Políticas del rostro

Una charla imperdible con Nora Domínguez, la reconocida investigadora especializada en Teoría Literaria y Estudios de Género.

Paula Puebla

El revés del rostro. Figuras de la exterioridad en la cultura argentina, de la colección Sex, Gender & Queer del sello editorial Beatriz Viterbo, es el ensayo centrado en las “políticas del rostro” que Nora Domínguez terminó de escribir en 2018 pero que recién vio la luz pasada la incertidumbre que el Covid19 instaló entre nosotros. Doctora en Letras, especialista en Teoría Literaria en Estudios de Género, la autora y co-directora del volúmen Historia feminista de la literatura argentina (Eduvim), estudia la gran superficie de los rostros en el corpus de la literatura argentina, las escenas sociales y el mito de Eva para desplegar un fractal de reflexiones sobre aquello que se nos presenta “a primera vista” como único. Deslizamientos entre lo singular y lo colectivo, entre lo íntimo y lo social, entre lo que miramos y dejamos de mirar.

Muy al comienzo del libro decís que el rostro define e identifica al sujeto para, apenas más adelante, agregar que el encuentro cara a cara “puede constituirse en el momento de mayor intensidad e intercambio subjetivo entre dos personas”. ¿De qué manera estas relaciones éticas, sumamente habituales, intervienen en nuestra vida cotidiana?
— Es de lo más habitual, sí, está totalmente naturalizado, instalado. De manera que no lo pensamos, es parte de nuestra forma de relacionarnos con el otro. Tener un cara a cara más fuerte o tener el reconocimiento de los otros en todas las instancias que vivimos a lo largo del día pasan también por ese reconocimiento, en el ir aceptando caras o no aceptando caras. Desde “este me cae bien” a “qué cara de mala onda”, por decir una versión suave, frente a otras impresiones que ya pasan por la denigración y por detestar al otro. Hay una especie de carta de identificación en el rostro, y creo que vivimos en medio de esas caras y moviéndonos en relación a eso, aunque no es todo lo que determina nuestras relaciones. Por algo nos sacamos tantas fotos y existen tantas selfies.

Hablás también de la “apariencia verdadera” cifrada en cada rostro. ¿Cómo es esta dualidad entre presentación y representación?
— Lo que pongo en cuestión es esto de que el rostro nos define absoluta y totalmente. Esa “apariencia” nunca es del todo verdadera, no existe una verdad en cualquier ámbito de la vida en que podamos definir absolutamente con respecto a la moral, a la ética, a la política y demás. Entonces tampoco existe una verdad que esté alojada en lo que vemos en el rostro o en eso que el rostro no dice. Siempre va a depender de la confrontación, de la lectura, de la aceptación o el rechazo que haga el otro. Esa apariencia es para el otro y, en esa medida, es también contingente y depende de esas relaciones, ¿no? De esas intensidades.
Decíamos que está totalmente instalada y naturalizada la cuestión de ver al otro y de alguna manera intentar saber quién es. Pero al mismo tiempo, en la vida urbana que llevamos, las caras pasan, no nos detenemos en todas. Entonces eso da lugar a una menor o mayor intensidad a lo largo del día en relación con las caras que vemos. Ese cara a cara se produce como un contacto, más verdadero, más cercano, si querés, y otros que no.

Me gusta lo que retomás de Deleuze y Guattari sobre la “máquina de rostridad” y la búsqueda de los poderes de imponer un único y determinado rostro. ¿Por qué el sistema necesita esa imposición y, acá recojo una pregunta tuya tal cual está escrita, por qué nos interesaría entonces conservar un rostro?
— Creo que el mundo capitalista tal cual está, no conserva un único rostro sino varios que tienen mucho peso, digamos. Deleuze y Guattari ponen Año cero-Rostridad porque es el año de Cristo, ¿no? Y ahí hay un peso, un corte. El capitalismo también tiene rostros pero, muchos, entre los que pueden estar la figura del empresario, un dibujo del que junta dólares o del que junta monedas. La cara de Marx también puede ser el rostro como crítica al capitalismo. Me parece que nosotros necesitamos conservar un rostro para también destruirlo, cuestionarlo. Eso por un lado.
La presencia tan fuerte del rostro del poder también es una necesidad de otros de poder cuestionarlo. Los poderes necesitan esas imágenes, que a veces no es un rostro, puede ser un meme o una figura que aparece representando ese rostro. Pero el poder, las iglesias, necesitan rostros para poder seguir sosteniendo esos poderes o construcciones, que también pueden ser artísticas, ficcionales. También hay toda una producción artística alrededor de esas figuras que son válidas para pensar.

