El arte de viajar

Una guía perdida de Pessoa, una nueva colección de cuadernos de ciudades contadas por escritores y uno de los textos menos conocidos de Boris Vian conforman un mapa para encontrar esos singulares libros de viajes.

MARINA WARSCHAVER

“Para el viajero que llega desde el mar, Lisboa, incluso desde lejos, se eleva como una justa visión en un sueño, claro contra un cielo azul brillante, que alegra el sol con su oro. Y las cúpulas, los monumentos, los castillos antiguos sobresalen por encima de las masas de las casas, como heraldos lejanos de esta plaza encantadora, de esta región bendecida.” Así explicaba Fernando Pessoa el encuentro con la capital portuguesa, en una guía turística que escribió en inglés más o menos en el año 1925 y que estaba dirigida a visitantes extranjeros. El título original era What the tourist should see (Lo que el turista debe ver) y la guía tiene el típico estilo de las guías turísticas: la mayor parte es impersonal, pero podemos advertir, entre líneas, destellos de vuelo poético. Estaba escrita en su momento pero no encontró editor. Quedó perdida entre los miles de papeles que Pessoa tenía guardados en su arcón. Puede ser una puerta de entrada fascinante a la ciudad europea: “La maravilla del turista –dice Pessoa- comienza cuando el barco amarra y, luego de pasar el Faro Bugio –ese pequeño guardián-torre que en la desembocadura del río fue construida hace tres siglos sobre el plan del fraile Joao Turriano-, la Torre de Belém aparece como magnífico espécimen de la arquitectura militar del siglo XVI, en un estilo que mezcla lo romántico, lo gótico y lo morisco”. Así, de la mano de Pessoa, podría empezar cualquiera de nosotros, un viaje por la capital portuguesa que, después de Atenas, es la capital más antigua de la Unión Europea. Una ciudad en la que sus calles son las calles de una ensoñación, reflejo de una saudade, típica melancolía liboeta.

Hace poco, en Madrid, encontré en una librería una serie de cuadernos de la editorial Tintablanca, una colección que pretende recuperar el arte de los libros y cuadernos de viaje en la era de internet, revivir el sosiego de los viajeros de antes mientras se descubren los secretos de una ciudad. No es una guía turística pero al hojearlos lo relacioné enseguida con la guía de Pessoa. La sofisticada propuesta de Tintablanca es invitar a escritores e ilustradores que conozcan mucho una ciudad a retratarla: puede ser Madrid, París o Roma. No son estrictamente guías turísticas ni novelas sobre viajes sino el abordaje de una ciudad a través de su cultura, sus misterios y sus historias más menos conocidas. De eso se trata, por ejemplo, el volumen que Mercedes Cebrián escribió sobre Roma con ilustraciones del artista Miguel Herranz. El novelista Use Lahoz y la artista Blanca Lacasa, por su parte, fueron los hacedores del cuaderno sobre París. Allí, a través de textos y dibujos, procuraron absorber el alma de la ciudad luz.

En la introducción de este cuaderno, Use Lahoz advierte: “París es a la vez un viaje unitario y un viaje espontáneo. Por eso hay lugares, anécdotas, nombres y épocas que se repiten, que dialogan entre ellos, que saltan de un texto a otro como si se persiguieran por un escenario interminable y generoso a la hora de deparar asombros”. Y se refiere a los grandes pensadores que vivieron el París de los siglos XIX y XX. Los libros de Tintablanca ya podrían integrar una suerte de tradición cuyos referentes, además de Pessoa, podría ser Boris Vian.

El 3 de octubre de 1949 Henri Pelletier, responsable de la colección Guides Verts de la editorial Toutain, en la Rive Droite, se encuentra con Boris Vian y le propone escribir una guía del barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés. El editor quizás fuera consciente de que Vian no iba a elaborar una simple guía para turistas tipo Lonely Planet sino un texto explosivo, una enciclopedia de bolsillo con los saberes eruditos y prácticos que todo novato debía asimilar.

No era mala la decisión de Pelletier: sabía que Vian era uno de los protagonistas indiscutibles de la vida del barrio. Y no sólo era escritor: fue ingeniero, novelista, cuentista, músico trompetista, poeta, dramaturgo, crítico de jazz, compositor, conferencista, pintor, cantautor, actor, cineasta, escenógrafo, escultor, inventor, Gran Sátrapa de la Orden Patafísica, pionero de la ciencia ficción en Francia, condenado por ultraje a la moral y director artístico de la casa discográfica Philips. Nada menos. Publicado en 1979, veinte años después de su muerte, Boris Vian se despachó con su Manual de Saint-Germain-des-Prés, que en esta preciosa edición de Gallo Nero fue ilustrado por David Cauquil. Es uno de sus escritos menos conocidos, en el que no solo son objeto de descripción los personajes del barrio sino también las cuevas llenas de humo donde la música, especialmente el bebop, era la banda sonora para las charlas que el autor mantenía con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, rodeados de un grupo de intelectuales y artistas de lujo, que iba de Jacques Prévert a Juliette Gréco, de Raymond Queneau a Camus, por ejemplo, quienes también frecuentaban el Café de Flore, Les Deux Magots o Le Bonaparte, sedes oficiales de la movida. Desde luego, en este manual aparecen músicos de jazz como Duke Ellington, Charlie Parker, Miles Davis, aunque de estos Boris Vian ya venía escribiendo hacía rato como crítico de la revista Jazz Hot, un tema que para nada le era ajeno, ya que él mismo lo abordaba desde la trompeta en Le Tabou, su cueva preferida.

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