Lo que me fascinó de Tomiris

El historiador Nicolás Kwiatkowski cuenta cómo fue el proceso de investigación sobre Tomiris, la reina de los masagetas, protagonista de su libro más reciente “Bárbara y guerrera” (Katz).

NICOLÁS KWIATKOWSKI

Cuando un amigo me sugirió que escribiera una “presentación breve de cómo fue la investigación para Bárbara y guerrera y por qué te fascinó el personaje”, acepté de inmediato con mucho gusto, aunque también con muchas dudas.
Descubrir una figura como Tomiris es, para alguien que disfruta de los clásicos pero no los conoce con profundidad, una experiencia iluminadora y, hasta cierto punto, sorprendente (“descubrir” tiene aquí un sentido algo particular: era un personaje conocido para los expertos, aunque no es de los más célebres; di con ella por casualidad, mientras indagaba las representaciones de la barbarie en Occidente).Se trata de la historia de una reina de los masagetas, pueblo bárbaro vecino de los escitas. Según el relato de Heródoto, ante la ambición que el persa Ciro tenía de conquistar sus tierras y tras una primera batalla en la que el hijo de ella fue capturado y murió, Tomiris defendió a su pueblo con gran coraje. Vencidos los persas “en el más feroz de los combates que haya habido nunca entre pueblos bárbaros”, cumplió con la advertencia de “saciar la sed de sangre” de Ciro: recorrió el campo de batalla, halló su cadáver, le cortó la cabeza y la arrojó en un odre lleno de sangre humana (Historias, I, 201-214).

Primer motivo para el interés: el “padre de la historia” encuentra que el comportamiento de una mujer bárbara y guerrera es digno de elogio, no sólo por la victoria, sino por haberse comportado con inteligencia, valentía y un sentido profundo de la justicia, aunque también con gran violencia. Si confiamos en él más de cuanto lo hacía Tucídides (quien consideraba que muchas de sus historias eran inventadas), quizás podamos comprender mejor por qué Plutarco lo llamaba philobarbaros, dada cierta benevolencia (poco común) hacia esos otros de los helenos. Asociada con este primer objeto de interés está, por cierto, una ambición de aproximarse al pasado sin verlo de manera condescendiente, como si se tratara de un pozo profundo de oscuridad indiscriminada. Vivimos tiempos de injusticias y desigualdades múltiples, entre ellas la disparidad entre varones y mujeres, que nos recuerda cuán lejos estamos de la emancipación general. La situación era aún más sombría en el mundo pre-moderno. Y, sin embargo, había mujeres señaladas como ejemplo, por su heroísmo, su valor, su poder, su justicia, su inteligencia, su habilidad, su fortaleza. Quizás sea fructífero intentar comprenderlas también a ellas y a ese señalamiento.

Segundo motivo de interés, al menos para historiadores temprano-modernistas: la figura de Tomiris fue nuevamente representada, en texto y en imagen, con sentidos semejantes aunque parcialmente transformados, desde el siglo XIV, algo antes del redescubrimiento de Heródoto por los humanistas italianos. ¿De dónde, si no del autor de las Historias, habrían tomado estos la noticia? Ese enigma fue una suerte de reto que me lanzó un querido colega e intentar resolverlo fue uno de los desafíos del libro. Más allá de si la pesquisa fue o no exitosa, emprenderla fue una bella excursión por los esfuerzos de nuestros ancestros intelectuales, hombres y mujeres que hace seis siglos se interesaron, con diversas motivaciones, por saberlo todo de sus antiguos, por recoger las fuentes más diversas de informaciones sobre ellos, contrastarlas, valorarlas, distinguir las verosímiles de las disparatadas… intentar, en suma, la tarea imposible de interrogar a los muertos con preguntas del presente, para entenderlos mejor a ellos y, quizás, también a nosotros.

Tercer impulso para examinar la historia de esa mujer tan intrigante: la iconografía y, en particular, la iconografía política. Ya desde el Trecento, con más fuerza durante el siglo siguiente, Tomiris aparece en manuscritos iluminados primero, en grabados y libros impresos luego, en pinturas, esculturas, tapices y mascaradas algo más tarde. Se trata de obras con objetivos diversos: historias, por supuesto, también tipologías que rastreaban en el mundo clásico prefiguraciones del Antiguo y el Nuevo Testamento, catálogos de hombres y mujeres ilustres que buscaban inspirar comportamientos virtuosos en el presente, defensas de la importancia de las contribuciones de las mujeres a las sociedades en las que habían vivido y, no menos relevante, el intento de justificar la capacidad de reinar de mujeres modernas a partir del ejemplo de otras del pasado, que lo habían hecho de manera destacadísima. Para desesperación (legítima) de colegas que se dedican a la historia del arte, en general los historiadores a secas solemos prestar poquísima atención al mundo de las imágenes, como si fuera posible comprender las sensibilidades, motivaciones, intereses, preocupaciones y sentidos del pasado sin considerar el elemento visual de las representaciones, esas sombras fantasmales de la memoria que, tras largos períodos de latencia, irrumpen sin ser llamadas y contribuyen a dar forma a nuestras ideas y pasiones. No podría haberme aventurado en esta búsqueda de no haber sido por un viaje. Gracias a una invitación del Leibniz-Zentrum für Literatur- und Kulturforschung de Berlín, no solo tuve acceso a recursos iconográficos que no están disponibles aquí (lamento enrostrar esta noticia a quienes piensan que todo se resuelve con una computadora y una conexión a internet: todavía no, espero que nunca). También gocé allí de una oficina con una enorme pared libre de obstáculos, sobre la que pude montar un panel de imágenes de Tomiris, para entretenimiento de académicos alemanes que me veían encaramado al escritorio, con algo de curiosidad, seguro, quizás también con el deseo secreto de verme caer de bruces contra el piso. Nuevamente, no estoy seguro del éxito de la pesquisa, veremos qué tiene para decir algún posible lector al respecto. Sí tengo la certeza de que esa parte del libro no podría haberse escrito sin aquella excursión. Recorrer archivos, bibliotecas, hemerotecas y fototecas sigue siendo una parte fundamental, irreemplazable, del oficio. Otra cuestión es si nuestros conciudadanos consideran aún que vale la pena dedicar recursos, siempre escasos, privados o públicos, a exploraciones de ese tipo. Creo que la empresa sigue mereciendo la pena, aunque no sé si en mis manos o en las de colegas más inteligentes, sensibles, entusiastas. Último desafío. Seguramente quien haya llegado hasta aquí sabe bien que escribir un texto no es lo mismo que publicar un impreso. Quienes se dedican a la historia del libro nos han demostrado de sobra que nunca lo fue. Quizás, hoy, el reto sea mucho mayor. Varios factores lo explican: la crisis de la industria editorial en general, de los libros más bien académicos o eruditos en particular; la tensión irresuelta entre el libro en papel, objeto casi perfecto para su propósito, y el texto digital, creación novedosa y polimorfa que no alcanza todavía a desplegarse del todo; la profundización de la crisis económica y social entre nosotros, panorama sombrío agravado por la pandemia. Bárbara y guerrera sufrió esas dificultades en dos editoriales hasta que encontró una casa que logró sortear esos obstáculos (con mucha amabilidad y generosidad, además). Publiqué algunos libros antes. En estas circunstancias, además de una alegría, creo que es un privilegio. Nunca estoy seguro de que vaya a repetirse.

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