Entre sombras

Paula Puebla presenta la nueva novela de Mariana Skiadaressis.

Paula Puebla

El pasado jueves 21 de abril, en la sala Borges de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Editorial Nudista convocó a la psicoanalista Alexandra Kohan y a la escritora Paula Puebla para presentar Siempre las sombras, la segunda novela de Mariana Skiadaressis. Mientras el sol bajaba y la temperatura rendía honores al fresco dorado del otoño, este texto fue leído por la autora de Una vida en presente en el auditorio.

Antes de aproximarme a Siempre las sombras (Nudista), me gustaría hacer el ejercicio de ir un poco para atrás, al año 2018. No por mera nostalgia, por insistir con el pasado, sino porque creo que un autor, a lo largo de su carrera, libro tras libro, reescribe aquello que escribió (y publicó) por primera vez. En esa inauguración literaria, además, creo que es donde se halla el germen de aquello que conduce a alguien a “ser escritor”. Quiero decir, a “hacerse escritor”. Porque tanto la escritura como el escritor se hacen.
Retomo entonces La felicidad es un lugar común (Entropía), la primera novela de Mariana Skiadaressis que, para quienes no se dieron cuenta, lleva un apellido griego —un dato que es importante y sobre el que hacia el final del texto volveré. Como decía, en esa novela iniciática, la protagonista es una estudiante de Letras de la UBA —cuyas iniciales son M.S.— que se da el gusto de tener un romance con el escritor que más admira. La historia, que se puede enmarcar de acuerdo a los que saben en esa gran categoría llamada “el realismo”, es interrumpida en la página 56. Sin fanfarrias, sin avisos, de repente: una pizca de ese otro género que es “el fantástico” entra a la narración trepándose por el balcón. Como lo hace la protagonista y narradora que ve, agazapada en un rincón del departamento en el que se ha metido, cómo su objeto de deseo se multiplica. Y la autora, del mismo modo que su querido Kaminsky, acude a la multiplicación como metáfora del infinito. Ya no hay un solo escritor: hay muchos escritores, hay clones del escritor.
Sin embargo, y con esto vuelvo al presente —a este 2022 que intenta ser posapocalíptico y no lo logra, que se declama antibélico solo porque inflaciona los precios—, en Siempre las sombras el realismo queda intocado. Skiadaressis se apega a sus reglas y construye un realismo que no es un realismo “así nomás” sino uno que no podría ser “más real”. Y en este punto, “lo real” cobra múltiples significados, y muchos de ellos escapan de los manuales estrictamente literarios.

Esta vez, Mariana Skiadaressis deja al fantástico del lado de afuera. Del lado de afuera pero para nada, y bajo ningún punto de vista, excluido de la lectura. Pero, ¿cómo es posible no escribir algo y que eso sea, justamente, el punto fuerte de lo que sí fue escrito? Con perdón de la ortodoxia, esta es mi hipótesis: en esa exclusión, sin querer o queriendo, la autora señala que “el fantástico” —con toda su batería de elementos— es dominio de la sociedad. Y Siempre las sombras se da el lujo de tensar al lector de esta sociedad, de esta época. Al que quiere Coca Cola sin engordantes, café sin cafeína y cerveza sin alcohol. Al que consigue erecciones sin excitación. Al que se pretende revolucionario pero no tiene revolución. Al que se declama obrero pero cuando ve una pala llora. Pero, sobre todo, Siempre las sombras le causa problemas al lector que se comió la pastilla del “si duele, no es amor”. ¿Querían fantástico? Pues ahí tienen. Así de coloso, así de bienintencionado, es el tiempo con el que esta novela discute.
Entonces la multiplicidad ahora apunta al infinito de productos y boludeces que el mercado nos ofrece para suplir, reemplazar, amortizar y hacer de cuenta de que no existen las angustias del amor. Y esta novela angustia, lo hace en muchos niveles. Esta novela incomoda. Como dice su editor, Martín Maigua, muerde. Fuerza a preguntas que el lector no quiere o no está preparado para hacerse. Siempre las sombras primero lo seduce y después le hace una llave y lo deja a merced de lo que es, de lo que hace y de lo que hizo, de lo que soporta y soportó.
Pero ¿por qué traigo a colación al amor? Porque antes y después de todo, Siempre las sombras es una novela de amor, sobre el amor. ¿De amor de acuerdo a mí, a su autora o a Alexandra Kohan? No. ¿De amor de acuerdo a los lectores? Tampoco. Es una novela de amor porque eso es lo que cree experimentar Lara, la actriz principal. Y si eso es lo que ella cree, entonces es en efecto lo que es.

