¿Lobo está?

La nueva novela de Agustina Perez editada por Club Hem

Paula Puebla

Es sábado, número 6. Desde que comenzó noviembre, el mes atravesó todos los climas posibles. En esta calle transitada de Palermo, el sol ya giró y una brisa fría recuerda la traición térmica de la que es capaz la primavera. Entusiastas de “la vieja normalidad”, la gente se agrupa primero en la vereda del Multiespacio Korova, luego adentro. Conversan, ríen, celo (un poco) esa facilidad al tiempo que una fuerza animal dentro de mi cuerpo la rechaza. Una mesita muestra el catálogo de Club Hem; a mi juicio, uno de los menos pretenciosos y mejor posicionados de la escena editorial.
Agustina Perez llega vestida con una falda irregular y una blusa de mangas jamón, mimetizada con la protagonista de su libro: Caperuxita —con equis, para porfiar al autocorrector entre otras cosas—, una versión caleidoscópica, astillada y rococó de la niña inocente de la icónica prenda roja. Este es el texto breve que leí acerca de la novela, cuando se prendió el micrófono y el agobio del roce social dio un respiro para darle paso al ansiolítico que es literatura.

Caperucita Roja es un cuento infantil. Caperuxita, una novela degenerada. De género, guacha; apátrida, de categoría. Es una historia breve pero no lineal. Al contrario, es escurridiza, lisérgica, voraz. Es un texto inasible, alucinatorio en el detalle, de bordes brumosos y quiebres múltiples. Quizás porque “el poder de la literatura es mayor del que [¿Agustina Perez?] suponía”; quizás porque es una primera novela —de una escritora mujer, joven, que proviene de aquellas tolderías con credenciales a las que llaman “las letras”— que no se pliega. “Caperuxita sola”, inorgánica: no solo se niega a que la rapten y bauticen los mercados de la chick lit, sino que además los rechaza. Se niega a repetir que “la culpable es la cultura”, prefiere una enunciación propia, adulta, madura. Perez insufla onirismo aventura y barroco en Caperucita Roja y borra, así, todo rastro infantil.
De Caperucita Roja sobreviven los signos; con el resto, Agustina monta un bacanal saussureano, un laberinto lingüístico lleno de textura, de música, de color. Lengua propia, lengua lúdica, o como dice mi musa Moria Casán, lengua karateka: ya no hay “letras concatenadas” sino “un juego de la oca con estancos y huecos”. Si la palabra es santa, entonces Caperuxita es la estampa viva de lo profano. Spoiler alert, tapa de libro.
La novela de Agustina Perez demanda, y eso es bueno. Demanda atención, tiempo, disposición física, afluente cognitivo. Nada de lo que tenemos a mano en el mundo del descarte y de la prosa narcisa, de burguesías soporíferas e imaginaciones zozobrantes, estandarizadas, sobreadaptadas a la tiranía del Me Gusta. Pero Caperuxita nos hace creer a los lectores que somos nosotros los que nos aproximamos a ella cuando, en realidad, es ella quien nos engulle y deglute. Caperuxita psicopatea; Caperuxita se traviste; Caperuxita es el lobo. Y es en sus fauces, en la oscuridad de la razón, en el momento en el que el lector depone la búsqueda por un sentido, cuando “los caracteres del libro de la niña decimonónica” se ofrecen en su mayor esplendor. Relájate y goza, parece decirnos Caperuxita mientras la pasa mal. Crucificada, astillada, casi ahogada, prendida fuego, muerta y resucitada: formas de ofrecerse al sol “para que lo beatífico ocurra”. Lecturas de género, abstenerse.

La novela narra una travesía a la vez que “una cartografía de la pérdida”. Agustina Perez escribe: “La fosa que separaba la Tierra Reseca de las Últimas Poblaciones tenía una longitud de trescientos codos”. En el medio, un puente de espinas hecho por una hacendera. En el medio, el dolor, el fuera de cálculo. En el medio, los obstáculos, la obcecación. En el medio —y de esta hebra pende mi hipótesis—, la escritura. Porque Caperuxita también escribe. Y a Caperuxita la lee Mirto Dermi, la maravillosa, la heróica del baobab. Quiero decir: Agustina Perez cruza el puente con su protagonista. Se acompañan en el trayecto, se escriben el destino la una a la otra, con Google Maps o sin él, espalda con espalda, portadoras sanas y clandestinas del síndrome Thelma & Louise. Porque, en definitiva, “bastaban dos para el milagro que era empecinarse”. Primera novela, divino tesoro. Alegoría. Alegría. Caperuxita puede ponerse existencialista porque no se priva. Pero no derrapa ni en la moral ni en la moraleja. Es tránsito puro, es delectación del instante. Atravesar. Arrojarse. De lo predecible en las Tierra Resecas a lo imponderable en los bosques sombríos de las Últimas Poblaciones. Porque donde hay un núcleo, un reino, hay un márgen, un ruedo. Zonas en pugna que no existen sin la otra y en la que Agustina Perez planta sus elementos y da inicio a la guerra santa. Lamborghini y la Biblia, la misma cosa acaso.
Entonces, la interrogación. ¿En qué momento una primera novela deja de leerse como una unidad de sentido para leerse como la inauguración de una literatura? “Mandada a hacer, deshace”: la descripción es de Agustina Perez sobre Capexucita pero bien podría ser su viceversa. ¿Qué hizo falta para “amujerar” a la unívoca niña de caperuza roja cuya fama se anuda a un femicidio for kids? ¿Cuándo “el corazón de lo escrito” es capaz de ser reducido a cenizas y ser vuelto en alguna forma de vanguardia? Espejismo, espejito; máscara, mascarada: Caperuxita es el lobo, Caperuxita es Agustina Perez, Caperuxita también es el lector.

Agustina Perez
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