Sobre la superioridad de las mujeres

En este ensayo inédito, el escritor Francisco Bitar parte del aura que envuelve a las mujeres para tratar de entender la diferencia entre los géneros.

FRANCISCO BITAR

En mi experiencia, la superioridad de las mujeres es indiscutible.
Creo que se puede atribuir al desarrollo físico que se produce en la adolescencia, un estirón extensible a lo madurativo y lo social. De hecho, las mujeres alcanzan la adolescencia cuando los hombres son todavía niños, dejándolos atrás sin ninguna referencia del otro sexo: su desarrollo precoz, repentino como se presenta, despierta la admiración de esos niños a la vez que rezaga a las niñas que todavía no se desarrollaron. En consecuencia, los varones quedan atrapados en el intervalo: son incapaces de alcanzar a estas chicas, súbitas mujeres, pero también de conformarse con las niñas que todavía se parecen a ellos; luego de probar la fruta perdida (o ante la posibilidad de hacerlo) todo lo accesible pertenece al montón.
Desde luego, este desarrollo físico viene acompañado de un crecimiento en lo social: ahora son los chicos más grandes, más hombres, quienes las merodean y las invitan a salir. Ahora las chicas no vuelven a cenar a su casa, para lo que han inventado una excusa, aprendiendo a mentir. Ya estamos hablando del mundo de la noche, del que no hay retorno; en todo caso, la noche es tan lejos como se puede ir cuando se trata de la experiencia, que es casi decir lo mismo. Y todo esto ocurre cuando los varones de la misma edad todavía se juntan a jugar a la pelota (a esto, los varones lo harán durante el resto de su vida. Todavía hoy, cuando voy a jugar al fútbol, me pregunto si no será esa una forma más de confirmar mi precariedad frente a las mujeres).

En mi caso, este escenario se correspondió con mi primer enamoramiento, desde luego imposible y desesperado (si bien hubo otros antes, este puede considerarse mi primer amor, justamente en proporción al tamaño del desconsuelo). Ella, a quien llamaremos B, era una chica dulce y amable en sexto grado, que al cabo de aquel verano, se convirtió en una amazona descomunal. Al mismo tiempo que me volvía loco por B, yo sentía que la niña que había en ella se escurría en un pasado que yo todavía habitaba.
El desfasaje se hizo evidente cuando, a mediados de séptimo grado, ella empezó a apurar la salida para encarar en dirección al edificio de la secundaria. Qué pasaba allí, para mí era un misterio, pero desde entonces fui capaz de sentir el frío que recorría nuestros intercambios: si todavía B condescendía a cruzar una o dos palabras, incluso si aceptaba dar un paseo conmigo, parecía hacerlo nada más que por los viejos tiempos. Con todo, ni ese paseo ni esa conversación duraban demasiado: pronto invadía a B la impaciencia de pasar a otra cosa que ya no tenía que ver conmigo, donde, yo lo notaba, había posibilidad. Desesperado, pensé en confesarle mi amor en las sierras, durante el viaje de despedida, que fue cuando B se puso de novia con un coordinador junior de un contingente de Buenos Aires. 
En virtud de esta marca, la de una desventaja de base, es que vivo toda expresión femenina, hasta la más insignificante o la más abiertamente trivial, como una forma de la gracia. Claro que lo mismo ocurre con cualquier tipo de insinuación, por peligrosa que sea, contra la cual debo luchar cuerpo a cuerpo para llegar a saber si convendría declinarla. Teniendo en cuenta el lugar del que vengo, ¿quién me creo yo para renunciar a una propuesta?

Y es que me domina una debilidad anterior, automática. Porque esta diferencia de estaturas no solamente me vuelve inferior a ellas sino que agiganta también la imagen de las mujeres. Frente a las mujeres, mi espíritu crítico entra en suspenso antes de que yo me proponga hacer algo al respecto. Se diría que las mujeres llegan a mí envueltas por un aura (por un blindaje) que sólo cede con el tiempo, a veces frente a la evidencia de un romance tórrido e inexplicable.
Todo esto se confirma en mi manera de seducirlas, que no tiene nada de sutil ni de espectacular, sino que, por el contrario, es insistente y trabajosa. Ocurre que, así como me pasaba con B, no quiero renunciar a la mujer que me gusta a cambio de otra que me correspondería, por la paridad de nuestras cualidades. De hecho es al revés: debe haber cierta dificultad para que todo valga la pena, porque si las cosas son fáciles entonces nada me habla de mi devoción originaria, que es esta: la de admirarlas antes que poseerlas, la de perseverar en la espera. Sólo resta trabajar y trabajar. (Cabe preguntarse todavía, aunque ahora entre paréntesis, por el caso opuesto es decir, los muchachos mayores que seducen a jovencitas. Nunca conocí a ninguno, aunque los vi apoyados sobre el capot de su auto en la puerta de mi escuela secundaria. Se diría que no existen, porque siempre están en otra liga, o que existen sólo a condición de que uno note su presencia. Más allá de esto son como aves de rapiña que, a falta de presa, vuelan más allá hasta convertirse en el problema de la próxima escuela secundaria. Se diría que, como todos los hombres, ellos también sufrieron el desaire en primer lugar, pero, incapaces de la templanza necesaria para asumir una posición para siempre desventajosa, se convirtieron en verdugos. Los odiaba entonces y los desprecio todavía hoy).

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