Un policial metaliterario

De cómo el español Eduardo Lago construyó una novela policial a partir de la literatura de Vladimir Nabokov.

DIEGO ERLAN

Una de las personas que más influenció a Eduardo Lago en su adolescencia fue un profesor de literatura que, un día, anunció a sus alumnos que iba a leerles de principio a fin Las mil y una noches. Todavía recuerda su nombre: Juan Manuel Vázquez Sentí. Cada tanto vuelve a Ronda, en las montañas del sur español, para verlo. Es un hombre olvidado, que había vivido en la época de Franco siendo un disidente y a quien le entregó sus primeros textos. Otro día, ese mismo profesor le hizo leer a sus compañeros una pieza de teatro que Lago había escrito trastornado por el absurdo de Esperando a Godot. “Me emociona acordarme de él”, confiesa Lago en un bar de Buenos Aires, luego de presentar aquí su segunda novela, Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee. Cada tanto, Eduardo Lago deja Nueva York, la ciudad donde vive desde hace treinta años enseñando literatura, para instalarse una temporada en ese pueblo de Ronda. Allí escribe.
Aunque escribió desde siempre e inundaba las casillas de correo de sus amigos con cuentos y crónicas, Eduardo Lago (Madrid, 1954) recién publicó su primer libro en 2006. “No me interesaba ese mundo de vanidad, angustias, celos, presentaciones que van mal y todas esas cosas que yo veía.” No escribo para eso, se decía Lago, escribo para mí. Pero de repente empezó a preguntarse por qué no sacar ese libro que durante quince años había estado escribiendo. Y que tal vez el mundo dijera algo.

Tenía cincuenta años cuando publicó Llámenme Brooklyn, novela que obtuvo cuatro de los premios más importantes de España: el Nadal, el de la Crítica, el de Barcelona y el de la Fundación Lara y fue traducida a quince idiomas. “A partir de ahí el mundo decidió por mí”, se ríe Lago. Esa novela (atravesada por voces, libros y con personajes como Thomas Pynchon) fue producto de un impacto: Nueva York. “En cuanto llegué a la ciudad dije: este es mi lugar. No lo sabía. Yo, que vivo en una angustia interior permanente, sentía que la angustia estaba afuera, la angustia estaba enloquecida y yo permanecía tranquilo. La sensación era de estar bajando en una balsa por unos rápidos. La ciudad es extremadamente estimulante.”

Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee (Malpaso) surgió a partir de una conferencia que dio Lago sobre una exposición de la artista alsaciana de origen leonés Dominic González Foerster. La muestra se componía de tres dioramas donde había libros tirados en el desierto, en la selva y en el mar. Cuando terminó de leer esas sesenta páginas como una serie de fichas inconclusas que eran la continuación del mundo pictórico en el verbal, la artista le preguntó: ¿Has leído El original de Laura? Lago no sabía que se refería al libro póstumo de Vladimir Nabokov. Al volver a Nueva York compró un ejemplar del libro en la desaparecida librería Marks y le dio un ataque de locura. Lago, acompañado por un amigo compositor, de repente pudo ver en esas fichas lo que había querido hacer Nabokov cuando lo alcanzó la muerte. “Me pareció un reto fascinante”, reconoce Lago. Esa noche no pudo dormir leyendo las fichas, porque vislumbró un mundo. “¿Qué hago yo con esto? No podía terminar la novela de Nabokov, porque eso sería, en primer lugar, estúpido y arrogante, porque Nabokov es un genio y de una inteligencia estética descomunal. Entonces había que ver qué diablos había allí. Y me pasé tres años.” De eso se trata la novela: un escritor que descubre en una librería esa novela póstuma de Nabokov y, con la ayuda de un ghostwriter, se propone entenderla para descubrir el proceso creativo del autor de Lolita. El resultado es una tesis sobre El original de Laura disfrazada de novela policial y espíritu metaliterario.

Quiso escribir también una sátira del mundo editorial. En algún personaje se lo reconoce al Chacal Wylie, el agente literario.
Y de las editoriales y de los best-séllers y de la literatura comercial que, me parece, está haciendo mucho daño, sobre todo a los chicos. A los jóvenes. Porque están escribiendo primero mirando si esto se va a publicar o no. Pero lo importante es si el escritor fantasma se enamora de la esposa del millonario cuya vida está escribiendo o si se enamora la esposa. En clave. Me salieron un poco al paso. En este sentido lo que quería era hacer una novela y que el protagonista de la novela fuera ese texto de Nabokov. 

Como si hubiese novelado un ensayo literario.
Lo más aburrido del mundo hubiera sido hacer un análisis filológico crítico de El original de Laura, porque eso no le interesa a nadie. Le interesa sólo a los académicos, que son otra raza, distinta de los escritores. Hice el trabajo, leí el libro, confeccioné mapas y comprendí hacia dónde iba todo. Pero después le quise agregar una dimensión de vida por una razón muy sencilla: nunca nadie había podido contemplar en directo el laboratorio mental de Nabokov porque él era un control-freak. Si lo entrevistaban, él ponía una torre de libros delante para tener todas sus respuestas leídas, porque no podía consentir que una coma estuviera fuera de lugar. Y por eso pidió que destruyeran este libro. Él le legó a la humanidad Lolita, Pálido fuego y otras maravillas y luego le legó una maravilla absoluta que es cómo funcionaba su imaginación.

La virtud de lo inacabado.
Una vez Don Delillo me dijo que cuando uno es un artista de verdad no sabe muy bien qué es lo que quiere hacer, simplemente siente una pulsión y la sigue. Esas pulsiones están en mi novela como luces que veo. Hubiera sido un ejercicio idéntico, muy parecido, si en lugar de El original de Laura hubiera tenido como base, por ejemplo, El rey pálido de David Foster Wallace. ¿Por qué? Porque es una novela inacabada. Y hay algo fascinante en las obras imperfectas e inacabadas. Es una cosa que me interesa muchísimo de por sí. Si pules mucho la obra quizás sea más gratificante para el autor pero le has quitado muchas cosas en bruto y lo interesante es ver qué es lo que sucede en bruto. El rey pálido fue muy bien editado por Michael Pietsch. Hizo una obra magistral. Pero no se sabe lo que tenía en la cabeza David Foster Wallace. Con la desventaja que es una novela gigantesca. El original de Laura permite una agilidad extraordinaria porque son unas líneas.

¿Qué es lo que fascina de la imperfección?
No es que lo imperfecto fascine en sí, sino, volviendo a Foster Wallace, seguir a una mente como la de él en pleno proceso creativo. Foster Wallace tenía cinco mil páginas de El rey pálido. Tenía algo dentro de él, que le decía: ya nos vamos de acá, ya hemos terminado. Sin embargo seguía escribiendo y escribía cuando su esposa artista plástica, Karen Green, le pregunta si irá a la inauguración de una muestra y él le dice que vaya. Y cuando ella regresa a la casa se lo encuentra ahorcado con los manuscritos en una mesa. Es una variante muy hermosa de Kafka y Nabokov: no pidió que destruyeran su obra. Lo que dijo fue: yo ya no puedo vivir más pero esto es lo que tenía.

Para conocer más

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