La comunidad de los muertos

La nueva ficción de Salvador Izquierdo y la posición del cuerpo en el arte

Facundo Milman

Si se trata de escribir la lectura, Roland Barthes es la referencia directa. Pero cuando la apuesta se duplica no solo por escribirla, sino también por construir una ficción, entonces estamos asistiendo a un nuevo evento. Una comunidad abstracta (Beatriz Viterbo) de Jorge Salvador Izquierdo parece ser esto: una novela que escribe una lectura y, por cierto, una lectura sobre la posición del cuerpo en el arte.
Izquierdo compone una ficción que está alojada en Vancouver por el arte del cuerpo, por su posición y su violencia. Investiga sobre la puesta en escena de los artistas, escritores y poetas. Entonces la novela se cifra en un doble gesto: la lectura y el cuerpo. Y si algo podemos advertir a través de la lectura, es que para leer se necesita un cuerpo. Se lee con el cuerpo. La ficción tematiza a través de todo el texto la vida de distintos artistas (su nacimiento, su obra y su defunción), pero siempre hay algo del cuerpo que se juega en cada uno de ellos: una puesta en escena, una performance, una posición de lectura.

Cada artista, una obra; cada cuerpo, una performance por celebrar; cada vida, una tragedia deliberada para cada uno. Este es el caso de Rudolf Schwarzkogler, uno de los artistas más mencionados en el libro, y la amputación (total y gradual al mismo tiempo: total porque se quita de cabo a rabo el miembro y gradual porque tanto avanza como transgrede al concepto de amputación) de su pene mientras que un fotógrafo registra el momento. Rudolf Schwarzkogler hizo de su cuerpo la metáfora del anarquismo: la destrucción y, en este caso, la amputación son fuerzas creativas. La destrucción y el registro del evento es la creación de una nueva forma: una nueva forma de erotismo. El erotismo es o, por lo menos, funciona como el disfraz que esconde la pulsión de muerte.
Asistimos a la lectura de un cuaderno de anotaciones sobre el cuerpo, aunque es más que eso: una investigación sobre ¿qué es mejor, rascarse la espalda por debajo de la axila o por encima del hombro? Pero es una investigación y un itinerario a través de distintos artistas. El protagonista compra un libro en una mesa de saldos, compra 50 artistas del Siglo XX que usted debe conocer y, si bien es un recorrido, detecta algunas variaciones como la repetición o doble entrada de Picasso y las sólo cuatro entradas de artistas mujeres entre cincuenta. Es decir, de nuevo, estamos frente a un doble gesto: nuestra lectura es, a la vez, la lectura del narrador que detecta fallas, irregularidades o desvíos. Porque, al fin y al cabo, es una lectura en diagonal. Son anotaciones, comentarios, pequeños bosquejos buscando un sendero para encontrar algo y aquello que se escruta es una huella. En este sentido, hay dos planos que se superponen: la casualidad y la palabra debido a la coincidencia entre el signo y la letra. Y sin embargo, se vuelve interesante notar que la letra puede ser entendida como signo, como firma o como huella. En otras palabras, la búsqueda de una huella en un libro es el encuentro fortuito entre un sujeto y una textura: una lectura. No hay texto sin lectura. Lectura de una errancia y, al mismo tiempo, de un cuerpo.

La lectura, la huella y el cuerpo nos reenvía al narrador-protagonista de las notas que se encuentra escondido entre los artistas. Pero solo sabemos que reside en Vancouver y se sitúa allí por una residencia artística. A medida que vamos avanzando, nos topamos con una deflación de su voz y, en consecuencia, la inflación de las notas. La construcción literaria es la de un investigador que se topa no solo con su objeto de estudio, sino también con los errores que va detectando en los libros. De hecho, se dice “elitista” porque es un crítico cultural y tiene que distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de la aberración, el bien del “kitsch populista”. Hay una voz presente en su ausencia, esto es, un fantasma que deambula entre los nombres: el espectro del crítico.
Recoger, subrayar y señalar estos datos nos dirigen a la conclusión de la novela. ¿Por qué Una comunidad abstracta? ¿Por qué elegir ese título? Advertimos, de nuevo, una doble razón. Por un lado, la comunidad de los artistas que recorre a partir de Rudolf Schwarzkogler, pasando por Picasso y terminando en Frida Kahlo. Frente a esta comunidad de los santos, el narrador también es un traidor a la patria (artística) y, por otro lado, retoma a Kurt Vonnegut donde hace mención a la aprobación de su comunidad si hubiese muerto durante la segunda guerra mundial. Dicha comunidad también es una comunidad abstracta porque es la comunidad de los muertos.
La muerte es el tema regente de la novela y de esto nos percatamos recién al final porque “todos los caminos llevan a Roma”: de la tierra venimos y hacia la tierra vamos. La escritura de Izquierdo marca el itinerario de las posturas del cuerpo en el momento de escribir y la escritura es escritura para la muerte. El libro y la investigación son depósitos de memoria tras la muerte. Una muerte que es parte de la comunidad abstracta y las pistas que buscaba no eran otra cosa que la oportunidad de integrarse: la comunidad era, como lo hemos anunciado, la muerte. La vida no termina en la muerte, pero es la obra de la vida. La vida lee lo que la muerte escribió.

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