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La interpretación que vuelve - WhR - Cuaderno Waldhuter

La interpretación que vuelve

Psicoanálisis y filosofía en el nuevo número de la revista Conjetural.

Facundo Milman

No hay texto sin lectura. La lectura siempre es algo a producir y nunca revelar. Entre tantas lecturas que proliferan, el psicoanálisis es una gran máquina de escrituras singulares. La lectura vendría a diluir los sentidos establecidos de antemano porque adviene, acontece y constituye su propia particularidad. Lo puedo decir de otra manera: el texto, en cada lectura, es otro. Un texto es un encuentro y el encuentro solo se da con el otro, con lo que irrumpe y con la diferencia. Porque se es en la diferencia. El número 72 de Conjetural vendría a firmar esta lectura otra: no hay texto sin lectores, no hay sentidos establecidos y no hay modo de leer que no sea un acontecimiento.

Los límites de la interpretabilidad atraviesan todos los textos, todas las oraciones y todas las letras. Solo pensar en el texto que abre, el texto de Sara Glasman, en donde se subraya el encuentro y, sobre todo, la lectura de Lacan. Porque Lacan no solo articula el pensamiento de Freud, sino también lo conjuga con el suyo. Este es el retorno a Freud: no es solo releer y escribir sobre Freud, sino también implantarle el propio pensamiento. Inmiscuirse en la propia lectura. Hace unas semanas, le hice una entrevista a Alexandra Kohan y hablábamos sobre este mismo tema: el retorno a Lacan. Ella me decía, a raíz de un comentario que le hice, que podría pensar el psicoanálisis como escrituras al margen. Porque esta también es la forma que adquiere la palabra en la errancia y su forma más acabada es el comentario, el que se funde con la lectura y el pensamiento.

De esta manera, el comentario nos reenvía al texto de Andrea Zanzotto: En las cercanías de Lacan. Zanzotto divide los textos de Lacan de dos maneras: por un lado, estarían los escritos y, por otro lado, los seminarios. Él dice que estos los escritos responderían a dos tradiciones diferentes y, en ese mismo pasaje, lo relaciona con la tradición judía: por un lado, la Torá y, por otro lado, el Talmud. Es, efectivamente, atinado relacionar el psicoanálisis con el judaísmo. No por ser “la ciencia judía” ni porque muchos de sus avatares hayan sido judíos, sino porque el judaísmo es una tradición interpretativa tal como el psicoanálisis (¡los límites de la interpretabilidad!). Pero no por el corte, la marca o la escisión como plantea Zanzotto, sino la terceridad a la que nos arroja. Terceridad primera del psicoanálisis: el yo, el ello y el superyó. Pero también primera terceridad en Lacan: lo real, lo imaginario y lo simbólico. La cuestión ya estaba conceptualizada en la tradición judía. La terceridad en los judaísmos tiene una palabra-concepto precisa: jazaká, acción que se realiza tres veces y adquiere un sentido de permanencia. Porque el judaísmo o, desde ya, los judaísmos no es uno ni dos, son tres. No hay dos sin tres y el tres en el judaísmo se convierte, de forma inevitable, en una jazaká como, por ejemplo, los tres patriarcas (Abraham, Itzjak y Iaakov). En este sentido, el judaísmo se divide en tres tradiciones: la bíblica (la Torá), la rabínica o la del comentario (el Talmud) y la mística (el Sefer Ietzirá, el Sefer ha-Bahir, el Zohar). Entonces retomo: el psicoanálisis es la tradición creada por “un judío sin Dios”, tradición que Zanzotto también recuerda mencionando el carácter interminable: carácter o fundamento primero del Talmud, la discusión sin término. Que nos devuelve a la firma, marca y escisión lacaniana: lo escrito vs lo no-escrito, en este caso, lo oral. Así como encuentro las intervenciones escritas donde conviven el goce y la responsabilidad, también está lo no-escrito u oral. La palabra viva de Lacan fue primero grabada y luego transcrita para permitir un pasaje al acto: de lo oral a lo escrito.

