Una cosa por otra

Ana Negri y una novela sobre la maternidad y el exilio

Paula Puebla

Sería injusto ubicar a Los eufemismos (Firmamento) entre las cuantiosas novelas escritas por autoras que abordan la maternidad. No porque no lo haga, sino porque no es lo único que hace. Ana Negri, nacida en 1983 en Ciudad de México, suma al vínculo singular entre Clara y su madre —asfixiante, enredado e indisoluble— la dimensión opresiva del exilio.

Muchas veces pormenorizado en las narrativas que exploran el terrorismo de Estado en Argentina, tantas otras ubicado como la posibilidad fácil frente a las antípodas del que “se quedó”, el exilio produce una marca inefable e imperecedera. “Poco más adelante, pasaron frente a un puesto de revistas que exhibía, junto con muchas otras, una portada que atrapó la atención de Clara: sobre un mosaico de pequeñas fotografías de rostros de hombres y mujeres en color sepia, dos frases en gruesas letras blancas: ‘Los desaparecidos. Los muertos’”, escribe Negri para vincular en el tiempo y en el espacio las dos naciones, México y Argentina, que en ella y en Clara se hermanan. Sigue: “Faltan los rotos. Aquí ni siquiera se habla de los rotos”.
En cierta medida, Los eufemismos reformula la temporalidad del desastre. Porque a la mano militar de la última dictadura argentina, a la magnitud arrasadora de los años más oscuros, Negri adosa la rotura, a “los rotos”, a los que encontraron y se vieron en una sobrevida décadas después, como otra de las consecuencias sobre las que se suele hacer vuelo rasante. De este modo, la voluntad política de la autora se pone a disposición de su escritura sin vacilaciones, con una fuerza de enunciación que derrama desde los espacios más íntimos a los más públicos, sobre uno de los temas más narrados en la literatura latinoamericana. “Cuando su papá le dijo que se iba a vivir a Argentina, Clara no supo si sentía más tristeza o rabia. Le enfurecía que se retirara como campeón de un reto que la incluía a ella como parte de las misiones cumplidas”, escribe Negri para enfrentar a la protagonista de Los eufemismos a la soledad de cara a la tarea monstruosa de hacerse cargo de una madre en franco proceso de deterioro. En este sentido, la novela abre la puerta al último y más crudo pasaje a la adultez, de carácter universal. Porque, en última y primera instancia, todos somos hijos.

La novela de Ana Negri trenza el español rioplatense —la lengua materna—, con el “mexicano”. La sonoridad de la prosa manifiesta un aspecto lúdico del lenguaje, sí, pero también del trauma que se trafica, en menor o mayor dosaje, en la diferencia. A Clara “le parecía que era armar un papelón —como dicen en Argentina— no recibir la noticia [de la repatriación de su papá] con la madurez que se esperaba de una mujer de su edad. No quería hacer un pancho —dirían en México—, pero no cumplía con la expectativa genérica en la que se apoyaba su padre”. La vida de Clara parece estar marcada por un acá y un allá lejanos en el espacio pero movedizos y con bordes difusos; también lejanos en el pasado pero presentes como el tic tac de un reloj pulsera.
Dividida en cinco fragmentos, Los eufemismos tiene una música de fondo. En medio de la escena familiar que todo lo invade, la vida sentimental de Clara, estudiante de posgrado prometedora, se ve trastocada sin posibilidad de volver a su lugar. Entonces la ruptura de la pareja estable, con Mariano, y la apuesta a una nueva relación, con Elías  —aunque acá la palabra relación merece ir entre comillas—, aparecen para agriar o dulcificar situaciones sobre las que la protagonista no tiene ningún tipo de control.
“Tomó dos pastillas, se recargó contra la pared y se deslizó hacia el piso, en sincronía con la trayectoria del medicamento por su garganta. Sentada ahí […] sintió que tenía una suerte de vocación para la soledad que la expulsaba de un lugar del que no quería irse, pero en el que ya no sabía cómo quedarse”. Las vicisitudes sentimentales, los cimbronazos en los proyectos de vida, la falta de lugar en el mundo: con astucia, con arrojo, con una pizca de incorrección política, Ana Negri arriesga el exilio como metáfora y hace de Los eufemismos una experiencia doliente y sinuosa para susurrar al lector que todos estamos rotos o a la espera de nuestra rotura.