En defensa del insomnio

A partir de libros como “Nada, retrato de un insomne” de Blake Butler y la antología de José Antonio Ramos Sucre, Francisco Bitar reflexiona sobre los beneficios de las noches insomnes.

FRANCISCO BITAR

Para el insomne, el sueño es un pensamiento más que, como tal, él puede ahuyentar de su mente. No sólo puede hacerlo sino que lo hace, con el fin de que prevalezca, no otro pensamiento en particular, sino el siguiente y el otro, es decir, la dinámica del continuo: la posibilidad gozosa de saltar de un pensamiento a otro. De manera que el insomne no es aquel que no puede dormir por un asunto en particular, que en general se presenta como una preocupación o un problema, sino el que no duerme a causa de la pluralidad de asuntos, en permanente circulación.

Es que si el insomne lo dejara vencer, entonces ese pensamiento, el del sueño, se impondría sobre los demás. Como pensamiento, el sueño es arrasador, y funde a los otros en un negro absoluto. En esto se basa su funcionamiento: el sueño no puede ingresar en el insomne sino a costa de apagar todos los otros pensamientos para dar paso a la actividad onírica. La imagen en el sueño, si es que ocurre, subsume todos los otros pensamientos y, al hacerlo en clave, los lleva más allá, hacia el futuro. El sueño, a diferencia del insomnio, es una condición no para pensar sino para seguir pensando mañana.

Pero el pensamiento vagabundo del insomne no va hacia el futuro sino que pertenece, del no dormir, al aquí y ahora, como todo goce. En este sentido, es crucial para el insomne que no haya un pensamiento sobresaliente, ni el de una preocupación (que inmoviliza el continuo en un aspecto lúgubre y pasado) ni el del sueño (que lo suspende hasta mañana). Así es como empieza, de hecho: en ausencia de toda preocupación, al menos de una preocupación evidente, pero ya plegado a la deriva del pensamiento, el insomne es capaz de advertir justo a tiempo la llegada del sueño, que ya está aquí con su nebulosa hipnótica y una súbita relajación del cuerpo. Entonces, se sacude el sueño de la mente y del cuerpo. Un poco más de esta fiesta, se dice el insomne esquivando la llegada del sueño, y con eso da comienzo a un movimiento imparable. 

En yoga, tanto en los momentos de práctica como de relajación, se auspicia también ese movimiento, el de observar los pensamientos y dejarlos ir. Pero cuando en yoga ese estado me deja al borde del sueño, donde ya recibo sus imágenes (esto quizá sea la meditación), el insomnio provoca en mí una atención mayor. Es que en el yoga, el pensamiento está imantado por el vacío, lo que demuestra su condición evanescente; en el insomnio, en cambio, recién se pasa al próximo pensamiento cuando se han agotado todas las aristas del pensamiento presente. Porque si bien la gracia del insomnio consiste en ir de nudo en nudo por el deleite de recorrer la red, cada uno de estos nudos deberá quedar bien ajustado antes de pasar al que sigue. Y el modo de hacerlo es el de llevar este pensamiento hasta la perfección.

Modelado y desplazamiento, esa es la lógica del insomnio. Insomne es el que recorre todos los temas y lo hace de manera minuciosa y brillante. Ahora, ¿a qué responde este modelado, que es la condición para pasar a otra cosa? ¿O, dicho de otro modo, con qué proposito se perfecciona un pensamiento? No para llegar al más alto de todos los pensamientos, es decir, al sueño; al contrario, el pensamiento, al perfeccionarse, favorece la vigilia; la gran herida de quien no logra dormirse es que el pensamiento, incluso el pensamiento perfecto, que tanto trabajo le ha llevado al que no duerme, no sea la llave del dormir. Y de todos modos, es mejor que así sea: al fin de cuentas, si se durmiera, el insomne ya no podría contemplar la belleza de lo que piensa. Una belleza que, como tal, no sirve para nada.

