrutar las satisfacciones de una existencia poco disciplinada. (El doctor Johnson llamó al ensayo “un artículo irregular, sin digerir”; el presente y despreocupado practicante no desea en lo más mínimo rebatir esa definición del buen doctor).
Sin embargo, hay algo que el ensayista no puede hacer; no puede darse el lujo de engañar a nadie u ocultar nada, porque será desenmascarado en muy poco tiempo. Desmond McCarthy, en sus notas introductorias a la edición de Los ensayos de Michel de Montaigne publicada en 1928 por E. P. Dutton & Company, observa que Montaigne “tenía el don de la simple franqueza…”. Es el ingrediente principal. Y cuando el ensayista escapa de la disciplina, lo hace sólo en parte: por más que sea una forma suelta, el ensayo impone sus propias normas, plantea sus propios problemas, y esas normas y problemas pronto se hacen evidentes y (esperamos) disuaden a cualquiera que quiera empuñar meramente la pluma para dar vía libre a sus pensamientos aleatorios, o porque esté de un humor alegre o divagador.

Creo que muchos piensan que el ensayo es el último reducto del vanidoso, una forma que juzgan demasiado autocomplaciente y egocéntrica para su gusto; les parece descarado por parte del escritor suponer que sus pequeñas excursiones u observaciones interesarán al lector. La queja tiene un punto de justicia. Siempre he tenido conciencia de ser egocéntrico por naturaleza; escribir sobre mí mismo en la medida en que lo que he hecho indica que he prestado demasiada atención a mi vida, y no suficiente a la vida ajena. Me he puesto muchas camisas, y no todas eran de la talla adecuada. Pero cuando me siento desanimado o deprimido basta con abrir la puerta del armario para ver que allí, oculto entre las demás prendas, cuelga el manto de Michel de Montaigne, con su ligero olor a alcanfor.
Los ensayos de esta colección abarcan un largo espacio de tiempo y una diversidad de temas. He seleccionado los que me divirtieron al releerlos, así como algunos a los que parecía adherírseles el aroma de la perdurabilidad. Algunos, como “He aquí Nueva York”, se han visto seriamente afectados por el paso del tiempo y subsisten como obras de época. Escribí sobre Nueva york en el verano de 1948, durante una ola de calor. La ciudad que describí ha desaparecido y en su lugar se ha levantado otra ciudad, con la que no estoy familiarizado. Pero recuerdo la anterior con nostalgia y con amor. En su libro About Boston, David McCord presenta a un periodista extranjero que estaba de visita en el país y veía Nueva York por primera vez. Informaba de que era “inspiradora, pero con un aspecto temporario”. Sé a lo que se refiere. La última vez que estuve en Nueva York me pareció que la ciudad había sufrido un cambio de personalidad, como si tuviera un tumor cerebral aún sin detectar.
Dos de los artículos sobre Florida también han sufrido grandes cambios. Mis comentarios sobre la condición de la raza negra en el sur por fortuna han quedado invalidados, y los artículos son meramente proféticos, no definitivos.
Para reunir estos ensayos he hojeado mis libros anteriores y he añadido unos cuantos artículos adicionales, que aparecen publicados entre portadas por primera vez aquí. Si bien extraje tres capítulos, he dejado One Man’s Meat en paz, pues es un informe continuo sobre cinco años de vida en el campo; un informe en el que prefiero no meter mano. La organización del libro responde a los temas o estados de ánimo o lugares, no a la cronología. La cronología entra en juego, pero ni el libro ni las secciones son perfectamente cronológicos. A veces el lector me descubrirá en la ciudad cuando me crea en el campo, y viceversa. Puede que ello cause una ligera confusión; es inevitable y fácil de explicar. He pasado buena parte de la primera mitad de mi vida viviendo en una ciudad, buena parte de la segunda mitad viviendo en el campo. Entre medias, hubo periodos en los que nadie, ni siquiera yo mismo, sabía dónde estaba (ni importaba): iba y venía entre Nueva York y Maine por motivos que entonces parecían imperiosos. Influía el dinero, incidía el afecto por The New Yorker. Y también el afecto por la ciudad.
Al final me he quedado quieto.

Compartir