El tiempo y el río

El desbordante cauce de la escritura en los Cuentos de Thomas Wolfe.

Mariano Granizo

La edición de Cuentos de Thomas Wolfe es una muestra del espíritu de reconocimiento, previo al ímpetu de conquista. Wolfe escribirá todo lo que ve. A primera vista parece no tener una capacidad de discernimiento respecto a qué es importante y qué no. En él, la concatenación no tiene fin, la culminación del relato pareciera un absurdo. Sabemos dónde comienza, pero no donde termina, y esa ilusión creada por su editor, Maxwell Perkins, puede extenderse a otro relato como continuación, reversión, narración paralela, relato previo o lado b de lo ya dicho. Un río embravecido y calmo por momentos, un océano, un aleph expandido en plena fisión  pero con multiplicidad de entradas, como luego hará Onetti con sus novelas y cuentos, cambiando puntos de vista o incluso la anécdota, Wolfe y Onetti, cambiando nombres pese a que solo se trate de una farsa que implosiona fácilmente con una lectura atenta, global y totalizante, saltando de uno a otro cuento y luego, de manera natural, a las novelas, porque el propio Wolfe dejó el germen de  esa circulación liberada.

Hay que narrar. Los estadounidenses tienen una vocación por ello, porque en ese gesto concretan la conquista del otro y, por extensión de un espíritu infatigable, del mundo. Narran para que exista, y lo que existe lo hace porque lo atravesaron con sus palabras (es el recorrido de Kerouac por el territorio estadounidense y cruzando a México, paso infaltable); a partir de ahí, solo resta avanzar con el cuerpo en la efectivización de la conquista; narrar, mucho más que escribir, que esa reflexión sobre el lenguaje como objeto, para ser leídos por todos, para que se reconozca su conquista (de ahí el poder de la traducción de la literatura estadounidense, que llega a todo el mundo de manera efectiva, incluso pese a la eventual traición del traductor; en esto, resultan semejantes la literatura estadounidense y la rusa presoviética). Ese acto de narrar ha llevado a los escritores estadounidenses a Hollywood como adaptadores de obras ajenas o con sus propios textos mediados por otros: de Fitzgerald a Hemingway, de Cheever a Carver, de Faulkner a Auster, de Nelson Algren a Stephen King, de Chandler a Hammet, Highsmith, Grisham, Mailer, Capote, James Cain, James Dickey, Cormac McCarthy, etc.; es en este acto de conquista del campo donde todo es también derroche, una pérdida de tiempo en una práctica, aparentemente, ineficaz e improductiva.
Pero cuando el narrador prescinde (aparentemente) del lector, también ocurre algo. Este está invitado a leer, pero es prescindible. Si Kerouac se desborda como un océano, en su intoxicación poética, Thomas Wolfe se pierde en su propia narración; el río que es la escritura de Wolfe (pienso que cuando Francisco Bitar dice que Acá había un río no solo se refiere al real sino, y fundamentalmente, a esa voracidad narrativa que se ha conseguido controlar, sofrenar, domar para que haga lo que el narrador quiere de ella, no la droga de Kerouac: el caballo/río de Saer) es contenido, se sofrena, construye diques que lo embalsan y aminoran su marcha, que permiten detenerse en lo visto, en lo conquistado, por su carácter de narrador absoluto. Kerouac es un poeta que se desliza de la poesía a la narración, sin dejar de ser nunca un yo que enuncia (no es un poeta que narra, que decide hacerlo y lo ejecuta para intervenir de otra manera en la realidad como James Dickey con su “Deliverance”); Wolfe es un narrador que corre el contante riesgo de perderse en su propia narración abrumadora, abrumante, abrumada.

Thomas Wolfe

Kerouac te da ganas de ser Kerouac, mientras que Wolfe te genera el deseo de narrar, de producir una narración que sea capaz de anular al individuo: ya que éste es tan sólo una suerte de instrumento para poder llevar a cabo la conquista. En Wolfe no hay un americano poniendo en palabras lo que ve; no hay un ÉL que pueda identificarse con un yo americano de posguerra que busca en el exotismo del zen una alternativa para ese territorio que recorre, como sí hay en Kerouac. El narrador de Wolfe no existe por fuera de lo narrado; se desdibuja, cumple su función y afronta el destino de la disolución absoluta en la palabra. Lo que se ve, lo que se recuerda, lo que se imagina que podría haberse visto, lo rural y lo urbano en un desfile interminable de seres que podrían ser su propia familia jugando un carnaval frenético. El llamado, en estos cuentos y en sus novelas —El ángel que nos mira (1929) y Del tiempo y el río (1935)— a un vagabundeo del lector, así como fue el del propio narrador: Europa y Estados Unidos (Alemania y Carolina del Norte), lugares en los que, en su locura de “ver para narrar”, fue testigo de aquello que Estados Unidos, como nación, negó hasta Pearl Harbor o el asesinato de Luther King. Pero él lo vio, y no pudo dejar de narrarlo.

En uno de sus relatos, o novelas cortas, en definitiva, en una de aquellas memorables y magistrales invenciones de su editor titulada “El hijo pródigo”, Wolfe narra el regreso de un escritor que imagina y luego concreta, a su casa, a su pueblo, del que una novela en la que se podía identificar fácilmente los personajes reales que habían inspirado a los de ficción, lo había marginado, expulsado, aunque en el regreso efectivo ya todo parece haber sido olvidado o puesto en su lugar de cosa nimia. La ficción te expulsa de la realidad y se convierte en una realidad aparte para el narrador y el lector, no asumiendo que realmente pertenezca a lo que se vive a diario salvo para el que ha narrado, que es el único que encarna el texto y sus consecuencias; un río que tiene sus afluentes subterráneos que provienen de ese océano confuso e irrisorio que es lo real.
Cegado por la concatenación, Wolfe no para, no puede parar porque el camino que debe cubrir es infinito; una mirada que siempre encuentra algo nuevo que sumar a lo narrado, algo que, muchas veces, ha surgido por el paso del tiempo, que se ve por la erosión o se ve diferente por los sedimentos que cubren algo que antes estaba allí y ya no se ve. Wolfe se suelta y se contiene, en un mecánico movimiento de mareas.
La pleamar de Wolfe no está suspendida en una eternidad; se retirará y dejará la humedad y un rastro de espuma al retirarse las oleadas. Pero ahora no. Todavía no. Ahora un editor ha hecho posible la publicación de lo que es, por naturaleza, un volumen desmesurado de narración, y cuya lectura solo puede ser hecha de esa manera: traicionando a Maxwell Perkins y cayendo rendidos ante Wolfe. No queda otra que dejar atrás la espuma y sumergirse en la narración de Thomas Wolfe, es decir, aprender a nadar nadando.

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