La escritura impropia

Clara Obligado y un ensayo sobre la condición extranjera.

Verónica Stedile Luna
Clara Obligado

El 20 de noviembre de 2021 se realizó, en el marco del Espacio Daín, la presentación de Una casa lejos de casa de Clara Obligado, editado en la colección Madriguera de la editorial platense Estructura Mental a las Estrellas. Es esa ocasión, Verónica Stedile Luna leyó el texto que a continuación ofrecemos a los lectores de Cuaderno Waldhuter.

Las palabras que quiero decir sobre Una casa lejos de casa y sobre el proceso de edición del libro, el trabajo con su autora, nuestras charlas e intercambios, bien podrían nombrarse como “Clara tenía razón”. Pero voy a dejar eso para el final, no inclinar todo el sentido hacia un solo lado, porque el acto más poderoso, político y literario, la política literaria de Una casa lejos de casa, es que sostiene una ética del malentendido. La traducción es una condición, una escena diría afectiva y no solo formativa de la lectura: el libro se abre con una escena maravillosa, donde dos niñas, Clara y su hermana, ven sentadas a los pies de su cama a Missis Tanasescu, la mujer que en lugar de contarles historias “había una vez”, diría desde entonces y por siempre la literatura en otra lengua: Once upon a time, la mujer que con su inglés trama el vínculo afectivo a la literatura, y lleva consigo marcas del destierro: un número en su piel que la marcará por siempre como prisionera de un campo de concentración comunista producto de su filiación nazi. Clara se define pocos párrafos después “feminista”, “militante barrial”: ese impulso trama todo lo que viene después y tal vez antes, porque ya está en su infancia la pasión por mirar otras cosas. Pero es a las “vicisitudes de su vida” —la de Missis Tanasescu— a quien se dedica el amor por las letras. ENTONCES: traducir sí, escuchar en la lengua del otro las rarezas que fundan imágenes “absurdas” —dice Clara— “maravillosas”, diría yo, como figurarse por “mesilla” una mesa pequeña, desproporcionada al lado de un gigante “Holofernes”, hasta saber mucho después, que mesilla era técnicamente mesa de luz.
Pero es que ese tiempo, esa distancia temporal entre una imagen armada entre sonidos que evocan “a la gana” de una pequeña lectora, y el sentido denotativo que cae después, en esa brecha, Clara Obligado funda su ética del malentendido y la traducción como afecto. En lugar de irritarse y buscar suprimirlo (o bien, tomar la postura denegatoria de elogiarlo exacerbadamente), Clara pone el ojo en la necesidad de vivir con él. Entre él. Y constituye una ética porque se trata de suspender los arrobos de poder mediante los cuales, en la inestabilidad propia del malentendido, alguien dice “¡es que es así!” y despeja a su propia cuenta los sentidos que no se le corresponderían. El malentendido que pacientemente teje Clara, con minuciosas escenas, una tras otra, expone que se trata del poder ¿español de la RAE, español vulgar?, que todo empuja por trazar la línea entre lo alto y lo bajo, pero el gesto de Una casa lejos de casa es no elegir, instalarse en el enredo y desarmar desde ahí esas mismas fuerzas que se legitiman porque nos obligan a optar.
Minuciosas escenas: eso es. La historia se cuenta con historias. Y la escritura se abre dando lugar a las infinitas lecturas que la fueron nutriendo. La argumentación del ensayo es una argumentación narrativa e interrogativa, diría, mucho más que asertiva.
Quiero sumar entonces una historia más a Una casa lejos de casa, una historia que, para mí, anuda las formas, búsquedas y reversos del libro de Clara con nuestra colección Madriguera. Ya desde el título del libro se nos presenta la diferencia mínima, desdoblada, de lo que pareciera idéntico pero no lo es: porque “casa”, repetida dos veces, no significa las dos veces lo mismo, aunque se superpongan. El libro tiene también dos partes divididas por una hoja en negro. Hay dos mundos, y muchas lenguas que transitan entre tierras. Pero la cosa no es dual sino doble, desplegable.

