Contra la organización del deseo

“Si intentamos organizar el deseo a través de la pedagogía, talvez no hagamos más que anularlo”, dice Nancy Giampaolo

Paula Puebla

Nancy Giampaolo es docente, periodista y escritora, portadora de una voz diferente, colocada en los márgenes en la gran época de la tolerancia y la diversidad. Durante 2021, y luego de años de trabajo como colaboradora en diversos medios, publicó tres libros en sellos independientes: La literatura frente al Estado y el Mercado. Radiografía de la corrección política, también Género y política en tiempos de globalismo y Feminismos, y Liberación o dependencia, bajo el sello GES Comunicación, título que fue presentado en La Libre de San Telmo y que da pie a esta entrevista en los estertores de un diciembre especial que presiona sobre nuestra memoria política.

La importación de las agendas de los feminismos globalizados, parte del “neoliberalismo progresista” tal como lo enuncia Nancy Fraser, parecen no solo no saber gestionar la equidad en una región y un país donde la desigualdad económica impera sino también encubrir la destrucción sobre las clases menos privilegiadas y marginalizadas. ¿Cuáles son los puntos que se esperaría que atienda una agenda local en un contexto como el presente?
Sí, la visión de Fraser en ese sentido no tiene equivalentes en Argentina, por eso incluí en el libro una de las entrevistas que le hice. En cuanto a los puntos que deberían aparecer en la agenda local, bueno, son justamente los que se vienen desantendiendo. Uno de los más importantes, a mi manera de ver, es el de la maternidad. Si bien hay políticas que se han calcado de países pioneros en implementar perspectiva de género, las relacionadas a las madres trabajadoras siguen postergadas: la licencia por maternidad está por debajo del mínimo recomendado por la OMS y UNICEF, la regulación a nivel nacional de la licencia compartida está pendiente, los lactarios y guarderías en lugares de trabajo no son prioridad prácticamente de ninguna empresa pública o privada. Otro punto, aunque hay muchos más, es la asistencia sostenida y concreta para víctimas de la violencia que deben refugiarse de manera urgente por el riesgo que supone seguir conviviendo con su agresor. Hace poco estuve en un hotel de Villa Constitución, provincia de Santa Fe, en el que la dueña albergaba “de onda” a mujeres pobres violentadas por sus parejas. Y no es un caso excepcional, investigué un poco y encontré que es una práctica frecuente en el interior y en Gran Buenos Aires. En CABA, los “hogares y refugios” no alcanzan ni por asomo. Inevitable preguntarse ¿Es la asistencia por parte de particulares con buena voluntad la respuesta que una víctima de violencia necesita? El supuesto de que las personas tienen algún pariente o amigo que las puede albergar solo se verifica en algunos sectores.

¿Cuáles son las ventajas y los desafíos que enfrenta la creación inédita de un Ministerio de la Mujer luego de la legalización de la IVE? Yo en algún momento hablé de una oportunidad perdida, frente a la crisis ocasionada por el Covid…
Coincido con lo de la oportunidad perdida, por supuesto, pero no veo que a nivel institucional se piense de esta forma porque el ministerio continúa con la misma línea desde que se creó. Me parece que el sentido de su existencia se relaciona a lo que hablábamos recién, es decir, la gestión de medidas que alcancen —más que nunca en una situación de crisis— en primer lugar a los sectores vulnerables económicamente y a las víctimas de violencia que necesitan asistencia de un orden, por así decirlo, no simbólico.

Hablás de un contrapunto muy interesante entre la idea de sororidad, retomada de la religiosidad, y la de justicia social, en un país donde ese sintagma no significa cualquier cosa. Contame un poco acerca de esto…
La idea sororidad, a esta altura, está desprestigiada fuera de esos círculos endogámicos que orbitan en torno a referentes que muchas veces no son más que influencers de redes sociales, periodistas de nicho —a veces apuntalados a nivel institucional o financiados por el oenegeismo al que Fraser alude—, pero sin mayor eco por fuera de las burbujas virtuales, los conversatorios, los libros o programas de radio panfletarios y las movidas con voluntad de pinkwashing que arman tanto universidades como partidos políticos.
El contrapunto con la justicia social es alucinante porque desenmascara la vocación elitista —además de los visos religiosos que mencionás y de los que habla Catherine Millet— en el sentido de dejar por fuera de la sororidad a las mayorías que son, en cambio, el gran motor de la justicia social.

