Sobre los libros robados

En un ejercicio bolañesco, Francisco Bitar reflexiona sobre el arte, el romanticismo y las estrategias de robar libros en la adolescencia.

FRANCISCO BITAR

Cuando era joven, es decir, cuando era pobre, robar libros suponía una práctica esencial si yo quería leer a la velocidad que lo demandaba mi apetito de entonces. Poco antes, durante la adolescencia, si yo robaba era para despertar la complicidad de los chicos y la admiración de las chicas, pero con los libros aquel apetito había pasado a ser solo mío. Antes yo robaba para avivar la llama del fogón colectivo; ahora lo hacía para mi consumo solitario y privado, como un drogadicto serio.
Pero si quería robar on regular bases, como tenía pensado hacerlo, debía idear una técnica que tuviera en cuenta esa frecuencia, no la de un arrebato sino la de un trabajo. Hacía así: iba con mi bolso de morral abierto a la altura de las mesas de exhibición y, a la menor distracción del librero, metía el libro de un movimiento más preciso que rápido (apretarlo contra el cinto supone el engorro de un segundo movimiento: subir y luego bajar la ropa, lo que puede resultar fatal. No lo recomiendo). En total, todo se resumía en un latigazo imposible de detectar salvo que se lo estuviera siguiendo de cerca.

Pero si bien el episodio de la sustracción concluía entonces, el robo en su conjunto no estaba terminado. Faltaba lo más importante: salir de la librería, para lo cual yo compraba un libro que sí necesitaba (por estudio o trabajo). Esto me permitía llegar con naturalidad a la caja y luego a la salida, a la vez que ahuyentaba los fantasmas de la culpa una vez afuera.
De modo que yo volvía a casa con dos libros: el libro 1 o libro comprado, y el libro 2, el libro robado. El libro 1 había sido elegido a consciencia antes de entrar a la librería, de acuerdo a los planes de estudio; el libro 2 era producto de un deseo espontáneo. El libro 1 era parte de un plan; el libro 2 era el resultado de una improvisación, mezcla de  oportunidad y arrojo (creo que entre estos dos extremos, entre lo planificado y el impulso, se dirime mi vida).

Y bien: si el robo se producía de tarde y, por lo tanto, yo llegaba a casa de noche, leía el libro 2; si llegaba a casa de día y podía seguir con mis estudios, leía el libro 1, pero impaciente por la llegada de la noche, es decir, del libro robado. La pregunta se cae de madura: ¿por qué no compraba directamente el libro 2 si tanto lo prefería? No es tan fácil. Primero, porque había plata para un solo libro, y mi intuición acerca del libro 2 podía fallar: a fin de cuentas, donde el libro 1 se presentaba predecible y, por lo mismo, eficiente, el libro 2 era imprevisible (y por eso eficaz, con algo de suerte). Si yo me equivocaba en la elección, dejándome llevar por mis impulsos, habría perdido la oportunidad de traer a casa no sólo el libro querido sino también el libro útil.
También cabía la posibilidad de robar el libro 1, el libro de estudio, a la vez que compraba el libro 2. Pero justamente, el hecho de que fuera un libro obligado por trabajo o estudio contravenía por completo la idea del robo, de la transgresión. Comprar el libro 2 para robarme el 1 hubiera sido como faltar al trabajo para hacerlo desde casa: lo mismo que poner una obligación donde había un impulso.

Con esto quiero decir que la lectura del libro robado no es equivalente a la otra: unánime como se presenta, la lectura del libro 1 es, digámoslo así, englobante, porque dice de antemano cuáles son sus partes relevantes y, de ese modo, me iguala al resto de los lectores: yo no soy nadie, o soy simplemente uno más para ese libro. La lectura del libro 2, en cambio, está marcada por un acento personal, por la intuición (que me empujó a robarlo) y por lo inesperado (que podría encontrar de mí mismo en su interior). Hay en el libro 2 una suerte de negatividad, desde que introduce, entre la prepotencia de los libros obligados, la duda de los prohibidos, y así, con su distinción, constituye ambos: no sabíamos que un libro era nada más que obligatorio hasta que leemos el libro deseado. Con el libro 2 pasa algo parecido a la llegada de un amor, que relativiza el resto de nuestras relaciones y les confiere a cada una su lugar justo.

Y bien: al ser mío, al pertenecerme por su condición de imprevisible y prohibido, el cuidado que pongo en el libro robado es mayor al que pongo en el otro. Lo protejo de toda mundanidad, por empezar la de comprarlo. Luego lo llevo oculto hasta mi habitación, no sea que en el camino alguien descubra que lo robé, lo que arruinaría con una nota moral la intimidad que ya creció entre nosotros. A esa habitación, el dormitorio, se llega cuando ya es tarde, lo que termina de decidir las coordenadas de su aparición.

O de su desaparición, porque, para que surta el efecto de libro robado, no es suficiente con que la lectura se haga a solas, también es importante hacerla a escondidas. A escondidas, es decir, donde se cuida lo prohibido del deseo. Una vez en la cama será quien lee el que quede oculto tras el escondite del libro: el lector es el sin-cara, protegido como está por el parapeto del libro (después de un largo día de mostraciones, ya no tiene que preocuparse por su imagen exterior, última escala anterior al desprendimiento definitivo, al menos por hoy, del sueño).

El libro robado no señala solamente un modo de la necesidad sino también un modo de lectura: una sospecha de felicidad a la que se accede mediante una transgresión.

Entonces, el libro robado no señala solamente un modo de la necesidad sino también un modo de lectura: una sospecha de felicidad a la que se accede mediante una transgresión, y que se vuelve fugitiva al interior del libro mismo. A diferencia del libro útil no se sabe dónde está lo importante, y para averiguarlo hay que andar como si se tratara, no del avance que busca, sino de una huida febril, sin destino. Por supuesto, mejor será el libro si lo importante nunca se revela, porque, de hacerlo, la lectura habrá sido alcanzada por la policía de la utilidad y quedará detenida en el acto.

Es por todo esto que sigo robando libros, incluso cuando mi situación económica hubiera mejorado a causa de la beca. Y si no lo robo, y el libro comprado todavía despierta en mí esta sensación prohibida, tengo la impresión de que me lo robé o, al menos, de que no lo pagué; ese libro pasa meses suspendido en mi mesita de luz antes de llegar a la biblioteca, que es el lugar adonde el libro se exhibe como si fuera un ahorro o una inversión (de tiempo, de dinero, de saber). Cuando esa magia se produce, quisiera ir y darle un abrazo a mi librero, para decirle con él que nos une una relación trascendente, que va más allá de toda mercancía (a lo que él quizá respondería que es por eso mismo que me dejó robar tantos libros). Con los años, mi técnica de sustracción se fue perfeccionando, no tanto en lo que refiere a su ejercicio como al método de selección. Durante un tiempo pensé que se trataba de un creciente refinamiento mío como lector y como persona, desde que los libros que ahora robaba eran cada vez más caprichosos, a los que les esperaba por lo tanto un horizonte más personal. Después entendí que ese refinamiento era un modo de celebrar a aquel joven que, incluso cuando no tenía un peso, todavía podía ir a una librería en busca de una última delicadeza.

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