¿Qué tiene que ver esto con la historia que quiero contar, y con la colección? La imagen de la colección Madriguera es una fotografía del Río de La Plata, tomada por la artista Leticia Barbeito, intervenida y reversionada cada vez, como la memoria. Comenzamos a pensar esta colección de ensayos en el 2019 aunque se materializó en plena Pandemia —paradojas o no de haberla llamado Madriguera desde antes y haber elegido un río como ícono— pero exactamente 100 años atrás, en medio de los convulsionados episodios de la Semana Trágica, Marcel Duchamp tomó, desde el balneario municipal recientemente inaugurado, esta foto estereoscópica que llamó Stéréoscopie à la main.
Créase o no, desconocíamos esta obra cuando imaginamos la colección. Pero volvió a nosotros en estos días que pensábamos en Clara, y no es casual.
Estereoscopía manual fue una de las dos únicas obras que realizó Duchamp en su paso por Buenos Aires. Duchamp mira al río, ese locus de proyección cosmopolita, del lado de los jóvenes que, como decía Rojas sobre la generación del ’37, se sientan en el puerto y evocan las poesías, las imágenes y sonidos que llegan de las luces al otro lado, las esperan. Esta vez Duchamp es el otro, y traza la proyección de una pirámide que muestra también sus dimensiones inframarinas, como la sombra de algo que de todos modos está ausente.
Pero este río es doble y no idéntico, es una fotografía, como dice el título, estereoscópica, técnica que consiste en el registro de una leve diferencia entre las dos imágenes para que en un tercer punto se produzca la tridimensionalidad como la hace operar nuestro cerebro. La diferencia en la identidad y la identidad como una ilusión que cae es lo que nos devuelve el cuerpo de las cosas. Ahí está el río que divide y une, las aguas que Clara imagina a través de un puente, y también las que cargan la memoria violenta que está en el corazón de la experiencia de Una casa lejos de casa.
La imagen estereoscópica es también la imagen con que Clara Obligado cuenta sus paseos: “Para el que viene de fuera, las ciudades se establecen por comparación: «en Buenos Aires esto no es así», o «eso me recuerda a Buenos Aires». Ver la realidad con una visión do­ble, como si la observara con un estereoscopio. Los paseos se plagan de analogías”.

Stéréoscopie à la main
de Marcel Duchamp

Pero insisto, ahí está el río, y una no puede sino pensar – ahora ya mirando la ¿o debería decir LAS? tapa(s) de Una casa lejos de casa, en la versión argentina, que en esas duplicaciones, que solo coinciden en apariencia pero no lo hacen, en ese vacío calado que deja emerger lo que hay detrás, que produce un hueco que distancia pero también conecta, en ese movimiento de la imagen abierta del río que parece un mar, se instalan las figuras de esa traducción afectiva y la ética del malentendido que atraviesa toda la escritura del ensayo con distintas recurrencias: ser una “polizón” en la tradición literaria de su familia, la dislexia en la escritura ortográfica, la escucha de un Borges anglosajón, aliterado, los cruces entre el francés y el guaraní, los aquí y allá.
Por último: la otra obra concebida por Duchamp en Buenos Aires pero no “ejecutada acá”, contiene algo del humor y las peripecias de Clara. Ambas cosas. Como regalo de boda a su hermana Susanne, Marcel decide enviarle un Unhappy Readymade que consistía en un libro de geometría —que llama “un libro lleno de principios”— que su hermana debía colgar de un balcón para que, expuesto a las inclemencias del tiempo, “entienda cabalmente los hechos de la vida”. Escrito y pergeñado en Buenos Aires, el readymade se deshace en París. Este sería el modo también en que el arte del siglo XX tramó sus estrategias en los exilios forzados que lo marcaron, y que Clara no cesa de re-marcar cuando piensa la continuidad con nuestras guerras contemporáneas y los refugiados.

Raúl Antelo ha anotado, con la precisión bibliográfica que lo caracteriza, que dos escrituras vinieron a coincidir en las dimensiones espaciales y temporales de la ciudad de BUENOS Aires: la de Pinnie Wald, escritor de Koshemar (Pesadilla. Novela crónica de la semana trágica) tras los interrogatorios en el Departamento de Policía de la ciudad de Buenos Aires en 1919, y la de Duchamp, en la sucursal de Correos de San Martin y Viamonte donde manda un cablegrama que lleva como encabezado el verbo “Hacer” y remite a “una línea/ recta desde el visor y/ quebrada en varios planos desde / otro punto totalmente distinto”.
Una línea recta y quebrada, que da lugar a varios planos, en medio de las turbulencias políticas. El río y su pirámide flotante están ahí en un tiempo desfasado que mira también hacia las tragedias que vendrán.
Créase o no que Clara conociera esta historia, poco importa, ahí están en parte algunas de las razones por las cuales, Clara, como dije al inicio, tenía razón. Se trata de la edición en Argentina de un libro publicado en España, y este dato casi contractual, técnico, que parecería arrumbado para las informaciones de colofón, fue sin embargo el despunte de una política de la lengua. Luego de varios intercambios acerca de comentarios y anotaciones que yo hacía, Clara me dijo “vos querés un libro para argentinos” (me la imaginé, aunque no la veía, con un ojo levantado), “pero yo no escribo para argentinos, ni para los españoles”, y lo que sigue, no me lo dijo, pero bien podría haber rematado, como dice en su propio libro: soy extranjera. Ahí reside la impropiedad de la escritura de Clara Obligado: aquello que no es “del todo apropiado” que se sale de lo adecuado, y en reconocer la identidad como aquello que solo puede ser en tanto aloja la diferencia, y por tanto, a les otres. Gracias Clara, entonces, por hacer de la extranjería un espacio donde cabemos todes.

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