Hay otro capítulo que titulaste “El género y, ¿el goce?” en el que enlazás las pedagogías que han entrado al mundo de la afectividad, de la amorosidad, e incluso de las amistades, con una lectura de clase —que no dejás fuera en ningún momento. Mencionas que todo conduce a “una sexualidad del buen trato” pero te preguntás si es posible, para quiénes y si es igual para ricos y pobres. ¿Por qué la visión de clase queda relegada a la de género, justo en países del tercer mundo?
Probablemente por esa insistencia en acatar acríticamente políticas vigentes en lo que entendemos como Primer Mundo y por confiar excesivamente en un solo tipo de enfoque. Pienso que habría que trabajar más intensamente en la creación de un ideario local, abierto, y más a tono con la coyuntura e idiosincrasia propias.
En cuanto a la pretensión de intervenir la vida sexual y afectiva de las personas con la premisa del “buen trato”, temo que puede acercarse a una vocación más vigilante que protectora, al tiempo que puede arrasar con la subjetividad que siempre supuso y supondrá el deseo. No olvidemos que nociones como “buen trato”, “cuidado del otro” o “amor romántico”, entre tantas que se han puesto sobre la mesa en estos debates clasemedieros que pegan en Twitter, están siempre sujetas a la subjetividad. Lo que es buen trato para mí, puede no serlo para vos, y así. Si intentamos organizar el deseo a través de la pedagogía, tal vez no hagamos más que anularlo. 

Diego Capusotto

Hay otro contraste que hacés, en el capítulo titulado “Cultura de la cancelación”, entre cancelación, ese “bullying de adultos” como lo llamás, y la diversidad. ¿Cómo dialogan estas dos grandes posiciones?
La cultura de la cancelación tiene muchas lecturas posibles. Es un tema en el que tomo como referencia, entre otros, a Diego Capusotto, que no aparece en el libro, pero es un gran amigo y uno de los tipos que mejor piensa, para mí, la relación entre lo artístico, lo político y lo social. Hace poco en una entrevista en vivo que hicimos, ante la consabida pregunta sobre los límites del humor respondió: “¿Por qué el humor y la ficción deberían limitarse si, en el plano de la realidad, la crueldad no tiene límites?”. En esa noción se distingue incluso de mucha gente laboralmente cercana a él, sin por eso cancelar a nadie, ya que acepta las diferencias de muy buen grado, y yo no puedo estar más en consonancia.
Por otra parte, además de la cancelación sobre obras o figuras, está la que se hace dejando fuera de la agenda pública a aquellas voces, opiniones o modos de vida que no responden o acceden a ciertos parámetros sociales que hoy se ven como los mejores, pero mañana andá a saber. Cuando un grupo pretende silenciar a alguien o a otro grupo a través de mecanismos como el bullying virtual, hablando de ideas “peligrosas”, “atrasadas” o lo que sea, la diversidad se va un poco al tacho. Bancarse que alguien piense y viva distinto que uno es un pilar de la democracia que muchos de los que pretenden defenderla olvidan. En lo personal, creo que mi mayor defensa de la diversidad está en procurar, no solo bancarme al que piensa diferente que yo, sino en tratar de intercambiar opiniones con él. Siempre es intelectualmente más nutricio el disenso que la cámara de eco.

¿Ante qué problemas te encontrás, como periodista y escritora, para hacer circular valoraciones críticas de los discursos hegemónicos sobre género? ¿Cómo se imbrican las militancias en los espacios de poder, como medios gráficos, audiovisuales, etc?
Si tuviera otra red que no sea Instagram, en la que recibo más palabras de aliento que putadas, sé que la pasaría mal. Veo Twitter y la agresión circulante lleva a que muchos se autocensuren. Siendo tan enfática en pronunciarme en contra de la censura me sentiría una hipócrita estando ahí y callando para que no me puteen. No tengo la templanza excepcional de algunas pocas personas capaces de soportar los embates y seguir firmes en sus intervenciones. Fuera de las redes, que hoy son un espacio de poder, control y activismo tan o más fuerte que muchos de los medios tradicionales, el problema principal que enfrento es que no me publiquen. También soy consciente de que hay temas sobre los que nunca se va a poder hablar en ningún espacio sin correr riesgos jodidos. ¡Míralo a Assange! Pero después de tantos años laburando de periodista aprendí a no bajar los brazos ni enojarme cuando hay jefes de redacción que me dicen cosas del tipo “Está buena la nota, pero a nuestros lectores les va a molestar” o editoriales grandes que me invitaron a cambiar mis proyectos de libro para que resultaran “más digeribles y vendibles”. Este año me dijeron que no en varios medios chicos que se promocionan como pluralistas y me hicieron trabajar al gas en medios grandes que recularon con un par de entrevistas. Sin embargo, pude publicar algunas columnas en medios masivos con temas espinosos que pocos tratan y saqué tres libros con editores independientes en los que dije lo que quise, para que lo digiera el que quiera. Así que no me quejo. La queja se la dejo a quienes tienen motivos mucho más graves para quejarse que yo.

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