Fantasmas de la errancia

Coordenadas para la lectura de la singular escritura de Joshua Cohen

Facundo Milman

Joshua Cohen ganó un premio, no cualquier premio, ganó el Premio Pulitzer de Ficción y fue galardonado por una novela un tanto particular: Los Netanyahus (2021). Para entender o, al menos, para hacer una aproximación a su escritura y pensamiento es necesario leer otras novelas de este escritor. En primer lugar, un antecedente: su amistad con Harold Bloom. Si hay influencias literarias, esta es decisiva. Bloom ha cambiado la forma de leer en Cohen, pero también hay otro factor determinante: su sionismo, es decir, lo que subyace a su modo de organizar lo nacional-político en él y eso es el judaísmo. Si hablamos de amistades, influencias y modos de organización, hay que plantearnos: ¿qué tiene Joshua Cohen en su cabeza cuando ficcionaliza las identidades? Esa es la pregunta primera que nos tenemos que hacer cuando leemos una novela de este escritor. En una entrevista, Cohen ha declarado: “necesitamos escribir sobre el presente porque se nos escapa la vida”. El “sobrino político” de Harold Bloom es certero: se necesita escribir sobre el presente —que nos dirige a otra pregunta: ¿qué es escribir sobre el presente?— porque la vida, sus intensidades, la emancipación y, por ende, las identidades se nos escapan. Los reyes de la mudanza (Conatus) es una novela que atestigua el tiempo de nuestra vida: judíos errantes acostumbrados a cambiar de viviendas y, en otras palabras, judíos mudados. La novela narra la continuación de la vida en los tiempos presentes. Es una novela escrita en presente porque eso, en gran medida, es la literatura: una vida intensificada en signos y la posibilidad de suspender nuestro mundo.

El protagonista y narrador es un judío estadounidense y se llama David King, un hombre conflictuado y conflictivo: él es rey, plebeyo, hombre hecho a sí mismo y, por caso, también incompleto. En el principio, asiste a una fiesta, pero solo le interesa ser un personaje secundario. Un personaje secundario que va a una fiesta a hacer contactos: hablar con el director de una compañía, con un diplomático belga y mostrarse como un empresario ocupado. Primera escritura del presente: la superficialidad y la vida encarada a los negocios. Podríamos hablar de una radiografía del arquetipo de un judío clase media-alta estadounidense porque el único compromiso que tiene (y, una vez más, todo compromiso es político) es consigo mismo, es decir, Joshua Cohen escribe sobre el individualismo acérrimo que se encarna en cierta clase judía de Estados Unidos. Por cierto, esta es la primera crítica que enarbola. Resulta pertinente notar que David King tiene una empresa: mudanzas King, esto lo hace un “empresario ocupado”. David es un flete y, si bien no le va mal en el negocio, hay algo que lo conflictúa: es un judío norteamericano con problemas en su identidad. Estadounidense, judío y republicano. Pero también se ha divorciado hace poco tiempo, es decir, su vida está hecha un caos. Para colmo la relación con su hija es complicada porque ella ha ingresado a una etapa rebelde con su padre, por lo menos, por una razón: las drogas. Podríamos estar en una sitcom, por ejemplo, en Seinfeld. Pero todo empieza a cambiar —y todavía no sabemos si para bien o para mal— con la llegada del primo de David King, Yoav sumado a Uri. Yoav y Uri vienen de cumplir con la tzavá, el servicio militar israelí, porque al finalizarlo tienen un año sabático -regla definitoria de Israel- y se dedican a viajar: Yoav y Uri se incorporan a la empresa familiar. Este hecho, tan fundamental para la novela, modifica el humus de la historia familiar. Es el motor que hace a la narración de la novela. Historia que, al fin y al cabo, es la conexión tensa entre el judaísmo norteamericano y el judaísmo israelí.
Los reyes de la mudanza podría catalogarse como una novela de la errancia: un judío norteamericano, que vive con su esposa, se divorcia y se va a Israel para tomar aire; un judío israelí que termina con tzavá y se mueve a Estados Unidos de forma momentánea; una experiencia para entablar relación con su familia y recuperar las raíces de su lengua, de su tradición y, sobre todo, de su vida. La novela es una mudanza constante: en primer lugar, David que viaje a Israel y, en segundo lugar, Yoav y Uri que deciden pasar su año sabático en Estados Unidos. Podríamos hablar también de una novela cruzada: una cultura de mixturas. De Estados Unidos a Israel y viceversa. Así como Gershom Scholem tituló su autobiografía De Berlín a Jerusalén (2012) y Noam Zadoff escribió la biografía de Scholem, luego de las dos biografías de Scholem escritas por el intelectual judío David Biale, De Berlín a Jerusalén y viceversa (2017). El humor judío de Joshua Cohen es transversal porque siempre incrusta algún comentario en el narrador —y esa es la forma de la palabra en la errancia— con respecto a la situación del personaje o su medio intelectual. Por caso, David King está con Yoav en la ciudad vieja de Jerusalén y él comenta que esta parte no es más que un comercio antiguo: un shopping de piedra con gran extensión. Luego, la voz de David King se corrige: no era un centro comercial, sino que las murallas de la ciudad vieja de Jerusalén contenía al comercio porque era un aeropuerto. Segunda escritura del presente: tenemos un archivo total, un archivo im-posible, un archivo que de lo que pasa. Pero el gran dilema de este archivo es que no tenemos tiempo para escrutarlo, revisarlo y leerlo: no hay tiempo. Escribimos sobre el presente y, sobre todo, Joshua Cohen lo hace porque no hay tiempo para revisar el archivo total. Si pensamos en Jerusalén de forma yuxtapuesta, ¿por qué tantos controles? ¿Por qué tanta seguridad? ¿Por qué tantos accesos dentro de una misma ciudad? La forma de aeropuerto a gran escala o, mejor aún, un aeropuerto dentro de otro: una ciudad kafkiana por la cual entrar y nunca salir.

