Algunas razones para fascinarse con Osamu Dazai, uno de los grandes escritores de la literatura japonesa moderna.

MARINA WARSCHAVER

“La adicción es tal vez una enfermedad del espíritu”. La frase pertenece a Osamu Dazai, un escritor que integra junto a Akutagawa, Kawabata, Tanizaki, Mishima, Kobo Abe, Shuzaku Endo, Natsume Sōseki y Kenzaburō Ōe el panteón de los grandes autores de la literatura japonesa moderna.
Así como el nombre real de Sōseki era Natsume Kinnosuke, el verdadero nombre de Osamu Dazai era Tsushima Shūji. Nacido el 19 de junio de 1909 en Kanagi, al norte de Japón, emergió como novelista al final de la Segunda Guerra Mundial como la voz literaria de su tiempo. Fue el sexto hijo de un político (y rico terrateniente),y esa tal vez haya sido la decisión de escribir con seudónimo, además de que a menudo recurría a su vida para escarbar en sus miserias y conseguir material para su ficción. “Mi vida ha estado llena de vergüenza. La verdad es que no tengo la más remota idea de lo que es vivir como un ser humano”, escribió al principio en la novela Indigno de ser humano, donde se advierte ese tono oscuro e irónico que capturó a la perfección la confusión del Japón de la posguerra, cuando los valores tradicionales estaban desacreditados y la generación más joven rechazaba todo el pasado con un nihilismo exasperante, como lo hizo en su primera novela, El declive. Aunque el estado de ánimo dominante de gran parte de sus escritos era sombrío, también se hizo famoso por su humor brutal, que a veces se acercaba a la farsa. La primera colección de cuentos de Dazai, Bannen (1936), mostró que era un escritor versátil que podía enfrentarse a diversos estilos y temas, pero tendía hacia lo que hoy se conoce como autoficción, y la personalidad del autor se advertiría a partir de entonces en la mayoría de sus personajes ficticios. Estaba profundamente preocupado por su oficio, y sus historias estaban lejos de ser meros documentos confesionales. Indigno de ser humano fue el libro con el que el espíritu de Dazai se expandió por otras lenguas pero antes, durante años, escribió una serie de relatos feroces y contundentes. En los relatos que integran Ocho escenas de Tokio, escritos entre 1933 y 1948, están presentes tanto el nihilismo como los demonios interiores que acecharon al escritor durante su vida, pero también puede encontrarse ese tono, esa gracia, esa manera particular de reírse con sarcasmo y poesía de la existencia. Una frase de Dazai para subrayar: “El amor no tiene causa. Temo haber dado demasiadas razones. La verdad es que sólo lo espero. Quiero verlo una vez más. Nada más que eso. Esperar. ¡Ah! ¿No son la alegría, la furia, y la tristeza sentimientos que ocupan tan sólo una insignificante fracción de nuestra vida, y vivimos todo el enorme resto esperando? Espero con desesperante ansiedad el ruido de la felicidad que llega caminando por el pasillo, pero sólo tengo el vacío. (…) Todos pasan el día esperando algo inútilmente.” 

El punto más alto de su literatura quizás se encuentre en Indigno de ser humano, una novela breve, contenida y desoladora, que comprende una serie de tres cuadernos ficticios, cada uno más oscuro que el anterior. El personaje que los escribe, Yozo, es indiferente desde el principio y tiene miedo de las interacciones humanas, pero aprende a socializar con la gente haciéndose el payaso y entreteniendo a su familia desde muy chico. Sin embargo, su alienación permanece. Aunque los sucesos que narra Indigno de ser humano tienen semejanzas con la vida personal de Dazai, el estilo contundente, sin caer en la sensiblería ni la nostalgia, lo distancia del tono de una verdadera autobiografía. La novela tiene una cualidad atemporal: la lucha del individuo por encajar en una sociedad que se normaliza sigue siendo tan relevante hoy como lo era en el momento de escribirla. La literatura de Dazai se vio eclipsada por la propia vida agitada del autor. No es raro: una vida de enfant terrible coronada con suicidio antes de cumplir 39 años, después de varios intentos fallidos. Fue junto a su pareja en 1948, dejando sin terminar una novela siniestramente titulada Adiós, arrojándose al río Tama.