Sobre lo que había en el interior de una cajita negra

En una nueva entrega de sus anotaciones, Francisco Bitar aborda la experiencia de encontrar un libro en la mesa de una feria y lo que ese encuentro implica.

FRANCISCO BITAR

Hace poco, pasando revista de lo que había encima de una mesa en una feria, me encontré con algo que sí llamó mi atención. Lo digo como una excepción a la regla de mi desesperanza porque, incluso cuando todo lo que había allí resultaba agradable a la vista, se sabe que lo verdaderamente bueno en lo referido al mercado del arte ya dio en general el oneroso salto a las galerías. Se trataba de una cajita negra con un librito adentro, un objeto a decir verdad bastante más feo que el resto, lo que no disminuyó en nada mi perplejidad. Indagar las razones de esa inquietud es el fin de estas notas.
Por deformación universitaria, y después de reparar en la cohabitación entre lo exterior y lo interior, que formaba no dos sino un solo volumen, me vino a la cabeza, aunque por un segundo o menos, la metáfora de las capas superpuestas: el libro como hojaldre o cebolla. Precisemos, aunque sin abundar: para los textualistas, el texto, en tanto corte transversal, captura en cualquier lugar adonde me plante una concurrencia de sentidos. Atendiendo a un mismo tramo, habrá: un sentido distinto para cada lector, o una pluralidad de sentidos para un mismo lector en un mismo momento, o bien distintos sentidos para un mismo lector en sucesivas relecturas, etcétera.
Así lo entendía yo al menos, aunque como siempre me ocurre con la teoría, no sé bien si estoy en lo cierto. En este caso, o algo se me escapaba o me resultaba demasiado obvia esa libertad, la que consistía en leer el texto tal como yo quisiera, lo que se iría revelando mediante sucesivas capas de escritura. Todavía hoy el libro hojaldrado se me hace una herramienta que, como tal, habrá cumplido un papel en las contiendas intelectuales de su época y que sirvió como operación —contra lecturas prepotentes, unívocas—, para abrir las posibilidades de un libro y hacerlo decir más de una cosa. Pero sin ese elemento contextual no termino de adivinar su funcionamiento, o es que ese funcionamiento no despierta en mí el entusiasmo de entonces. Y si apenas creo en él con convicción crítica, menos podría atribuirle mi perplejidad ante la cajita negra.

Pero es acá adonde termino de descartar la hipótesis de la concurrencia de sentidos: en mi experiencia lectora, cuando no se lo presiona para decir su verdad múltiple (su pluralidad obligada), el libro no dice nada, o dice una sola cosa, de manera todavía desordenada e incierta. Para ser sincero, casi nunca me preocupo por poner claridad en ese tramo de la lectura, y si lo hago es en general para ganar dinero. Con qué podría relacionarlo, a qué me hace acordar, son operaciones secundarias y demasiado escolares, pero sobre todo interesadas, conducentes a ampliar un curriculum o a confirmar la propia importancia o a establecer una personalidad. Perfectamente puedo plantarme en ese momento intermedio entre la lectura y el entendimiento (plantarme en su suspensión, que es lo que en general hago) a gozar de lo que ya despega de una letra pero todavía no se confunde con otra. En suma, ¿por qué si la lectura sale de la letra debería volver a ella? ¿No podría partir de ahí para concederme otro tipo de experiencia, todavía no letrada aunque ya tentada por un lenguaje?
En cualquier caso, si me conmocionó encontrar un libro adentro de la cajita fue porque se me antojó un desvío de lo que verdaderamente esperaba encontrar. Por su mecánica, me acordé de esos regalos que tienen una caja adentro, que es donde verdaderamente está el regalo. Pero al abrir esta nueva caja nos encontramos con que hay una nueva caja por abrir, y así sucesivamente. Este es otro modo de ver allí a la lectura, no ya en la cacería del sentido sino en la promesa de una revelación que se posterga, que prefiero postergar.
Este modelo, el de cajas adentro de cajas, replica el funcionamiento policial, hecho de una serie sucesiva de mitades entre las cuales la segunda siempre aparece velada; y cuando esta se revela, lo hace solo a condición de desplazar el enigma hacia la mitad vecina. Es por esto que el policial, por vertiginoso que sea, no se construye hacia adelante sino hacia adentro, desnudando una serie continua de marcos donde se anunciaba un centro, es decir, una verdad al fin esquiva: el policial es el arte de los marcos concéntricos, pero de centro vacío. 

