Un médico judío

Recuerdo y olvido en el viejo Buenos Aires en los relatos de Nahón Milleritzky

Facundo Milman

Walter Benjamin supo escribir que un libro es un modo de mediación anticuada entre dos modos vetustos de archivo, por el contrario, el archivo vivo tiene la capacidad de transmutar en memoria afectiva como una nueva forma de imaginar el pasado. En otro sentido, Nicolás Rosa esbozó la idea de que la historia de la escritura es como un palimpsesto social donde se erigen las bibliotecas y museos en los cuales los cientistas sociales tienen el repositorio más extraordinario de la experiencia humana. Un médico judío en el viejo Buenos Aires (Tren en movimiento) de Nahón Milleritzky cumple con ambas premisas: era un libro que se encontraba sin traducir, el viejo y el nuevo archivo operan como forma de recuperación, registraba la vida judía en Buenos Aires y también estaba listo para utilizarse como parte de un repositorio fundamental de la experiencia. El libro se encuentra editado por Tren en movimiento, además, cuenta con un prólogo de Raanan Rein —vicepresidente de la Universidad de Tel Aviv y conocido por sus investigaciones sobre los muchachos peronistas judíos— y una introducción escrita por Cacho Lotersztain.

El hallazgo de estos “Cuentos escogidos”, que se publican por primera vez en 1956, es la posibilidad de poder dialogar con la experiencia de la vieja Buenos Aires (judía y no tan judía). Ir hacia ese pasado, retomar un libro escrito en ídish y traducirlo. Porque estos son los fragmentos que estallaron por los aires y, al mismo tiempo, está escrito en el idioma “de los viejos”. Entonces se trata de traer a los viejos al presente para darles un sentido en la memoria popular. Pero este mismo idioma, el ídish, es un tanto anarquizante y revolucionario ya que era el habla con la que Simón Radowitzky intentó cumplir su sueño de pan y libertad. Por lo tanto, se intenta recuperar el tiempo perdido de la vivencia de Buenos Aires y su sueño mesiánico de la libertad emancipada.
Los cuentos de Nahón Milleritzky atraviesan un eje en común: la memoria y el olvido. El primer cuento, “El muchacho pellirrojo”, está signado por el olvido. Desde un primer momento, el narrador dice “no puedo recordar su nombre”. En la tradición judía y, en precisión, en la tradición del idishkayt, recuerdo-olvido caen sobre la rúbrica de la memoria. Es cierto, el relato nos ubica con un practicante para médico y cómo escucha a un paciente. La escucha, ese otro elemento tan indispensable tanto para médicos como para psicoanalistas, se vuelve su Otro. Pero esta escucha era a un joven judío. De judío a judío. Es como si la propia errancia del relato lo puso frente a otro judío. Frente al ser humano, otro ser humano. Frente a Dios, no hay nadie. Esa es la diferencia, esa es la semejanza. En este cuento, memoria (recuerdo-olvido) y escucha (enunciado-enunciación) se cruzan para producir un intersticio. Porque la memoria del narrador le recuerda quién es (de dónde viene, a qué vino y cuál es su propósito) junto a una escucha de alguien que pide un socorro. ¿Cómo no actuar conforme a la tradición o al humanismo? La pregunta que insiste, ¿cómo no salvar a alguien que pide ayuda? ¿Cómo no rescatar no solo a un compatriota, sino también al prójimo?

Cuentos como “El relojero de San Telmo” también inician con una mención a la memoria “a menudo me vuelve el recuerdo”, que luego se entrecruza con el olvido. Si bien la memoria ocupa un papel central en todos los cuentos, el hostis con el otro nunca deja de estar en la periferia del texto y sondear las relaciones que existen en él. En algunos cuentos puede ser hospitalidad, pero en otros hostilidad. La cultura de mezcla de Buenos Aires y, de forma más exacta, el mestizaje porteño se convierte en una convivencia constante. En dicho cuento, un paciente vuelve a visitar a su médico de la infancia y, no solo no lo recuerda, sino que también se queja de que su padre se había puesto en pareja con una goy (una mujer no-judía). Ismael Viñas, en su modo y forma de ser y expresarse, decía que el mestizo es una forma más judía de ser judío. El paciente ve, en el mestizaje, una traición. Al contrario de Viñas, se siente estafado por su padre (por su empresa de ir hacia Argentina, de volver a formar una familia, de recrear una vida). Debido a la vida que llevaba su padre y su nueva pareja de reclamos y maltratos, él se escapó y aprendió un oficio: el oficio de ser relojero. “El tiempo contesta todo y resuelve todas las preguntas”, reza un viejo proverbio hebreo. El relato del paciente termina y, al continuar, se nos provee información porque entre el pasado narrado y la actualidad vivencial pasaron veinte años. Las cosas han cambiado. El acoso del pasado y el recuerdo-olvido es una insistencia que vuelve a aparecer en cada cuento. Y de ese mismo acoso del pasado proviene su praxis médica, tal como sostiene Lotersztain, durante la cual a través de veinticinco años nunca faltó a trabajar en el hospital público. El plano ficcional y el cotidiano, de algún modo u otro, se confunden. La ficción, como decía Ricardo Piglia en sus clases sobre Jorge Luis Borges, trabaja con eso: no es verdadera ni falsa.

Nahón Milleritzky,
“El ángel de Villa Crespo”

El otro nombre del olvido sería el de la muerte. Es interesante leer que el cuento “El ángel de la muerte nunca se equivoca” esté relacionado con olvido. La premisa es simple: nadie llama a un médico (judío) joven cuando se siente mal o, por lo menos, trata de contactarse con alguien experimentado y, sobre todo, si es por la noche. En horas nocturnas, uno se contacta con quien puede para que le salve la vida. Pero este es el caso de una abuela, que se dirige con el médico, y él la salva. Si bien la enfermedad contraída no se menciona, se intuye por la época que es tuberculosis. El olvido opera en el final del cuento, es decir, donde la alianza muerte-olvido son uno. El médico se cruza después de años con la abuela y ella ya no lo recordaba, él tan judío como siempre recuerda quién es (la fórmula del judío piadoso que no olvida, desde ya, es típica) y ella rememora. Ella sí había sido salvada, pero sus hijos fueron contagiados y murieron al pasar los años. No se tuvo en cuenta, por ese entonces, en el entorno familiar. La muerte opera a través enviados: los médicos. Y, como reflexiona el narrador, “¡qué maldita suerte tiene el ángel de la muerte! Él se lleva consigo las almas que se le antoja y siempre tiene razón”. El ángel de la muerte, sea quien sea, termina por inculpar a los médicos como sus enviados o también, por qué no, sus profetas.
La característica de estos cuentos no es solo la oportunidad de visitar esa Buenos Aires del pasado, de forma más precisa, de los ’30. Es que esta selección de cuentos está escrita por un médico y su contenido son las errancias de la medicina judía en Buenos Aires. No es un dato menor que también haya sido escrito en ídish, algo que me gusta subrayar porque trabaja con los suburbios porteños, ya que el ídish es la mameloshen (la lengua materna) y habla en nosotros de una manera tan extraña sin que nosotros la hablemos. Esta intersección es el cometido del libro que rescató la editorial Tren en movimiento: el ídish —la lengua materna—, los cuentos de un médico que versan sobre sus andares y la vida judía de la vieja Buenos Aires. El objetivo está más que cumplido. Escribir la historia no es recuperar el pasado; es crearlo a partir de nuestro propio presente. En otras palabras: es interpretar las huellas que dejó el pasado, transformarlas en signos para leer la historia y, sobre todo, la realidad empírica como un texto.

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