Sobre el viaje que termina

Después de meses de aislamiento, empezamos a pensar en volver a viajar. Aquí, el escritor Francisco Bitar, en un ensayo inédito, reflexiona sobre el sentido y las perspectivas del viaje familiar.

FRANCISCO BITAR

El viaje se termina cuando, con el equipaje mal compartimentado en el baúl, nos subimos al auto y ponemos el motor en marcha. Sería raro que alguien viniera a despedirnos, deparando una última sorpresa, una breve aventura final, por lo que no queda más remedio que quitar las balizas y ponerse en marcha. Bueno, eso es todo, nos decimos, y sin embargo la sobrevida del viaje se prolonga todavía por algunas horas, hasta que llegamos a casa y volvemos a nuestras rutinas. Entre una cosa y la otra, contra el paisaje que se desliza por la ventanilla, nos sumergimos en consideraciones algo melancólicas sobre el viaje terminado, a cuál más fugaz, sin sacar nada en limpio del divague.
En un principio, se impone una sensación de deber cumplido: es un alivio haber llegado con vida hasta el final y alegra dejar atrás este destino, algo que hacemos con cierta premura. Porque tenemos la seguridad de que el viaje no hubiera podido durar un solo minuto más sin empezar otra vida en esta ciudad apenas conocida, con el incordio que eso representaría. Hasta hace un segundo, cada lugar visitado se mostraba luminoso y ligeramente excitante, cada rostro desconocido resultaba amigable o misterioso; ahora hace falta demorarse un minuto para que todo vire al achatamiento cotidiano, con el agravante de que aquí no somos nadie: de quedarnos, habría que hacerse un nombre, algo desde todo punto de vista inconveniente a esta altura. Queda claro, en todo caso, que las posibilidades del viaje se han agotado de golpe; ya no habrá más que aquello que supimos obtener de él.

En este punto, lo mejor es no ser tan duro con uno mismo. Nadie sabe qué tan exitoso puede ser un viaje porque nadie sabe con exactitud qué se viene a buscar antes de emprenderlo. Desde luego: el propósito nunca tiene que ver con su realización, que se liga más bien a lo imprevisto. Un beso furtivo, un nuevo amigo con quien iniciamos un proyecto, un súbito dejarse llevar hacia una fiesta. Como estas cosas son tan raras en un viaje como en la vida real, más vale no hacerse ilusiones al respecto. Así y todo, por prevenidos que estemos a causa de decenas de viajes insignificantes, igual se sufre: sin nada sobresaliente a primera vista, queda la sensación algo decepcionante de no haber conseguido lo que veníamos a buscar.
El mío fue un viaje familiar, en que cada actividad emprendida, cada viaje dentro del viaje, estaba dedicada a mis hijas. O si aquella actividad era una de adultos –una muestra, la visita a un amigo– estaba limitada por la paciencia de las nenas. Ahora somos padres, y el saldo del viaje en buena medida se resume en la felicidad o el fastidio de nuestros hijos. En cómo se portaron, en suma. Por suerte para nosotros, y por gracia de nuestras hijas, se portaron bien. En este sentido, puede decirse que el viaje fue amable, incluso divertido.

El turista es el gran transformador del tiempo ocioso en tiempo productivo

Pero la deriva del viaje de un padre puede constatarse en la muda de ropa de salir (un pulóver leñador y un pantalón nuevos, en mi caso) que llevé con intenciones de vestir durante una ocasión especial, y que no salió de la valija. Oportunidades no faltaron, pero sí hizo falta el cambio de aire necesario como para entrar en una ropa distinta. Cambiarse de ropa, sobre todo si se trata de ropa querida, supone una disposición que el trajín del viaje no propicia. De modo que, así como salieron del ropero, sin desdoblar, volverán a archivarse el pantalón y el pulóver en el ropero del que salieron.
Sobreocupados y exhaustos, quizá la pregunta sea por qué viajamos. La respuesta: porque estamos en vacaciones y eso es lo que la gente hace en vacaciones. Suspendidas las obligaciones, hay que encontrar una manera de ocupar el tiempo, y el hombre moderno puso el viaje en ese lugar vacío. Desde luego: el turista es el gran transformador del tiempo ocioso en tiempo productivo, para lo que hace falta un lugar que lo facilite con sus distracciones. El turista es quien ha pautado su viaje como si se tratara de un día de trabajo, y un buen destino turístico es aquel capaz de completar la agenda con ese trabajo invertido: la ocupación en la que se gasta dinero. No sabría decir cuál fue el papel que jugamos con mi familia durante los tres días que duró el viaje. Como turistas, dejamos mucho que desear, con nuestras constantes demoras y nuestros planes cancelados a último momento a causa del cansancio. Pero tampoco éramos viajeros, desde que no hubo tiempo para olvidar ni por un segundo el lugar del que vinimos. De hecho, el destino elegido fue Rosario, es decir, un viaje corto para un santafesino. Fue por esto mismo que la elegimos: para no sentir del todo que habíamos viajado, y así no tener la necesidad de reanudar la vida anterior al viaje porque, en primer lugar, nunca había sido interrumpida.

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