La escritura de los límites

Rodrigo Montenegro y un desafiante libro sobre el mar

Bibiana Ruiz

¿Cuáles son los límites del mar? A simple vista, a cualquiera que se pare en la orilla e intente encontrarlos le resultará algo inasequible. Incluso si cuenta con toda la aparatología disponible para extender la mirada, no alcanzará a ver más allá del horizonte, esa línea cuyo color cambia según el momento de observación. Tal vez logre encontrar algún barco que surca las aguas a lo lejos, un surfista que desafía las olas un poco más cerca, o una boya que flota delimitando lo imposible de demarcar. En cualquier caso, y por muy cambiante o acaso alterable que parezca el marco, todas las imágenes le devolverán una inconmensurable sensación de calma y lo harán sentir en comunión con lo que observa. Después de todo, allá en el fondo, siempre hay una tregua con la naturaleza.

Precisamente de los límites, los de la naturaleza, los de las amistades, los de la ciencia, los de las drogas, los de las relaciones, los de los placeres, los de la fragilidad, los del ambiente es que habla Rodrigo Montenegro en Variaciones sobre el mar argentino, y lo hace con la agilidad de la juventud. En el texto las preocupaciones están volcadas con soltura y el dolor o la desazón solo se perciben en los contrastes. La novela, que por momentos nos presenta la prosa del ensayo, está dividida en cuatro capítulos bien delimitados.
“Memorias de acceso aleatorio” es una forma distinta de arrancar una historia. Una ficción que une y reúne a un grupo de amigos, vínculos por momentos muy cercanos y a la vez muy lejanos.
El bienestar, dice el personaje de Robi, cuando es personal, siempre es un trabajo con la forma y la apropiación. La narración de Montenegro se lee como entre sueños y nos permite sumergirnos con naturalidad en ese mundo creado para esta amistad. Una ciudad del pasado que es revisitada por personajes que permanecen en el estado sólido de los cuerpos, un grupo de amigos que elige un viaje psicodélico para evitar los sentimientos implícitos en el año nuevo y una historia de amor con la poesía como excusa. Así transcurre el capítulo “Vita nuova”, un renacer dentro de todo lo conocido, eso que por momentos se vuelve difícil de sostener.
A la vez, en “Mitologías artificiales”, el vacío provocado por la presencia excesiva de quienes alguna vez fueron parte de nuestra vida pero la metamorfosis obligada de la existencia alejó, hace que los ojos vuelvan a brillar a la luz de los proyectos que compartimos con las amistades. Tal como lo anuncia el título del último capítulo, “Fin de fiesta o el gran final”, esta historia no escapa a las demás y también presenta su desenlace. Por momentos es complaciente, por otros desesperante. A veces nos invita a ser parte y nos sumerge como si fuéramos un personaje más de la historia; otras nos incomoda y nos pide que nos alejemos un poco, nunca del todo, solo lo suficiente como para no estar tan lejos y poder acompañar las escenas, o zambullirnos desde ese punto lejano con aflicción para acompañar el destino que el autor decidió para sus personajes. En la playa, el escenario sobre el cual se montan las transformaciones de quienes viven esta historia, la arena es el suelo movedizo donde Robi puede enterrar sus pies, el mismo lugar en el que el agua lo envuelve con sus variaciones hasta hacerlo caer.

Con todo, hay un pasaje del texto que muestra la esencia de esta narrativa y es el que reza: “La paradoja es que nunca nada resulta completamente igual y todo es diferente, como siempre”. Tal como dice Damián Tabarovsky, la de Montenegro es la escritura “de la paradoja dentro de la paradoja, que avanza por un camino sinuoso —con un precipicio abajo— de la que sale airosa, como pocas literaturas en la narrativa argentina reciente”. Con la pericia de quien es escritor y a la vez que editor, Tabarovsky nos cuenta que Variaciones sobre el mar argentino se lee como lo que es, “la narrativa que se propone pensar en el límite”, y tiene razón.
Por su parte, Montenegro, que enseña Teoría literaria en la Universidad Nacional de Mar del Plata, recurre a mecanismos que recuerdan a sus maestros. Si bien su texto no es un homenaje, pasajes como “Las teorías paranoicas que habían servido para explicar el mundo e indagar con delicada sutileza el posible hallazgo de algunos rasgos comunes ya no servían, quizás por falta de inteligencia, es decir, por estupidez, la propia o la ajena, poco importaba” rememoran los escritos de Rodolfo Fogwill, o leer “Algo en la unión de edificios, calles y personas construía la ciudad. De algún modo, la felicidad estática que le proyectaba ese paisaje se retrataba incansablemente en folletos turísticos, imágenes cinematográficas y avisos de temporada que componían una máscara brillante de neón y gigantografías destinadas a seducir posibles viajeros” es reconocer en algún punto el discurso crítico de Abelardo Castillo.
En otras partes, el que aparece es el realismo de Juan José Saer y, al igual que en sus textos, en el de Montenegro la afirmación del presente, con todos los blancos, los negros y los grises que este incluye, es siempre una pequeña victoria. Para los que como Montenegro fueron adolescentes cuando el país estallaba a fines de 2001, Variaciones es también una conquista. Y, si bien este joven autor pertenece a una generación que rescata mucho de quienes lo precedieron, su literatura logra demostrar que la época, aunque parezca que no, cuenta con límites tan marcado que están ahí para poner de manifiesto que el objetivo de todo ser humano es también mantenerse alejado de otros seres humanos y que el vacío encuentra su forma propia en el no sentido.

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