Un oficio cotidiano

Natalia Ginzburg y un libro que reflexiona sobre la cotidianeidad de una escritura ágil, instintiva, radical.

Luis Gusmán

Al revés de la “dificultad” de Kafka para escribir, con una sinceridad tan legítima como asombrosa, Natalia Ginzburg deja en Las pequeñas virtudes el testimonio autobiográfico de que para ella escribir es un oficio cotidiano. Lo cuenta casi con tanta naturalidad como si habla del acto de comer, de beber o de abrir y cerrar los ojos.

A la hora de escribir —nos dice— sus manos firmes no tiemblan. Por el contrario, si tiene que aprender, historia, geografía, un idioma extranjero o taquigrafía se siente sorda, ciega inepta hasta la propia náusea. Ese contrapunto que naturaliza la práctica de la escritura y vuelve extraño el resto de la vida cotidiana aparece una y otra vez en esa serie de relatos escritos al borde lo autobiográfico.
Si el saber escribir es “una pequeña virtud”, lo lógico es ejercerla y creer en ella. Y Ginzburg cree en el mismo ademán que reconoce que no le “importa nada lo que hagan otros escritores”. La afirmación puede parecer soberbia, pero se revela es francamente virtuosa al preceder esa delicada serie de relatos que la justifican.
En una anotación de sus Diarios, Kafka dice que, en el acto de escribir, el escritor es como Prometeo que le roba el fuego a los dioses. En Ginzburg la cosa es al revés: el desafío a los dioses se presenta cuando que aboca a estudiar un idioma o hablar en público y se siente exiliada y cometiendo un robo. Cuando escribe está a resguardo en su tierra: “Por el contrario, cuando escribo soy como alguien que esta en su tierra, sus calles, que conoce su infancia entre muros y árboles que son suyos”.
No es un talento natural. Es una virtud trabajada desde su primera infancia (entre los cinco y diez años), cuando se sueña pintando el paisaje que la rodea o inventando máquinas. Pero es recién a los diez años, cuando se determina a en escribir (como puede) poemas y novelas. Conserva esos primeros garabatos de la infancia (versos descabalados torpes, divertidos) como testimonios de la virtud que se abre paso a través de los obstáculos y el pudor. Es claro: ¿por qué habría de sentirlo en presencia de una virtud? La decisión de escribir, virtud profana o sagrada, viene dada desde antes; solo hay que aceptarla y ponerla en práctica.
Y Ginzburg lo hace. Pero, como le “resulta muy fácil escribir poemas”, opta por dedicar cierto tiempo a leer para no escribir tanto. No es falsa humildad: “Cuando escribo algo, suelo pensar que es muy importante y que yo soy una gran escritora. Creo que a todos les ocurre igual. Pero hay un rinconcito de mi alma donde sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, una escritora pequeña, muy pequeña. Juro que lo sé”. No hace falta que lo jure. El diminutivo le recorta un rinconcito (donde se refugia y desde donde escribe); el juramento es casi un performativo de sinceridad.

La figura de la comparación aparece bajo una pregunta: “¿una pequeña escritora como quién?”. Ginzburg se sueña única y opta por creer que “nadie ha sido nunca como yo, por pequeña escritora que yo sea, aunque como escritora sea una pulga o un mosquito”. Kafka envidiaría sin duda la felicidad de esa pequeña metamorfosis donde en el oficio de escribir no importa el lugar que se ocupará entre los insectos: la cucaracha, la pulga o el mosquito.
Las palabras salidas de ese oficio mutante hablan, como se cuenta en “El silencio”: “Espero que no se me interprete mal; no sé nada sobre el valor de lo que puedo escribir. Sé que escribir es mi oficio”, asegura la voz narrativa. El oficio de escribir no es un don que pueda emplearse en los momentos de crisis afectiva. No consigue consolarla cuando la invaden el aburrimiento, la soledad o el dolor; un oficio es un oficio, no un refugio: “En estos casos, mi oficio siempre me rechazó, nunca quiso saber nada de mí. Porque este oficio no es nunca un consuelo o una distracción”. Casi una declaración pavesiana.
Escribir es uno de “Los oficios terrestres”; queda claro cuando relata el pasaje del ser hija al ser madre. En ese momento se aboca a las tareas de la casa: tiene que aprender a hacer el tuco y su oficio pasa a un segundo plano, para regresar renovado cuando sus hijos ya muchachos salen a pasear por el pueblo con alguna novia: “Retomé la escritura como quien no ha escrito nunca”.
En cada relato de Las pequeñas virtudes puede leerse alguna frase en que la contradicción invierte la moraleja de las grandes o pequeñas virtudes. Pero en el centro de la escena está siempre el oficio como parte de una vida. El oficio de vivir y escribir. Sí, pavesiana; pero sin resignarse nunca al cansancio, aunque la felicidad (en la vida como en la escritura) resulte esquiva y excepcional. Cuando la escritora abandona la página escrita, el remanente, lo queda, lo nombra de manera perfecta: “La libreta se convertía en una especie de museo de frases, todas cristalizadas y embalsamadas, difícilmente utilizables”. La libreta deja de servir y entonces dice: “en este oficio no existe margen para el ahorro”.

En cierto modo, todo el libro de Ginzburg es una suerte de “manifiesto casi doméstico” que nos demuestra que escribir es un oficio en el cual es inútil ahorrar. Dicho de otro modo: este librito —a veces el diminutivo aumenta— es un lujo. Un lujo peligroso: “Estamos continuamente amenazados por graves peligros en el mismo momento de redactar nuestra página. Está el peligro de repente ponerse a coquetear y a cantar. Yo, siempre tengo unas ganas locas de ponerme a cantar, debo contenerme mucho para no hacerlo. Y está el peligro de estafar con palabras que no existían de veras en nosotros, que hemos encontrado por casualidad fuera de nosotros y que reunimos con destreza porque hemos llegado a ser bastante listos”.
Ginzburg advierte aquí sobre una cuestión muy contemporánea y actual. Nos asedia a muchos de los que escribimos: “el peligro de pasarnos de listos y estafar”. No se trata de una moral de literatura ni una literatura moral. Basta evocar los trucos de Nabókov. Ellos nunca estafan, porque en el juego que juegan, las cartas siempre están, como la carta robada de Poe, a la vista de todos.