Me gustaría ahora encaminar la conversación un poco más para el lado de la tecnología y cómo, lenta pero indefectiblemente, ha alterado en muchos sentidos nuestros modos de vincularnos. No solo por las posibilidades que ofrece la biotecnología para modificarnos estética y corporalmente, sino por la “enorme fototeca” en la que se han convertido nuestros hogares, acompañando la idea de Byung-Chul Han sobre la “abrumadora exterioridad”. Destaco esto que escribiste: “hay una pérdida de la división entre el sujeto y el mundo visible. Ya no hay diferencia entre ver y ser visto”. ¿Podrías profundizar un poco más en estos borramientos de los límites entre el afuera y el adentro?
— Sí, habría que preguntarse cuál es el adentro. Si lo hay, si se transformó en una cosa absolutamente mínima de la relación con nuestro cuerpo. Habría que preguntarse qué es la privacidad, qué es lo íntimo. Han cambiado esas separaciones tan rígidas que había entre lo público y lo privado. En un lado estaban los sentimientos y emociones y, en el otro lado, las relaciones económicas, las institucionales. Esos límites se disiparon, no están, entonces el mundo exterior, público, lo tenemos dentro de casa. Accedemos a él a través de la tecnología y eso me parece que cambia nuestra relación con esa exterioridad, con esa presencia del otro, también con cómo nos vemos a nosotros mismos. A través de la tecnología podemos estar en muchos lugares a la vez y entonces no sabemos bien con qué nos quedamos.
Como te dije antes, no busco ninguna escena, no creo que haya que encontrar algún lugar perdido, para nada. No sé si este momento es mejor que el otro, no lo sé, pero este es en el que estamos. Usamos permanentemente la tecnología para fotografiarnos, para mostrarnos ante los demás con esas selfies que reproducimos.
También habría que pensar cuánto afecta esto al sujeto individual, ¿no? Qué capacidad tiene para escapar de esas situaciones. Si le pesa, si tiene recursos como para poder construirse una intimidad más alejada de ese grado de exteriorización. O qué pasa con otros sujetos que necesitan que se los reconozca. Por eso, Deleuze y Guattari dicen, es ese texto que es del año sesenta y pico, que era revolucionario perder el rostro. Y claro, ese rostro del poder sí es revolucionario perderlo. Pero uno no lo porta o tal vez sí, en algunas circunstancias. Pero hay gente que está deseando ser reconocida porque tiene un lugar social de absoluta marginalidad, desconocimiento, en el que no se la tiene en cuenta, sin acceso a la educación, la cultura o el trabajo. Entonces alguien que busca trabajo está buscando también que se reconozca su rostro, su cuerpo.

En “Frente a cámara” trenzás diversas reflexiones sobre los espejos. Citás a Laura Arnés, que afirma que “la erótica del espejo es sobre todo heterosexual, atada a una mirada deseante que es dominantemente masculina” y también a Tununa Mercado, que desistía de una lectura cuando se encontraba al personaje femenino en la escena del espejo. Ahora bien, si aggiornamos el significante espejo a esta época de cámaras frontales, ¿cómo serían estas nuevas escenas del espejo? ¿Cómo las ves vos, sobre todo, con respecto a las mujeres?
— Hay quienes se sienten muy cómodas y usan las tecnologías, y las selfies son parte de ese engranaje de reproducción. Entonces se sacan fotos en todas las circunstancias, ellas, y también sus hijos, donde cada minuto de sus hijos tiene que pasar por una instancia de reproducción. Luego, hay otra gente que no se siente tan cómoda, como yo. A mí no me gustan las selfies; a ver, no las rechazo pero no me gustan mucho, no soy de estar haciendo fotos todo el tiempo. Es un hábito al que no me entrego.
En ese fragmento que mencionás, me refería a la presencia de esa escena de los espejos en la literatura. Cuando cité ese texto de Tununa es porque ella hacía referencia a que en mucha de la literatura de mujeres aparecía ese momento de reconocimiento, sobre todo en escenas que tenían que ver con adolescentes. Tununa lo que cuestionaba era la idea de que en todo camino de buscar una identidad femenina tenía que aparecer el espejo como un motivo literario que ya era redundante y que había que cambiarlo.
Por otro lado, me parece que los espejos sí, hoy son las selfies. Esa cosa del exhibirse y mostrarse es muy fuerte en esta cultura, aunque no lo hacen en todos los sectores, tampoco todas las personas, pero muchas veces forma parte de un lugar de identificación y de afirmación.