De lo oral a lo escrito y de lo escrito a lo reescrito. La literatura sobre el psicoanálisis y del psicoanálisis se vuelve a escribir, aunque las lecturas abunden. El encuentro fortuito entre material y lector produce un texto. Un encuentro hace la textualidad, hace a la textualidad. Este es el caso de La angustia de la letra porque Juan Bautista Ritvo recupera una entrevista de Zanzotto donde dice: “la poesía es una lucha contra el caos”. La poesía, en tal caso, ordena. Es más, ordena y lo pienso en el sentido valeryano: la poesía es el Paraíso del Lenguaje. Porque solo en el Paraíso, el Lenguaje se encuentra ordenado. El orden se convierte en una secularización del poder (de la palabra) de Dios. Y sin embargo, el dialecto. Ritvo habla del dialecto en su comentario sobre Zanzotto como un lugar de diferencia, de resistencia y que está amenazado de extinción. En otras palabras, el dialecto aparece como variación de la poesía. Ritvo, consciente o inconscientemente, coincide con Iván Illich: el dialecto es un lugar de resistencia. Illich precisa que se trata de una resistencia que se opone al reconocimiento de la diferencia, es decir, de la diferencia entre el lenguaje capitalizado y las hablas vernáculas. No obstante, Ritvo va hasta el significado mínimo: la letra. La letra, sostiene Ritvo, carece de “especificación binaria”: no es ni uno ni otro, es uno y otro. La clave de lectura nos la da, en precisión, una letra: la “y”. Conjunción, entre o intersticio. Son ambos elementos puestos en tensión.

Entre lo puesto en tensión por uno (Zanzotto) y otro (Ritvo), nos encontramos con Luis Gusmán y el texto Una palabra por otra. El autor de Brillos habla del sueño y dice que el poeta como el sueño pueden “desfigurar la figurabilidad”. Parece, en cierto modo, estar refiriéndose al conocido adagio talmúdico: “Un sueño que no se interpreta es como una carta que no se lee” (Talmud tratado de Berajot 55a). En ese mismo sentido, el sueño produce una transmutación porque cambia lo que había por otra cosa. El sueño como el poeta operan a través de la lectura y la reescritura: captan un contenido original y lo mutan. Lalengua erra a través de la realidad, el sueño y el poema. Gusmán, por lo tanto, retoma la enunciación del poema y la opone al poeta: espíritu y carne, idea y materia. Las oposiciones puestas en tensión vuelven a funcionar para producir sentido, un sentido que irrumpe. El Yo se debate en la lucha trágica de cómo tomar forma. La existencia (del Yo) es una tragedia. Es esta la enunciación que él repone con respecto a Jakobson y “la lengua flotante”: la poesía es la decepción de una espera. Y la espera o, para Derrida, la mesianicidad sin mesianismo constituye la decepción y esperanza al mismo tiempo. Lo digo de otra forma: por un lado, decepción y, por el otro, esperanza. La poesía es la decepción de una espera que establece la prerrogativa de todo poder.

El poder, la espera y el poder de la espera necesitan del cuerpo. El texto Un sentido que no se acaba de Jorge Jinkis es una lectura del cuerpo (psicoanalítico). Lectura en donde aparecen fantasmas, espectros y espíritus junto al cuerpo. Jinkis advierte la intervención freudiana de la lectura: Freud lee el cuerpo como una conjunción entre la materialidad y el pensamiento. La operación de lectura de Jorge Jinkis es un punto nodal Conjetural porque señala que hay un resto más allá del síntoma. Un plus ultra del síntoma que detiene un sentido y siempre quiere volverlo a iniciar. En esta dirección, arranca una producción de sentido y se disuelve otra. Este recorrido de la lectura freudiana se encuentra en conexión con la escultura de Moisés. Freud tiene una expectativa, tiene un ideal, por el cual se decepciona y se activa el movimiento de recuperación. Así como Freud lee el síntoma del cuerpo y queda un resto por interpretar, la escultura de Moisés también tiene un “resto” por interpretar. En ambos casos, algo está por caer para reformularse. La tradición, que comparte su raíz con la palabra traición, tiene tres etapas: creación, represión y recuperación. La tradición psicoanalítica no es indemne a tal caso porque una vez que cae ya sea el ideal o la vieja tradición establecida, tiene que ser traicionada, recuperada y volverse a formular. Volver de otra manera como lo reprimido.

Y, si algo vuelve, es la teshuvá: el retorno. La teshuvá es el retorno a lalengua. En este sentido, puedo pensar y volver al texto que inicia el número 72 de Conjetural: Síntomas del malestar. Volver a lalengua, volver al cuerpo materno, volver al suelo afectivo. Entonces el malestar se encuentra inserto en el sujeto, que a su vez, está en la intersección del capitalismo, el progreso tecnológico y la miseria (humana, espiritual y adornada). Un sujeto que busca signos para leer el malestar en una tierra sonora cuyas inflexiones, acentos y deslizamientos construyeron una impronta más honda que animó el retorno a lalengua materna. Pero la vuelta se firma con un cambio de posición, el sujeto no es otro que un melancólico porque añora un pasado que se niega a olvidar y se convierte en un extranjero de su lengua materna. O, como dijo Isaac Bashevis Singer cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1978, una madre nunca muere realmente. Y el retorno a lalengua siempre está llegando a irrumpir en un cuerpo que se niega a olvidar.

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