El origen de la ficción

Fernando Chulak habla de cómo escribió la novela con la que obtuvo el Premio Gombrowicz

Paula Puebla
Fernando Chulak, narrador
Foto: Gisele Velázquez

Tilde, tilde, cruz es la segunda novela de Fernando Chulak. Fue ganadora del Premio Gombrowicz por un jurado compuesto por Martín Kohan, Ariana Harwicz y Eduardo Berti en el año 2019 y, a treinta años de la creación de Beatriz Viterbo Editora, irrumpe en la escena con una historia que construye una ficción dentro de la propia ficción. Fascina con una prosa rumiante y lacónica, que lleva la lectura al vértice, a la incomodidad. Los días de Laurita Vallejos en Epecuén formulan preguntas sobre la soledad, la farsa, los nudos familiares y las verdades que arden cuando no son dichas. Enmarcado por la fronda de un árbol reverdecido y la compañía pendulante de su gato, Chulak confesó ser “un caos para todo, menos para escribir” y contestó estas preguntas para Cuaderno Waldhuter.

— ¿Por qué Epecuén?
— Epecuén surgió hace muchos años, diez o quince quizás. Yo había ido una vez a Carhué, que está ahí nomás, y fui sabiendo lo básico que cualquier turista sabe. Y con una especie de morbo también, porque es una belleza bastante atípica la que tiene el lugar. Me volví con una sensación tan pero tan fuerte, tan extraña, tan de haber visto algo irrepetible. Porque estás viendo algo que es concretamente una ruina, pero con elementos del presente muy ahí, muy concretos. Por ejemplo, vas caminando por las calles y capaz que te encontrás las ollas que habían usado el día anterior a la inundación. Entonces me di cuenta de que era un lugar que quería usar. No escribo un género distópico, ni de casualidad, ni cerca, pero sí supongo que es una suerte de distopía lo que uno ve ahí.
La historia de Epecuén es que se inunda porque hubo una represa o un dique que no se hizo, algunos dicen que por prioorizar la parte turística del lugar. Pero ¿qué hubiera pasado si se hacía esa obra? Me interesó generar una historia paralela de ese pueblo como si hoy siguiera vigente. Eso me permite construir un Epecuén alternativo, que es real y mío. Nadie me puede decir que en ese Epecuén alternativo las cosas no son de esa manera. Lo busqué y es algo que vengo trabajando en montones de cuentos, en la novela anterior, Jauría, y en esta novela. Yo sé donde está cada cosa en Epecuén, sé las calles, sé absolutamente todo: que sobre la Avenida San Martín está Calzados Alberto, que justo antes está la YPF, etc. Todo eso yo lo sé y está en mi cabeza. No necesito que nadie más lo vea.

— Además pensado a lo largo de la obra, ¿no?
— No me imagino, de hecho, escribiendo una novela fuera de Epecuén.

Epecuén

— La protagonista de la novela llena sus días con diferentes actividades que, a ojos del lector y quizás también de Ana María, la vecina, no se ajustan a la normalidad, mucho menos a esa normalidad de pueblo. ¿Cómo pensaste al personaje? ¿Guardan un sentido para vos las obsesiones de Laurita, como los inventarios que lleva sobre los viejos de Epecuén o los objetos que levanta de la calle?
Al personaje lo armé en un inicio en una forma un poco intuitiva. Fue el tono el que me fue marcando cómo iba a ser ella. Primero empecé a armar la forma en que hablaba o describía, que después no quedó en la novela, pero sí quedó en mí. A partir del fraseo incluso, yo sabía cómo ella pensaba las cosas, cómo las adjetivaba, cómo las veía. Esto que vos decís de los tesoros, como los llama ella, es una cuestión muy fetichista que tiene, es un personaje que está muy atravesado por lo infantil. Por un lado, tiene que desarrollarse en un mundo adulto, con responsabilidades de adulto, sin tener una figura que la haya marcado desde la adultez. En ese juego yo traté de moverme; y los objetos tienen que ver con lo infantil, con aferrarse; las rutinas con llenar su tiempo porque la verdad es que no tiene tampoco muchos vínculos sociales más que los obligados y su amiga Adriana. Nada más.

— A pesar de la soledad del personaje, y de los lazos que mantiene un poco lateralmente, la novela aborda el tema de la familia, de una familia que parece escindida entre los que no están (o se fueron) y los que se quedaron. Y en ese “quedarse” hay para Laura una suerte de dignidad y hasta un derecho a la simulación, a la manipulación, a la mentira. ¿Qué pensás que viene a decirnos la construcción de esa “realidad”?
Fijate que ella no es la que impone el sistema. Ella lo ve al contrario: ellos le impusieron ese sistema en el que se tuvo que quedar a cuidar al papá y contra eso se revela. Entonces ella dice “entonces ustedes bánquense estas reglas, miren cómo las moldeo a mi gusto”.
Probablemente eso hable también sobre las familias a nivel general, sobre esta estructura que ya viene dada y que Laurita, en este caso, va deformando para hacer lo que se pueda. Quizás forzando la estructura, las reglas internas de la familia, sus reglas extrañas. No solo tenés el tema del cuidado del padre, de que Laurita es la que se queda, del vínculo con las hermanas y los hermanos por Whatsapp, y la plata, que es un gran tema dentro de esta familia; sino que también tenés el arraigo con un lugar. Ya está, ella está forzada a ser el vínculo con el lugar. Para que el resto se haya podido ir, ella se tuvo que quedar. Se sacrificó a un miembro de la familia para que el resto pueda desarrollarse, en sus términos obviamente, que no son los de ella.

