La tarea del traductor

Con la agudeza que lo caracteriza, Valentín Díaz desmenuza el Benjamin de Pablo Oyarzun Robles haciendo foco en su particular versión de El narrador.

Valentín Díaz

Que la traducción sea la forma consumada de la lectura. Para el que la hace y para el que lee esa traducción como traducción, es decir no como falta sino como un don que se recibe, como prueba de amor. Ambos hacen el mismo recorrido en direcciones opuestas y oyen el eco de esa otra lengua (no la del original, en este punto perdida para siempre, sino la que conforman todas las palabras descartadas, tachadas del trabajo de traducción) y por eso restituyen permanentemente la legibilidad del texto, puesto —gracias a la traducción— en un estado menos definitivo. Por eso, en la traducción —forma superior de la lectura— no es la dimensión interpretativa lo que está en juego (es un error pensar la traducción en la órbita del metalenguaje, como si alguien necesitara algo más que ese texto), sino su temporalidad: la cantidad de horas humanas invertidas ahí, igual, quizás mayor a las que llevó al escritor del original componer su texto. Así la traducción aparece como emblema de la lectura: ni distante ni cercana, simplemente lenta. Por eso es una prueba de amor, porque dura y persiste: el que traduce es el que quiere poder seguir leyendo.

Esa presunción interpretativa se pone sobre todo en juego ante obras complejas, ante el temor que despierta el fantasma de lo intraducible como expresión de lo ilegible. Y es cierto, desde ya, que hay obras oscuras, pero no es el caso de Walter Benjamin. Benjamin no es oscuro: ninguna obra suya lo es, y, como Kafka, cuando es ambigua, es claramente ambigua. El desafío es otro: es el rigor de su vínculo con el lenguaje lo que pone al lector (y a su guía, el traductor) en riesgo, al borde del peligro. Es decir, la traducción de Benjamin no reclama explicarlo, ni —como ocurre, a otro nivel, con las traducciones, en los últimos años, de un autor como Werner Hamacher— imitar piruetas (en Benjamin no hay neologismo, no hay cursivas, no hay gestos enfáticos, no hay espectáculo filosófico), sino ser sensible a las persistencias, a las constantes, a la función lógica de las imágenes, pero sobre todo a una escritura rigurosa, una escritura que resulta de la contemplación de la punta del lápiz de la que surge, en la que el que lee cree poder ver, en esa ligera vibración, lo que está vitalmente en juego para quien trazó como un artesano esa letra y eligió un papel, una caligrafía y así creó una lengua. Alguien que no sólo estaba con eso reinventando la crítica como discurso, sino que puso su vida en juego en la escritura —el siglo hizo tantas veces la parodia de esa relación de Benjamin con el peligro (como si fuera suficiente ser víctima del totalitarismo para poder pensar de modo tal que toda la vida del que piensa esté en juego en ese pensamiento, en esa escritura) que desgastó su vigor histórico. No, se trata del rigor, algunas de cuyas expresiones son la sinceridad (nada de arrogancia), la apertura (nada de ocultar fuentes), el desplazamiento (la colocación de lo inesperado en el centro de una tradición), la experiencia (nada de pura erudición) y la persistencia (pocas cosas importan menos que las “etapas” de su obra).

