Un ensayo acerca de fechas, los natalicios y el arte

FRANCISCO BITAR

Me preguntaba si algún artista habría decidido cambiar la fecha de su cumpleaños, moviéndolo hacia otro lugar del calendario o hacia ninguno en particular. Se ha visto de todo desde la aparición desconcertante de Duchamp en el panorama de las artes, de modo que, incluso cuando una idea parezca original, sería un error contarla como novedosa, mucho menos como propia (esta es justamente la paradoja de Duchamp: ha dejado vieja a la idea desde el momento que, con su gesto, contuvo todas las demás ideas; a la vez, es viejo todo arte que no sea del orden de la idea). Existente o no, se me ocurre que esta acción, la de cambiar el día de cumpleaños, entraría en la larga y provechosa tradición del escape de las identificaciones o, visto desde el otro lado, de los intentos por lograr una refundación subjetiva. Se trataría de un ejercicio radical, que es otro modo de designar lo injusto para el artista. Porque se me hace que cambiar el cumpleaños de lugar representaría un hecho triste y doloroso.

Por suerte, no me acordé de nadie que lo hubiera hecho. El siglo xx está repleto de escritores que cambiaron de nacionalidad y de religión. Con una frecuencia mayor, los hay que cambiaron también de nombre. Incluso, tal como lo deja ver un ensayo de Alan Pauls, hay uno que cambió de año de nacimiento, con el objeto de levantar el pie que lo mantenía unido al siglo xix y hundir ambos en el siglo siguiente. El joven Borges (nacido en 1899) dice en más de una oportunidad haber nacido en 1900 para hacerse acreedor, con esa “mentira tenue”, de una contemporaneidad de la que más tarde abdicará, en homenaje justamente a aquel siglo perdido (es sobre esta pérdida, la del siglo xix, que se monta buena parte de la literatura borgeana). Pero, incluso cuando se cambia de año —un año que, en el caso de Borges, significa un siglo, o en todo caso, un año en el que se juega la posibilidad de ser contemporáneo—, el día de cumpleaños sigue siendo el mismo.     

De lo anterior, creo, cabe rescatar lo siguiente: si es posible cambiar hasta el año de nacimiento pero manteniendo intacto el día, es porque la clave del cumpleaños no recae sobre el año sino sobre el día. El año de nacimiento contiene una información trascendente: hay en él una importancia civil, desde que es por la vía del año que se medirá toda performance institucional (la trayectoria escolar, los logros laborales, el acceso a la jubilación y un largo etcétera que incluye desde el calendario de vacunas hasta el acceso a becas o antologías “jóvenes”); hay una importancia histórica, aquella que se disputan sus agentes y que llevó el joven Borges a jugar al contemporáneo; hay, por último, una importancia existencial, que es la que mantiene ligado el año de nacimiento a la acumulación sucesiva y con ella a las etapas de la vida y la distancia hacia la muerte. 

El día del cumpleaños, en cambio, es la traición de todos esos compromisos: me exime del lugar que ocupo o dejo de ocupar en las instituciones (es el día en que no voy a trabajar y me olvido del trabajo); me aleja de toda trascendencia histórica (es el día en que me olvido de “mi misión”, incluso cuando no me privo de escribir algunas líneas);  es el día en que me olvido de la muerte.  Si el año de nacimiento se hace presente cada vez que se recuerda la suma de los años vividos, el día del cumpleaños lo desmiente al poner toda su prédica, la de la edad, en un paréntesis interesado: si me preocupo por los años acumulados es porque alguien más puso en mí la semilla envenenada de esa falta. Quien cumple años, en cambio, vive una vida golfa y vagabunda: se vuelve contemplativo y salvaje, paciente y loco, amable y sencillo, al menos por lo que dura ese día. Quien cumple años vive la fantasía de responder, una vez por año, al llamado de su verdadera naturaleza.

De modo que el acento cae sobre el día. Pero, ¿qué cosa lo ha hecho especial? Porque no es una cualidad que comporte de suyo, y su gracia no responde al hecho contingente de haber nacido en esa fecha. Está claro en todo caso que, si yo no hubiera nacido ese día, no habría nada para señalar en él: se asemejaría al día anterior o al posterior, cubiertos ambos por una tediosa indiferencia. El día posterior, con todo, es todavía más irritante, por ser el primero de una larga sucesión de días sin glamour, que se detendrá recién un año después, con el próximo cumpleaños. Se diría que si hay un día equivalente al día de mi cumpleaños, pero de signo inverso, es el día después, y por desgracia están juntos (por supuesto, están los cumpleaños de los seres amados, que ayudan a tolerar la espera y que son amados, aquellos seres, justamente por eso, por permitirnos participar de su “día de la naturaleza” al precio gozoso de contribuir con algo de la nuestra).
Y bien, ahora que hablamos de seres amados, y para responder a la pregunta anterior, creo que lo que hace especial a mi cumpleaños es lo siguiente: que alguien más lo haya hecho especial para mí. Si me gusta mi cumpleaños, incluso a expensas de agregar un año más a mi vida, circunstancia a esta altura un poco penosa, es porque alguien me quiso un cumpleaños. Y lo hizo del mismo modo en que, me parece, convendría hacer arte: sin ningún interés, por la alegría de la pérdida: por la fiesta. En mis cumpleaños se cristalizaba un tipo de amor que permanecía oculto tras el diario trajinar, tras el trabajo de mis padres y el mío, el de ir a la escuela. Era la clase de amor —ahora, con Sonia y Rosita, soy capaz de verlo—, que sólo se profesa hacia un hijo: el de una pérdida pura y gozosa, pero que sólo puede materializarse en cuentagotas. ¿De qué modo lo hacían?, justamente: corriendo del medio los hitos de aquel trajinar diario que nublaba día a día nuestra consciencia. Lo hacía mi padre, dejándome faltar a la escuela; lo hacía mi madre, permitiéndome mirar la tele algunas horas de más. Lo importante era despejar el día y consagrarlo al don, hacer del cumpleaños un hecho excepcional.

Si me gusta mi cumpleaños, es porque alguien me quiso un cumpleaños. Y lo hizo del mismo modo en que convendría hacer arte: sin ningún interés, por la alegría de la pérdida, por la fiesta.

Una cosa más: existe el equívoco de que, con el cumpleaños volvemos a ser niños por tratarse del día en que no trabajamos, una especie de feriado que conmemora el niño que fuimos. Creo que si bien todo cumpleaños está contaminado por la huella de nuestros cumpleaños infantiles, no es tan cierto que esa huella sea la de no trabajar. Aunque no trabaje, el niño está atravesado por el trabajo y las preocupaciones que se desprenden de él, es decir, por las preocupaciones de sus padres. Pero cuando se es niño y llega el cumpleaños, uno hace como si fuera el niño en cuanto tal: el niño sin preocupaciones. Esto se festeja, entonces, y se vuelve a festejar año tras año: no el niño que no trabaja, sino el niño simulando ser el niño que no está preocupado. Lo que se festeja es esa gran reserva de juego que, por lo que dura el cumpleaños, se conoce así: el niño simulando ser un niño.

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