Tiro al blanco

Esta semana se anunciaron los cinco libros finalistas del Premio Internacional Ribera del Duero, organizado por la editorial Páginas de Espuma. Aquí, un taller express de Juan Villoro sobre la artesanía del cuento.

JUAN VILLORO

Escribir un cuento es una práctica de tiro al blanco: se acierta o se falla; no hay términos medios. En unas cuantas páginas el autor debe lograr un máximo de tensión. Lo que no sea esencial a la historia sale sobrando. El novelista puede darse el lujo de que sus personajes se distraigan tomando un café o probándose ropa en una boutique (la suma de esas anécdotas pueden añadir rasgos a una personalidad), pero el cuentista está obligado a ignorar las escenas secundarias; en forma no siempre evidente, todo contribuye a un fin deliberado. Recordemos el consejo que Chéjov da para el teatro pero que también revela su condición de cuentista: si una pistola aparece en el primer acto, debe ser disparada en el tercero.
Como un futbolista en el área chica, el cuentista inventa soluciones en un espacio restringido. Los mejores finales son lecciones de asombro. A veces, la última línea depara un sorpresa contundente; otras, ofrece una revelación más sutil o sosegada, pero de cualquier forma novedosa. El desafío superior estriba en que ese final inesperado resulte lógico, es decir, que tome desprevenido al lector y al mismo tiempo se desprenda con coherencia de lo que se ha contado hasta ese momento.

¿Por qué preferir el cuento sobre otros géneros? Raymond Carver explicaba en el bar de su predilección que, como estaba borracho buena parte del tiempo, necesitaba un género breve para sus instantes de lucidez. Alice Munro escribió la mayor parte de sus cuentos en lo que metía la ropa de sus hijos a la lavadora o revisaba un guiso a punto de quemarse en el horno; su intrincada rutina doméstica no admitía los tiempos largos de la novela. Graham Greene se entregó a las narraciones cortas cuando llegó a una edad en la que no podía estar seguro de acabar una novela sin morir en el intento. Estas razones radicales, de reloj adverso o salud vencida, hacen del cuento un preferible género de urgencia. Más allá de estas circunstancias biográficas, ¿qué desafío técnico anima a los cuentistas?

“Ninguna variante de la prosa es más exigente ni más atractiva para los temerarios [que el cuento].”

Cuando un alumno de Augusto Monterroso se ufanaba de haber terminado una novela de 300 páginas, el autor de “El dinosaurio” le decía: «¡Ah, te estás entrenando para ser cuentista!». Ninguna variante de la prosa es más exigente ni más atractiva para los temerarios. La exploración al Ártico debe lograrse con la ruta más corta y el menor desgaste del trineo. No es extraño que abunden mapas y brújulas para este incierto recorrido. En su célebre “Decálogo del Perfecto Cuentista”, Horacio Quiroga recomienda no escribir bajo el imperio de la emoción sino evocarla desde la serenidad: las fieras pasiones de un cuento, su neurótica inteligencia, deben ser atributo de la lectura. El lector debe encender la pólvora que esparce el narrador. Casi todas las obras maestras del género son tristes, no porque los protagonistas declaren su estado de ánimo, sino por la impresión que producen en quien entiende y completa la historia. De nuevo Chéjov: alguien que se confiesa deprimido no entristece; un charco turbio en el que se refleja la luna, sí entristece.
Para Ricardo Piglia, la intensidad de un cuento depende de relatar al menos dos historias: la trama evidente que fluye en la superficie y un relato de fondo, casi siempre fragmentario, apenas insinuado, que le otorga especial sentido. En otras palabras: lo que se narra y lo que se dice a través de lo narrado.

Entre cerca de mil obras de treinta y siete países, la séptima edición del Premio Internacional Ribera del Duero seleccionó como finalistas a los libros: “Una grieta en la noche” de Laura Baeza, “Pombero” de Marina Closs, “Ustedes brillan en lo oscuro” de Liliana Colanzi, “Un meteorito flamígero” de Pedro Juan Gutiérrez y “Todo lo que aprendimos de las películas” de María José Navía. El libro ganador se conocerá el 24 de marzo.

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