La puerta de entrada a Rusia

La literatura de León Tolstói, umbral a un mundo vasto y extraño

Mariano Granizo

Hace unos meses atrás, la editorial Acantilado reeditó La tormenta de nieve, un relato de León Tolstoi que bien puede ser tomado como la puerta de entrada a una literatura que es vasta y extraña: vasta por los siglos que abarca y el amplísimo territorio de producción que implica; extraña por no solo tratarse de una literatura extranjera, escrita en una lengua que ni siquiera comparte nuestro alfabeto, sino porque Rusia es un país que, además, se ha considerado a sí mismo por fuera de Europa, perviviendo cuidada por sus estepas y su invierno, que mantuvieron a raya tanto a franceses como alemanes. Ingresar por cualquier lugar a la literatura rusa nos puede dejar una idea un tanto equivocada sobre lo que es.

Puertas existen muchas y todas son válidas, pero algunas atomizan todos los caminos posibles. La tormenta de nieve es escrita por Tolstoi en 1856 en medio de una crisis espiritual muy profunda. En este relato breve, sobre todo para lo que es el resto de la obra de Tolstoi, se cuenta un viaje en troika por la tierra delos cosacos del Don. Esta experiencia real de Tolstoi, vivida dos años antes, en conjunto con lo visto en su participación en la Guerra de Crimea (1853-1856) coadyuvan para que el relato esté plagado de reflexiones pero que surgen a partir de una aventura. El protagonista principal del relato es la somnolencia que puede preceder a la muerte en medio de una tormenta de nieve; el recuerdo, en esa somnolencia, es Rusia misma en verano, toda su belleza y magnificencia que parece imposible de ser concebida en medio de esa estepa blanca y asesina. Leer La tormenta de nieve es como leer a Jack London, pero ruso y con su carga espiritual que bordea los absolutos constantemente (un poco como el soviético Vasili Grossman, que creía en Dios, pero lo llamaba Partido). Ese “alma rusa” melancólica, depresiva, abnegada y creyente (primero en Dios y en el Zar, luego en el Partido, ahora en el Dinero y en el Partido y en Dios todo junto, como realidad, proyección o melancólico recuerdo) de la que hablan Pushkin, Chejov y Turgueniev, se deja entrever en el relato de Tolstoi, está presente dándole sustento al relato. La tradición temática rusa atraviesa todo el relato: la estepa, la nieve, el frío, el alcohol, la muerte, la felicidad y la melancolía.
Leer a Tolstoi es leer un poco de cada elemento de los que componen la historia de la literatura rusa. Pero leer a Tolstoi no es sencillo debido a la extensión de sus novelas o a sus temáticas. La escritura de Tolstoi va contra nuestra época por extensión, perfección, realismo y convicción de saber que se existe en un mundo y no al margen de este. Difícil de leer es su última novela publicada en vida, Resurrección (1899), si no tenemos un panorama de lo que ha sido su vida y su escritura, su participación político-social y su escritura, sus contradicciones y su escritura. Tolstoi encarna en su propia vida el recorrido de una literatura y de un país, una nación, un continente entero que se autoexcluye del resto orgullosamente. Y si Rusia se autopercibe como se le antoja y se cuenta a sí misma su propia historia, Tolstoi hará lo mismo. Escribirá una ficción autobiográfica en la que Rusia será el gran personaje, porque la autobiografía de un aristócrata ruso (que quizás haya sido el mejor narrador de toda la historia moderna) habla más de Rusia que del proclamado autobiógrafo: Infancia (1852), Adolescencia (1854) y Juventud (1856).

A los veintidós años Tolstoi se va al Cáucaso, a la guerra con los montañeses musulmanes, el mismo Cáucaso en el que encarna la tradición de la literatura rusa, tierra donde Pushkin y Lermontov vivieron largos años. Tolstoi incorporará todo aquello con lo que tenga contacto, es una esponja que narra, un poeta que narra, un pensador político y social que narra. Combate en Crimea como oficial artillero y, a pedido del poeta Nikolái Nekrásov publica en El Contemporáneo los Relatos de Sebastopol (1855), fruto de haber sido destinado al sitio de la ciudad. Continúa así lo que es la línea autobiográfica que caracteriza la primera etapa de Tolstoi; luego será el autor de las grandes obras del siglo XIX (Guerra y Paz, Ana Karenina, La muerte de Iván Illich, La sonata a Kreutzer) para terminar su vida regresando a la autobiografía, ya en su etapa de profeta de la madre
Rusia.
La pregunta es: ¿por qué se reedita La tormenta de nieve? Indudablemente, adentrarse en las novelas cortas o relatos de Tolstoi es el mejor camino de entrada para el lector actual no solo a la obra de Tolstoi sino a la literatura rusa misma. Es en estos relatos donde uno encuentra todo lo que puede amar o rechazar de Tolstoi. La imagen que tenemos de él encarnada es la del escritor ya plenamente formado, consagrado, con sus grandes novelas a cuesta, sentencioso y profético, maestro de escritores, venerado, entre otros, por Chejov, Gorki, Flaubert y Lukács, el intelectual intolerante con el consumo de alcohol y tabaco, puritano, vegetariano, pacifista: en definitiva, un santón ruso de los de Dostoievski, barbudo y vestido de mujik en Yásnaia Poliana. Este es otro Tolstoi, el de apenas veintiocho años. La tormenta de nieve es una alegoría simple pero efectiva que sirve como acercamiento al gran narrador ruso: pasajeros de trineos frágiles ante la muerte que los rodea; Rusia misma los aterroriza, los amenaza, los lleva hasta el límite si se adentran en su blanco vientre, donde hay un pueblo que sobrevive a la dureza de la estepa y otro que es inútil en su violenta y hermosa inmensidad. El modo de desenvolverse de los duros conductores de las troikas de correo y de pasajeros en la estepa con la borrasca, con sus idas y venidas hacen acordar a las idas y venidas y los enfrentamientos y contradicciones de eslavófilos y europeístas en la cultura rusa.
Poder leer esta traducción hecha directamente del ruso por Selma Ancira es una oportunidad extraordinaria porque respeta la cercanía del texto original a la concepción de novela corta: las anteriores versiones hacían lo posible por despojar al relato de su profundidad para conservarlo como un cuento largo. Puede resultar una menudencia esto, pero sería imposible pensar así, sin esa profundidad de espíritu en los personajes, en la posibilidad de lo que fue luego el estilo narrativo de sus grandes obras.

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