Lara es profesional, con un trabajo en una agencia de publicidad que maneja sin problemas, una carrera prometedora por delante y un departamento de soltera. Es, a la usanza de nuestros días, una “mujer libre” que parece saber que “eso de completarse con el otro no existe”. Es también muy consciente de que el consumo y el sexo funcionan para mantenerla “al margen del dolor”. Pero a pesar de esa claridad, Lara sabe también que mucho de eso solo contribuye a su “semblante de superada”. Y un semblante es algo que asemeja, sí, pero no es.
Entonces la historia toma un giro, se quiebra. Todo parece resplandecer y aquella gran caparazón de defensa comienza a deshacerse. Lara se sumerge en esa gran zona borrascosa en la que no hay reglas, recetas o remedios, consejos o protocolos. Lara parece olvidar la larga puesta en escena que la sostuvo en pie hasta entonces. Porque de eso se trata la experiencia, según mi admiradísimo Martin Amis: de perder la inocencia. Y el que ama está totalmente dispuesto a perder.
Siempre las sombras hace manifiestas las perspectivas y, en especial, genera que el lector quiera intervenir en esa realidad aumentada —la ficción— en la que no puede meterse pero de la que tampoco puede salir. Y esa imposibilidad se refuerza en tanto la novela se vive y se transita a través de Lara: con un único ojo. Que no es, de ningún modo, el de la razón. Porque Lara, ya sin máscara, sin coartadas, sin maniobras distractivas, aprende que puede ser al mismo tiempo demasiado fuerte y demasiado débil. ¿Acaso no nos hace eso, a todos, el amor?
Mariana Skiadaressis provoca en su lector algo extraño: hace sentir “la carne propia” de Lara. Y para hacer eso exitosamente es necesario tener una relación íntima con el lenguaje que tenga plasticidad para abrirnos los sentidos al sabor de un vino, la fragancia de un perfume, el estallido de un orgasmo salvaje o los efectos narcóticos. La dimensión sensorial de Siempre las sombras abruma. Hay un rechazo deliberado al universo del eufemismo. Y cuando digo “deliberado” me refiero a político.

Dije que iba a volver sobre el apellido Skiadaressis, y aunque pueda sonar a pretexto, el punto griego para mí no lo es. En Siempre las sombras hay tragedia. No “tragedia” en su acepción cotidiana —cuando nos referimos a un accidente, a un hecho fatal que nadie esperaba— sino “tragedia” como el gran género griego. Si nos propusiéramos el ejercicio de evocar una obra que trence amor y tragedia, es posible que muchos traigan a colación “Romeo y Julieta”, un texto conocido por las mayorías, como a mí me gusta, y del que se puede hablar sin tener miedo a spoilear nada. A pesar de las apariencias, en esta obra de Shakespeare “lo trágico” no está en la manera en que mueren sus protagonistas, sino en que ese romance prohibido se presentaba como la única oportunidad de redimir la enemistad entre Montescos y Capuletos. Y esa única oportunidad muere junto a los protagonistas. Lo que supone ser una salida, es un callejón. Lo que parece redención, es un nuevo llamado a la guerra. Lo que pretende ser cura, es veneno. “Lo trágico” entonces es que no hay alternativa, no hay adonde ir.
Con esto, no quiero decir que Siempre las sombras es una versión de la tragedia de Shakespeare varios siglos después. Lo que quiero decir es que hay una ética de las sombras compartida, una a la que Skiadaressis —skia en griego significa “sombras”— no le puede ser ajena.

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