El otro aspecto de la novela de Joshua Cohen que intercede de forma constante es la barrera idiomática. Es posible trazar una lectura tripartita a través de los lenguajes: hebreo, inglés e ídish. Sin embargo, me interesa pensarlo desde otro polo: el padre de David, Yudy, y su tío, Shoyl, habían nacido en Vrbau, un pueblo del Imperio Austrohúngaro. Vrbau quiere decir verbo, por lo tanto, es más que evidente que la lengua signa a la familia de David King. La errancia de su familia empieza no con el nazismo y las deportaciones que sufrieron, sino con su lugar de nacimiento. El pueblo del cual provenía su familia inscribía en su carne un destino. El nombre encarna una escritura del presente. La tercera escritura del presente: si Jesús se hizo carne a partir del Verbo, Joshua Cohen se hace Verbo a partir de la carne. Joshua Cohen trabaja a partir de la materialidad: Estados Unidos, el cuerpo y la sangre que recorre a una familia. Porque el judaísmo sea estadounidense o israelí es esto: la continuación de lo familiar. Si Cohen critica tanto las políticas del Estado de Israel y la cultura israelí —con todo lo que conlleva esto— como Estados Unidos de Norteamérica, no deja de ser cierto que prevalece un valor judío de forma intersticial: compartimos una misma lengua, el hebreo. Y, para esta novela, el hebreo simboliza no solo la unión del pueblo judío y la disputa en Medio Oriente, sino también la lengua secreta del judaísmo para dirigirse hacia Dios. Al fin y al cabo, este es otro aspecto de la errancia de las mudanzas: la posibilidad de hablar una lengua ajena al registro cotidiano. El hebreo, por lo tanto, conforma la relación que une a los judíos con Dios. Hebreo secreto, hebreo misterioso, hebreo susurrado. Itgadál Veitkádash Shemé Rabá. Be’almá Divrá Kirhuté. Veiamlij Maljuté, Veazmaj Purkané Vikareb Meshijé. Bejaiejón Ubiomjón Ubjaié Dejol Bet Israel. Baagalá Ubizmán Karib. Veimrú Amén. Esta oración que, si bien está en arameo, es una alabanza y se encuentra dirigida hacia Dios y los muertos: para que sus almas se eleven, vuelvan a Dios y también para que los duelantes pongan algo de su dolor en palabras. El kadish de duelo es un saber-no-sabido que todos los judíos conocemos, aunque no lo hayamos pronunciado nunca: el kadish, la oración para los muertos. Es tanto secreto, misterioso y susurrado porque todos los judíos estamos obligados a conocerlo y luego pronunciarlo. Y, muchísimas veces, no sabemos qué significa. El kadish, oración universal judío, es tan emancipatoria y global que, solo con pensalo, Tamara Kamenszain habló sobre él en su poema dedicado a su padre como también fue recitado en el entierro de Eric Hobsbawm, un judío ateo, según cuenta la biografía de Richard J. Evans. El hebreo, en esta novela, cumple una función similar al kadish: idioma desconocido, pero significante; idioma im-pronunciable, pero dicho; idioma obliterado, pero siempre es lengua materna. Lo conocemos, aunque nunca lo hayamos dicho. Esa es la relación que se establece entre hebreo y vivencia judía, una emancipación asimilada hasta que la Tradición irrumpe ante nuestras narices. David King, reiteradas veces, dice que no sabe hablarlo, aunque luego atina a decir algunas palabras: sus recuerdos, sus vivencias, su experiencias de anteriores viajes a Israel lo conforman. El hebreo no es un idioma desconocido para él, habitúa su escucha a la lengua de sus antepasados. El hebreo, la lengua del recuerdo (de su vida, de su familia y de su recuperación).
De esta forma, intento terminar este texto de una forma inconclusa. No solo porque pienso en el hebreo y su universalización en el mundo judío, sino también porque nos dirige a otra reflexión: el hebreo y su secularización en función de la creación del Estado de Israel en el 1948. Porque son las mismas palabras que nos dirigimos hacia Dios y también las mismas con las que hacemos nuestros actos más banales. Es la catástrofe de un lenguaje sagrado. Y esta es la cuestión que se abre: algún día, y solo algún día, la lengua se va a volver contra nosotros. Y ese día, ¿tendremos una juventud capaz de resistir frente a la revuelta del lenguaje sagrado? La pregunta queda abierta. 

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