Afortunadamente, contamos aún con una tradición viva que hace de ese rigor una tarea traductora que se tiende al castellano. En efecto, es probable que el ensayista chileno Pablo Oyarzun R. (1950) sea uno de los últimos miembros (aunque sin dudas hay que mencionar también a Mariana Dimópulos y Carola Pivetta) de esa tradición latinoamericana que comenzó con Héctor A. Murena en 1967, primer traductor de Benjamin al castellano. Por eso la versión de Oyarzun de El narrador, reeditado más de una vez desde 2008 por el sello chileno Metales pesados, es mucho más que una traducción de uno de los ensayos emblemáticos de Walter Benjamin. Es, como ocurría con el impacto incluso retrospectivo que los Ensayos escogidos tuvieron en la obra de Murena, un libro en el que Oyarzun propone un recorrido por su vínculo con una obra. Para eso construye un artefacto que no sólo rodea el texto de información imprescindible sobre su historia (reponiendo para lectores castellanos, a diferencia de lo que habitualmente se hace, la información que las Gesammelte Schriften incluyen desde siempre) sino que lo acompaña también de diferentes formas de testimonio de un trabajo con esa obra, los papeles de trabajo del traductor: introducción, noticia sobre la edición, notas e índices. Se trata, en suma, de un libro para un ensayo, para reflexionar sobre la legibilidad de uno de los ensayos más citados de Benjamin, pero sobre todo para pensar en qué series (de Benjamin y de la teoría) debe ser colocado.
Por esa razón uno de los gestos más nobles de la Introducción es el delicado subrayado de la forma de soledad en la que se encuentra en “El narrador” Benjamin (y la catástrofe a la que conduce, mirada desde obras solitarias como la de Benjamin, la teoría literaria entendida como secuencia desgraciada de escuelas, que nada dice sobre la experiencia que cada uno hizo con la literatura). Aquí la primera página del ensayo introductorio de Oyarzun: “Entre la copiosa literatura del siglo veinte dedicada a la teoría de la narrativa, el ensayo El Narrador de Walter Benjamin ocupa un lugar solitario. Las grandes escuelas (el psicoanálisis, el formalismo ruso, la fenomenología, el existencialismo, el New Criticism, la narratología estructuralista, la teoría de inspiración analítica, el deconstruccionismo, el post-estructuralismo, el postmodernismo, el feminismo, las teorías de problemática racial) han dominado a trechos el escenario de los debates. Es cierto que un asunto principal del ensayo es la diferencia entre novelista y narrador, sobre la cual volvió reiteradamente Benjamin, animado por lo que él mismo llamó su ‘antigua predilección por el último’. Pero ya se puede colegir de esto que el planteamiento de Benjamin no concierne a la teoría de los géneros. Centrado en la figura del narrador, no es propiamente el producto de éste lo que está primariamente en liza, ni el problema taxonómico que le está aparejado. La narración se entiende aquí como una praxis social a la que va asociado un talante, y lo que interesa esencialmente a Benjamin es menos su calidad estética que sus alcances éticos”.

A ese plano no se accede desde la historia de la “teoría”: no importan tanto sus fuentes, sus marcos teóricos, sus posiciones, la escuela, ni siquiera sus debates, enfrentamientos, herencias y supervivencias, menos aún su “implicancia política”. Lo que importa es, con todos esos materiales, sin poder prescindir de todos ellos, pero integrándolos en un nivel mucho más relevante, la experiencia que hizo Benjamin y que al mismo tiempo sigue haciendo potencialmente en sus textos el que lo lee. Esa experiencia es lo que Oyarzun llama ética. Y esa ética se apoya entre otras cosas en lo que antes llamábamos rigor. Pero sobre ese principio (con esa garantía) el ensayo de Oyarzun despliega un comentario en sentido estricto que vale en la actualidad no sólo como explicación de Benjamin sino también como rectificación de las malas lecturas: las que creen leer que la transformación de la experiencia se debe a la envergadura de los acontecimientos históricos que la habrían alterado, las que creen que hay sujeto antes de poder o no narrar, las que creen que el aura es un atributo que desaparece, o las que despojan la idea benjaminiana de lo moderno de su necesario aspecto arcaico y en el mismo sentido lo hacen con el aspecto teológico de la narración como salvación de lo humano, pero sobre todo, las que leen los conceptos de Benjamin presuponiendo la existencia de algo así como una esfera o institución llamada “literatura” en lugar de lo “común” como auténtico rasgo de la experiencia de contar y oír en cualquier parte y como sea. Las elecciones léxicas, sintácticas, estilísticas que conforman la traducción (algunas de las cuales Oyarzun comenta en detalle en notas y en la Introducción) ponen aquel rigor al servicio de una fidelidad a esta lectura y funcionan como buen antídoto contra aquéllas.