Memoria vegetal

En Una trenza de hierba sagrada, la botánica Robin Wall Kimmerer reflexiona sobre la sabiduría de las plantas y lo que el ser humano puede aprender de ellas.

VICTORIA D’ARC

En un texto de 1971 escrito para el número trece de la revista de la Internacional Situacionista, el ensayista y agitador francés Guy Debord advertía que el deterioro de la totalidad del medio natural y humano se ha convertido en el problema mismo de la posibilidad material de la existencia del mundo. Por entonces, Debord no planteaba la posibilidad de salvar el mundo sino (y tan solo) se preguntaba cuál era el plazo que quedaba. “Una sociedad cada vez más enferma pero cada vez más poderosa ha desarrollado un movimiento de dominación de la naturaleza que no se ha dominado a sí mismo”, escribió Debord. De algún modo esas palabras están sintetizadas en una obra de la artista Margarita Paksa cuyo título es “El avance urbano” (1996): una placa de acero que acecha un rectángulo de césped, como si el mundo fuera una lata y la abriéramos para ver lo que hay dentro. Una imagen directa que prescinde de la metáfora. Ese nihilismo de Guy Debord se advierte en Paksa y también en una instalación del artista uruguayo Rimer Cardillo, “Cupí de Buenos Aires”, que podría describirse como un montículo confeccionado con moldes de aves que murieron estrelladas contra los grandes edificios vidriados de las ciudades. Cupí, en guaraní, significa nido de hormiga y, a diferencia de esas construcciones que conviven con la naturaleza, las del hombre intervienen de una manera brutal sobre el paisaje. De ese modo, ambas obras, desde su lugar y con recursos metafóricos opuestos, reflexionan sobre la naturaleza y ambas formaban parte de una exposición que pudo verse en el CCK. Recordé esas obras al leer Una trenza de hierba sagrada.  

A través de historias personales y relatos indígenas, la botánica Robin Wall Kimmerer se propone en este ensayo pensar y difundir las enseñanzas de las plantas a através de su experiencia como científica, como madre y como mujer. En esa conjunción, Kimmerer reproduce una dinámica ancestral. La tradición occidental, dice la autora, reconoce una jerarquía para las criaturas, en la que el ser humano se encuentra en la cima mientras que las especies vegetales están en la base. Sin embargo, en los saberes indígenas, el ser humano es “el hermano pequeño de la creación”: la criatura que menos experiencia tiene en la vida y, por tanto, que más debe aprender del resto de las especies, que son las maestras que nos guían. “Estas transmiten sabiduría a través de la manera en que viven. Enseñan con el ejemplo. Llevan aquí mucho más tiempo que nosotros y, por tanto, han podido comprender más y mejor. Viven por encima y por debajo de la tierra, unene esta con el mundo del cielo. Las plantas son capaces de utilizar la luz y el agua para crear alimentos y medicinas. Después, nos los entregan.”

Durante años, Kimmerer se dedicó a dar clases de Botánica General a chicos y chicas de dieciocho años. Lo hacía con diapositivas, diagramas y relatos que –imaginaba– maravillarían a sus alumnes por el sorprendente proceso de la fotosíntesis. ¿Cómo alguien no podía asombrarse de la forma en que las raíces se abren camino por la tierra?, se preguntaba. Y sin embargo, la mitad de la clase se dormía en los asientos del fondo. Hubo algo que entendió la docente: y es que gran parte de su alumnado nunca había tenido una relación directa con la tierra. Los vegetales que consumían, si es que los consumían, eran conseguidos en el supermercado. Por eso, en algún momento de lucidez, decidió comenzar sus cursos en el huerto. A partir de esas experiencias, y de las críticas a las modificaciones que hizo el hombre en los procesos de agricultura moderna, basados en motores y combustibles fósiles, para adaptar la tierra a las plantas y no al revés, como es el proceso natural, la llevan a reflexionar sobre los profundos cambios –a veces imperceptibles a simple vista pero de todos modos profundos, como la desaparición de un insecto o la mutación de otro– que se están dando en la tierra. 

La ciencia, para Kimmerer, es una especie de poema y lo cita de esta manera: “El dióxido de carbono y el agua, combinados en presencia de la luz y la clorofila, dentro de la hermosa maquinaria membranosa de la vida, producen azúcar y oxígeno.” Ese es el poema. Esa es la fotosíntesis. El aire, la luz y el agua se entreveran en dulces bocaditos de azúcar: es la esencia de las secuoyas y los narcisos y el maíz. La paja que se vuelve oro, el agua que se convierte en vino, la fotosíntesis es el vínculo que une el reino inorgánico con el mundo vivo, que anima lo inanimado y que, al mismo tiempo, nos proporciona oxígeno. “Las plantas nos dan aliento y alimento”, escribe Kimmerer. ¿Cómo pueden la ciencia, el arte y la literatura proporcionarnos una nueva lente para comprender esa relación?, se pregunta en Una trenza de hierba sagrada. En 1970, el artista Luis Benedit realizó una serie de investigaciones biológicas a partir de organismos vivos en sus obras y así surgió “Pecera para peces tropicales”. Víctor Grippo lo hizo en 1977 con la conoida obra “Energía vegetal”, donde exploró las posibilidades de la papa en la generación de energía alternativa a bajo costo. Pero si tuviéramos que elegir una obra que ilustrara este libro de Kimmerer debería ser la obra “Modificar” de la artista costarricense Lucía Madriz: un mandala trazado meticulosamente en el suelo con diferentes tipos de semillas. Un símbolo. Un gesto. Una forma de reflexionar sobre lo que el ser humano está haciendo con el mundo. Lo que es también este libro.

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