Una caja de herramientas

Una selección de textos del escritor galés Richard Gwyn donde se muestra la sólida construcción de su escritura.

RICHARD GWYN

Tomados de la antología Abrir una caja, con traducción de Jorge Fondebrider, esta selección de cuatro poemas narrativos del escritor galés Richard Gwyn son una muestra acabada de una construcción sólida, imaginativa y rítmica. A pesar de tener muchas teorías sobre los procesos creativos, Gwyn trata de no analizar demasiado el proceso de escritura en relación consigo mismo. Dice: “Es una aversión fundada en una especie de superstición: me da miedo exponer esos procesos a la luz del sol porque pienso que puede matarlos”. Sin embargo sostiene que sus ideas llegan primero como frases: “una frase simple, que se desarrolla en otras frases” y así también si tuviera que escribir una novela: “Soy el tipo de novelista que va a seguir el hilo desarrollado por los personajes que invento antes que guiarme por una trama global”. Alguna vez, su traductor lo presentó como “un autor en muchos sentidos excepcional”.

Una breve reseña biográfica identificaría algunos datos que respaldarían ese juicio: Luego de unos breves estudios de antropología en la London School of Economics, fue obrero textil y repartidor de leche en Londres, y luego, vagabundo en Creta y en toda la cuenca del Mediterráneo, donde pasó nueve años transportando gente en botes, cuidando casas ajenas, siendo barman y mozo, haciendo las cosechas o simplemente sobreviviendo como pudiese para, como suele decir, “escaparse del thatcherismo”. Luego de recuperarse de una grave enfermedad, a su vuelta a Gales estudió Lingüística en la Universidad de Cardiff, donde se doctoró. Posteriormente ganó la cátedra de Escritura creativa. En eso estaba cuando le avisaron que le quedaban pocos meses de vida a resultas de una hepatitis fulminante. Sin embargo, Gwyn tuvo la suerte de recibir un transplante de hígado”.

Olvido

Entre la Navidad y el día de Año Nuevo llovió sin tregua. Todos los días, ambos jugábamos a las cartas para ver quién caminaría por el barro mojado para comprar vino y todos los días yo perdía. El día de Año Nuevo, a pesar de hacer trampa, volví a perder a las cartas. Me negué a ir a buscar el vino. Deseé que el tedio tal vez se rompiera con una pelea, pero mi compañero, más moribundo que yo mismo, sencillamente se acurrucó en su litera y se echó a dormir.
Afuera, la perra del granjero le ladraba a la lluvia desde los confines de su perrera de metal. Salí a la media luz. La sombra azul de una montaña. La lluvia caía oblicua por los olivares. Más allá de los árboles, el mar gris. Olvido. Nada existía fuera de esa isla. La montaña solitaria, olivos, lluvia, el mar distante. En algún lugar, detrás de la lluvia, el monólogo intimidante de una motosierra. 
(de Walking on bones, 2000)

Turismo 

El turismo es una metáfora del apocalipsis. El segundo día de agosto, las nubes de lluvia se abrieron y diluvió en la ciudad. Las estrechas y retorcidas callejuelas del barrio viejo se convirtieron en cataratas en cuestión de minutos. Afuera de la catedral inexplicablemente cerrada, grupos de turistas alemanes, británicos, estadounidenses y japoneses tratan de aferrar sombreros y mapas contra el chaparrón. Justo ahí, donde empiezan las callejuelas, hay sentada una mendiga, cubierta con un vestido informe y gris, inconsciente de las inclemencias del tiempo. Ha estado allí sentada por siglos. Un cuervo salta nervioso sobre el hombro de ella. De vez en cuando le grazna al oído y la mendiga, irritada por la ruidosa presencia del pájaro, intenta sacárselo de encima con gestos airados que lo ahuyenten. Sin embargo, el pájaro es persistente: ésa es su función. Sabe cuál es su papel central en ese drama. Sin el pájaro no habría mendiga. Sin la mendiga no habría catedral. Sin la catedral no habría turistas. 
(de Walking on bones, 2000)

El sendero no elegido 

Había una bifurcación en el camino. Escogí uno de los dos, suponiendo que el otro era el sendero no elegido. Al cabo de unos minutos volví a la bifurcación, elegí el otro. Se parecía mucho al primero, aunque supe que al tomarlo me estaba metiendo con el destino. En el lapso de casi una hora, el sendero originariamente elegido se había convertido en el sendero no elegido, y tuve que inventar algún tipo de destino alternativo para él. Decidí que todas las consecuencias son, en buena medida, el resultado de la voluntad. Fue entonces cuando me di cuenta de que había perdido mi sombra. 
(de Sad Giraffe Café, 2010)

Traducción 

Todas tus historias son sobre ti mismo, dijo ella, incluso cuando parecen ser sobre otra gente. No iba a negarlo, ni a darle el gusto de tener razón. Así que cité a Proust, quien dijo que los escritores no inventan libros; los encuentran en sí mismos y los traducen. Eso pareció resolver el problema y ella se quedó callada. Hundí mis dedos en un bol de agua perfumada y empecé con el arroz. Un dejo a arcilla y a hojas y a metal me tomó por sorpresa. ¿Qué hay en el arroz?, le pregunté. ¿Caldo de hongos? ¿Cartuchos de escopeta? ¿Lombriz? No, dijo, mirando a través de la luz de la vela, las historias que todavía no has escrito están en el arroz. Debes estar paladeándolas. 
(de Sad Giraffe Café, 2010)

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