¿Considerás que conserva aquella erótica heterosexual?
— No sé, no necesariamente. Esta tecnología me parece que existe en todo tipo de grupos, con diferentes tipos de sexualidades y la exhibición de los cuerpos para goce o circulación está en las diferentes comunidades. En toda la difusión que hay ahora de los archivos trans y travestis es muy fuerte la cuestión de la fotografía, las que pudieron sacarse en situaciones de complicidad, de familiaridad entre ellas. Haber recuperado esas imágenes es muy importante, porque es una de las formas de afirmación, ¿no? Tener la foto, tener ese rostro. Por otro lado, está la cuestión del ocultamiento. Los sectores que viven de los ocultamientos, de la clandestinidad, más bien buscan tapar esos rostros o deformarlos.

Citás dos fotografías, aunque no justamente de esos sectores. Una de Ocampo y otra de Juana de Ibarbourou donde una interpone una mano entre ella y la lente, y la otra borronea su rostro…
— Sí, son fotos de mujeres de los años treinta, cuarenta, donde aparecen cuestionando ese lugar del que, al mismo tiempo, no pueden safar. Sobre todo Juana de Ibarbourou que, como está fea, tacha el rostro porque no quiere mostrarse así. Pero es muy interesante el caso que retomo de las mujeres que se cubren los rostros para ir al estrado, ahí hay un uso de la protección del rostro absolutamente político, necesario para no ser perseguidas. Solo cuando logran ser juzgadas con cierta justicia, pueden sacarse eso que las cubría.

Estamos a veinte años del estallido del 2001. ¿Cómo ves que ha cambiado el “orden político del rostro” entre entonces y hoy en nuestro país? ¿Cómo es hoy esa relación entre rostro y Estado?
— Qué pregunta, Paula. En el libro hay una relación que está tangencialmente tocada con respecto al mito de Eva Perón a través del tiempo. En ese uso del mito, en esa conversión de Eva a mito, hay una reflexión con el Estado. Porque ese primer Estado peronista necesitaba, antes de que Eva muriera, de esa exhibición con esa estética grandilocuente, monumental. Había una presencia muy fuerte del estado, del poder, de grandes masas en las calles y demás. El ejemplo de estas mujeres guatemaltecas que se cubren el rostro para ir a pedir por justicia es otro. O sea que los sectores revolucionarios, los que buscan hacer algún cambio, han acudido a formas de intervenir sobre el rostro. Si vos pensás en el Subcomandante Marcos, cuando fue lo de Chiapas, ahí hubo un rostro cubierto con un reclamo muy fuerte hacia el Estado. Era la manera de hacerlo tal vez y eso permaneció en muchos de los reclamos políticos y sociales de jóvenes, sobre todo, que se cubren la cara acá y en el mundo.
En el capítulo dos, cuando hablo de la novela de El desierto y su semilla, de Barón Biza, y cuando hago “La serie de las mujeres muertas”, de la salida a la luz del término femicidio, más la toma de la calle de todos estos reclamos, ahí aparece una revolución social que reclama al Estado y lo hace de diferentes maneras. También está la idea del rostro colectivo, el de grupo. En esa colectivización está el reclamo político, ¿no?

Cuando uno recuerda o mira imágenes del 2001, hay un rostro colectivo de furia, de enojo, de mucho desgarro incluso sobre un tejido social inexistente. Pero, si uno piensa en las movilizaciones de mujeres, sobre todo en 2018 con los debates por la IVE y luego en 2020, es otro rostro, ¿no? Desde la estética hasta los estados de ánimo, porque las últimas fueron plazas de fiesta, de cantos, de brillitos en la casa.
— Totalmente, sí. Era el rostro de la alegría, el rostro del estar y pedir juntas, de manifestar. El otro día estaba mirando imágenes del 2001 y justamente era, como decís vos, desgarrante. Esos rostros frente a los bancos, los saqueos, la misma movilización del 19 y 20 de diciembre en la que masacraron. Había una furia total en ese momento.

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