Y bien, lo mismo que en el policial, adonde ya no importa a qué respuesta nos lleva el enigma del comienzo (o es que prefiero olvidar esta respuesta, siempre decepcionante), no es el sentido lo que obtengo como saldo de la lectura sino los restos que quedan de ella una vez que llegamos al final (y que se parecen a los papeles tirados al piso luego de abrir una y otra caja de regalos falsos, una adentro de la otra). De este movimiento, el subrayado resulta más fiel que la síntesis, porque, ¿qué otra cosa se puede ver en los subrayados sino los restos que salen a flote de un naufragio del sentido?

El subrayado, si es que no se mueve de entrada hacia un punto forzado desde afuera, señala el lugar adonde la lectura se demoró, quizá retirando el envoltorio que parecía separarla del tesoro. Descubrimiento que sin embargo no se produjo, ni esta vez ni en las sucesivas detenciones o demoras. Así, impedidas de quedar amarradas a un sentido que las mantenga unidas y a flote, estas marcas aparecen en la superficie como lo que queda del hundimiento de la lectura. A la pregunta un poco nostálgica de adónde van a parar mis subrayados cuando no me acuerdo de nada de aquello que subrayé, respondo entonces: van a parar al subrayado mismo. El subrayado nace y muere en la raya que lo designa.
Pero lo cierto al fin es que el interior de la cajita negra me decepcionó: un libro. Allí, en el medio de una feria en la que cada objeto parecía ofrecerse sin dificultades, este sentimiento, ya existente en mí, se agravaba. Porque si es que había un tesoro tal como lo prometía el cofre, yo debía separarme de la reunión, llevar el libro a casa y leerlo para terminar de comprobarlo. Es decir, el libro me ponía en la necesidad de testear sus virtudes por medio de un trabajo, el de la lectura, lo que supone una continuidad. Y yo, en lugar de esa corporización futura y siempre en peligro de no realizarse, esperaba su efectividad inmediata: yo quería un tesoro hecho de espacio, no de tiempo. En suma, es esto lo que me aflige de la lectura: que no sea simultánea.

“Yo quería un tesoro hecho de espacio, no de tiempo.”

¿Qué esperaba encontrar entonces en el interior de la cajita? No un libro, desde ya, pero tampoco una imagen, de las que saturaban las mesas y paredes del lugar en forma de fotos, afiches, remeras y libros de diseño. La simultaneidad de una imagen es, como mínimo, dudosa. Y es que, si una imagen logra conmoverme, lo hace por algo: otra vez un sentido que me sale al paso y que debo descifrar. En definitiva, la imagen no es tan clara como parece, y para despejar sus claroscuros, otra vez tengo que leer, otra vez tengo que trabajar. Ni un libro ni una imagen: yo hubiera querido que de ahí adentro saliera un acorde. No me refiero a una cajita de música, salvo que, en lugar de ejecutar una melodía, sus notas arrancaran de una sola vez y al mismo tiempo. Un acorde tiene una estructura extraña: sincrónico y diacrónico a la vez, se presenta simultáneo pero perdura en el tiempo, es la simultaneidad que dura. Yo hubiera preferido, en ese acorde, la prolijidad de una armonización, que las notas no desentonen, lo que de inmediato me hubiera puesto a soñar con paisajes diversos, dependiendo de si se trataba de un acorde menor o de uno mayor. Pero también hubiera tolerado un caos concurrente de notas que, al irse apagando, se ligaran de distinta manera entre sí en la medida en que se despejara la bola de sonido. Al final, quedaría de él una nota sonando o resonando en mí (no necesariamente la última) sin que yo tuviera que hacer nada para recordarla. Es por esa resonancia pero también en la búsqueda obsesiva del libro que podría leerse de una vez, que todavía leo.

Para conocer más

Compartir