Por todo esto, el insomne entiende que el dormir es un hábito sobrevalorado. Y no sólo por cortar el pensamiento sino por lo que hay de sospechoso en el discurso de sus defensores. Desde su perspectiva, quienes agitan los beneficios del dormir no exaltan las virtudes del descanso sino las del ahorro de energías. Dormir no se duerme como un fin en sí mismo (si así fuera, él sería un ferviente defensor del dormir por dormir), sino para lo que viene después, que es el trabajo. Desde esta posición, el mal del insomnio no consiste en quedarse a mitad de camino entre la vigilia y el sueño, sino en no recorrer el camino completo a ninguno de ellos, ni hasta el dormir ni hasta el trabajar. El insomne es, al fin, el que no descansa para trabajar pero tampoco trabaja. (Kafka, un maestro del insomnio, así lo enseña. “Estuve a punto de saltar de la cama para escribir tal o cual ocurrencia”, es el ritornello de las cartas de Franz a Gelice, pero eso significaría dotar al insomnio de un propósito. Y por eso Kafka se queda en la cama).

De modo que el insomnio lleva la marca de una falta por amenazar una productividad, la propia. Pero todo lo anterior enseña que el insomnio no se padece: se goza. Porque, dejando de lado urgencias que no son mías (las del trabajo), ¿qué podría haber de malo en este momento en el que, luego de haber dejado atrás las responsabilidades del día —la acumulación crujiente de horas quemadas para vivir, como decía el poeta—, uno se concede un último y prolongado momento inútil, es decir, un momento para sí mismo, para la fantasía y la refexión intransitiva? Sólo hace falta atreverse o, mejor dicho, entregarse a su dicha. Al menos, creo que haríamos bien en no impedirlo, evitando al mismo tiempo la proscripción de lo más sabroso de uno mismo (de aquí que los somníferos representen la miseria de una nueva renuncia, otro sacrificio de lo que hay de sí en virtud de una gracia ajena).

En mi caso, el insomnio corresponde a una época, la de la juventud. De chico, si uno no puede dormir, es casi siempre por el mismo motivo; pero a esto no se lo llama todavía insomnio, se lo llama trauma. De adulto, las fuerzas decrecen y entran tranquilamente todas ellas en el día; una vez en la cama, el sueño me gana antes de poder resistirme. Entre una cosa y la otra está la juventud, el momento proclive a quedarse despierto por la noches, porque nunca el trabajo que le sigue es tan exigente y porque, con energías de sobra, igual se puede trabajar sin dormir. A aquellas noches en vela, que fueron casi todas, correspondieron las conjeturas sobre lo ocurrido a lo largo día, que, sin que yo lo tuviera del todo claro, estuvieron imantadas por la época anterior, la de mi infancia (cuando, con despecho juvenil, yo creía que era una etapa pasada, no sabía hasta qué punto la infancia seguía viva en mí, trabajando mi juventud al punto de ponerla a su servicio. Su incidencia silenciosa pero permanente se hacía clara en esto: en el momento más tormentoso de mi juventud, cuando la angustia me había arrasado, yo volvía a no dormir con la luz prendida, como cuando era chico). De modo que este era el pensmiento que yo perfeccionaba entonces, aunque pensara en cualquier otra cosa: el pensamiento del niño que yo había sido, para donárselo a mi yo adulto. A eso consagré mi juventud: a la posibilidad de, llegando a la edad adulta, conocerme por fin como niño.

Ahora que mis hijas están más grandes y no hace falta aprovechar cada minuto de su sueño para alimentar el propio, me permito volver cada tanto al viejo amor del insomnio. Otra vez soy testigo asombrado de su actividad febril, y me entrego a un perfeccionamiento quizá más caprichoso y por lo tanto más genial que el de antes (es que en este insomnio adulto opera el niño). Pero igual que ocurría hace años, llega el momento en que los pensamientos, aunque perfectos, empiezan a repetirse, lo mismo que luego de horas de zapping infantil, y al cabo de dar toda la vuelta al día, empezaban a repetir la programación. Apagar el televisor no era una opción, desde que hacerlo significaba empezar de nuevo con otra cosa: intentar dormirse, lo que podría llevar unas cuantas horas más. Impedido de seguir con el zapping pero también de dormir, sólo era posible mutear la tele, que es el mismo silencio que se produce todavía hoy con el insomnio cuando ya di forma y pasé revista de todos mis temas. Es en este momento transparente, de activa quietud mental, que ingresa brusco el primer colectivo de la mañana.

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