— Bueno, en una época la soltera de la familia se quedaba a cuidar a los padres, o el hermano mayor iba a la escuela y el resto a trabajar. Me parece que entre la astucia de Laurita y la negación por parte de los hermanos, hay un trabajo muy sutil sobre lo no dicho.
Lo que más me interesaba de lo no dicho era el tema de la madre. Tal es así que yo tenía ganas de no mencionarla en toda la novela, ni siquiera aludirla, quería trabajar sobre esa ausencia de manera manifiesta. Pero después me pareció que lo necesitaba, que había ciertas cosas de Laurita que quedaban expuestas de mejor forma si yo hacía referencia a la madre, que muchos atributos de su personalidad quedaban más potentes si podía oponerlos a eso.

— Muchas veces las ideas que uno tiene desde el comienzo lo arrinconan a uno como escritor…
Sí, totalmente. No sé si te ha pasado alguna vez. Muchas veces el primer capítulo para lo que sirve es para ir calentando motores, encontrar el tono, y después desaparece o se convierte en otro. Por ejemplo, “Apagón” era el primero originalmente y quedó número nueve.

— Hay una rareza desde el comienzo mismo de la historia que, por momentos, parece quedar atrás. Pero que, de inmediato, en una frase, un pensamiento, una reacción, vuelve a la protagonista hacia lo extraño, lo border, lo no-normal, dicho de una manera muy tosca. Lo asocio a lo que decías antes, de que Laurita es un personaje obligado a la adultez pero con una mirada muy infantil. ¿Qué ventaja te dio escribir en ese borde? Porque la lectura te lleva a pensar que esa chica es una adolescente, luego alguien más grande; o que tiene un retraso, una enfermedad mental.
Para encontrar esa ventaja lo fundamental fue no explicitar nada: ni esta chica tiene un retraso, ni tiene X patología. Me parece que cuando le ponés una etiqueta, cuando lo definís, y que tampoco es algo que me corresponde a mí, se te cierra muchísimo el universo, te ajustás a que tenga que ser de tal o cual manera, a que tenga que tener determinado rasgo. A mí no es lo que más me interesaba. No sé cuáles son los atributos de un retraso mental, que además supongo debe haber quinientas patologías que incluye un retraso. No sé si alguien de esas características puede leerse todas las enciclopedias y aprender diferentes cosas, no lo sé, no tengo la más puta idea, no sé si podría administrarse por sí sola los sobres con dinero que le mandan. Soy totalmente ignorante en el tema y me interesó mantenerme ignorante. Suena mal pero es la realidad.
Además hay otra cosa, que el texto esté en primera persona obliga a que el personaje se defina a sí mismo, no que yo lo defina. Si fuera en tercera, sería distinto, me parecería una bosta, porque subestima al lector, porque es aburrido, porque te genera un texto plano. En cambio acá, que Laurita se defina por sus pensamientos, por sus ideas, por sus palabras y acciones, te la deja en ese borde difuso que decías, de sus capacidades, de su edad, de las necesidades de su edad. Un montón de preguntes que yo me hice, que ni siquiera estaban o estoy seguro de que fueran verosímiles. Yo creo que sí, al menos fue mi intención. Lógicas, no estoy seguro. Te doy un ejemplo: la sexualidad. Si es una chica infantilizada, ¿cómo tiene que ser su relación con lo sexual? Para mí eso fue una gran decisión. ¿Tiene que tener una relación con lo sexual? Y si la tiene, ¿de qué manera? Si yo no dejaba al personaje en ese borde, todas esas preguntas se respondían fácil. Y si se respondían fácil, era aburrido.

— Hay un personaje que observa la dinámica de Laurita e intenta intervenir. ¿Cómo pensaste a Ana María, esa especie de cámara, de ojo dentro de la historia?
Surgió en el camino. Sí hay algo de lo que decís, entre muchas comillas, que intenta traer un poco de sentido común. Pero para Laurita ese sentido común es el anticristo. Si una vecina te viene a poner florcitas en la puerta de tu casa, vos pensás que es un amor. Para Laurita es una hija de puta, porque viene a ponerle plantas con un plan totalmente retorcido, porque en su cabeza Ana María es una retorcida. Ana María es una intrusa en el paraíso de Laura, que viene a arruinar su soledad, una soledad que tiene una parte de autoinflingida.

— ¿Qué es un libro para vos?
Cuando me lo preguntaste, lo primero que se me vino a la cabeza es la imagen, caprichosa, de estar abriendo el libro. No estar por la página sesenta, no haberlo terminado, no estar haciendo todo el análisis posterior que podemos hacer, ni tampoco el proceso de escritura. En ese sentido, hay toda una parte de ilusión que uno se hace: “a ver qué tiene este para decirme”.

Foto: Gisele Velázquez
Compartir