La orgía de ramona

La revista ramona fue una de las más radicales experiencias editoriales de las artes visuales, un medio donde sucedieron los principales debates del nuevo milenio. Un nuevo libro reúne sus principales discusiones y textos de importantes artistas y escritores. Entre ellos, este de Alan Pauls.

ALAN PAULS

Nunca estuve en una orgía. Lo máximo a que llegué en el rubro, hace ya una punta de años, una tarde de domingo de 34 grados a la sombra, fue una especie de pogo acuático, inolvidable y municipal, en la pileta del circuito kdt, que, como muchas otras cosas, todavía era de todos y para todos. No volví a experimentar ese efecto parva, de chapoteo ciego y desintegración, hasta hace unos pocos días, cuando cayó en mis manos el número 5 de ramona. Lo primero que me atrajo, por supuesto, fue el costado rejudío de la revista: la falta de imágenes. ¿Cómo la prensa local podía haber tardado tanto en descubrir un secreto tan antiguo? Me parece que la prohibición de la representación es una de las claves que explican el carácter orgánico de ramona. Ni cuadros, ni fotos, ni dibujos –basta de “superficialismos”–: sólo un mar de tipografía, esa espuma de ¿helvéticas? donde los artículos, de golpe, pueden empezar a ser libres e iguales… Después me puse a leer, me zambullí, como quien dice, en esa pileta de letras, y me desorienté. ¿Dónde estaba? ¿Cuál era la cabeza y cuáles los pies? ¿Qué era lo importante y qué lo accesorio? ¿Cuáles eran las prioridades? ¿Dónde estaban los sujetos y dónde los objetos? ¿Por dónde se empezaba?

En otras palabras: ramona era una revista sin protocolo. Como si el arte pudiera ser –al menos el tiempo que dura una orgía, que, como nunca estuve en una, no sé cuánto tiempo es– un mundo sin jerarquías ni control, sin aduanas, sin criterios de corrección, sin privilegios… Ya sé, ¡ya sé lo que era ramona, con todos esos colaboradores –artistas, esos prosistas enmascarados, esos nombres falsos de estrellas de película porno! Era un carnaval, una feria de vanidades indiscriminadas: una revista, sí, pero una revista rarísima, muy culta y disparatada, donde todos decían “yo” y “correo de lectores” era la sección que había tomado el poder. Puntuaciones exóticas, sintaxis idiosincráticas, “estilos” brutos. Me pregunté: ¿hay alguien –además de mí, que, como ya dije, nunca estuve en…– que mire todo esto? Con tanta gente que escribe sobre arte, ¿quedará algún lector? Y me di cuenta de que ese punto –esa paradoooja, como diría nuestra Norma en canal siete– era un punto muy contemporáneo de ramona. El punto “¡sé tú también tu artista y tu crítico de arte” (De ahí que ramona difícilmente pueda existir sin la orgía-internet, sin el correo electrónico, etc.) Si las cosas están así, pensé, yo anuncio que, por mi parte, quiero seguir siendo lector. Lector de ramona, se entiende. Me comentan que la revista es tildada de frívola. ¡No se ha entendido nada! ramona no es “Caras”; es “Máscaras”. La desaparición de la cara es la condición de su aparición. No sólo no hay imágenes; también hay seudónimos, identidades falsas, militancia antifaz. Y cómo se complica todo entonces. ¡Si hasta resulta difícil creer que cuando la revista dice “Lorena Ventimiglia” sea Lorena Ventimiglia! (Hola, Lorena. ¿Estás ahí? ¿Existe tu taxista?) Hay un culto travesti en ramona. Es evidente. ¿No es suficiente para comprender hasta qué punto en esta revista son másimportantes el decir y lo dicho que la identidad del o la que dicen? Y esa política del enmascaramiento, ¿no es acaso una de las reglas que hacen de la orgía una institución democrática por excelencia? Y el anonimato, ¿no es en ramona lo que permite articular la crítica con el panfleto, el chisme, la maledicencia, el libelo infame, con todas esas formas bajas en las que –desde Nietzsche, o más bien Diógenes el cínico– descansa la alegría faunesca de toda lectura? Sí, ya sé: nunca estuve en… pero es que pensé tanto. La maldita ramona me hizo pensar. Pensé mucho más de lo que leí, lo confieso. Es otra de las cosas que hace tiempo no me pasaba. Podrán decir que exagero, pero ¿no es la compulsión a exagerar un efecto droga específicamente intelectual, propio no de una personalidad soñadora como la mía sino, más bien, de ciertas experiencias culturales o artísticas? Tal vez ramona, y perdóneseme la pedantería, sea eso: una revista “exagerógena”. Yo quiero más. ¿Hay más? Me despido. Soy el que nunca… le había escrito antes una carta a una revista.

Este texto de Alan Pauls se publicó en el número número 6 de ramona, de octubre de 2000 e integra la recopilación de ramona. Debates en el arte al filo del milenio, editado por Gustavo Bruzzone y Syd Krochmalny.

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