Las mil y una noches

En contextos represivos, el arte y la literatura encuentran formas de expresar identidades y sexualidades diversas. La primera edición en español de “Maricas y sus amigas entre revoluciones”, de Larry Mitchell y permite tejer un hilo invisible entre ellxs.

GUADALUPE FERNÁNDEZ MORSS

Hace unos meses conocí en París la obra de Richie Nath, un artista birmano que reflejó en sus vibrantes pinturas el universo queer atravesado por la mitología de Las mil y una noches. Con monstruos, amantes y militares. Con una exhibición descarada, desafiante y festiva de los cuerpos, el deseo y la libertad sexual. Obviamente que en esas pinturas late también una toma de posición contra la violencia y la persecusión. No hay que olvidarse de la mañana del 1 de febrero (de 2021), cuando el golpe de estado a Aung San Suu Kyi modificó vidas, futuros, silenció a muchxs y cubrió de horror a Myanmar y al mundo. Esa mañana Nath se encontraba en una residencia parisina. Pudo salvarse él, pero su hermano cayó en prisión y también su madre y también sus amigos y también muchos conocidos de su entorno. Sabe que no puede regresar. “Si vuelvo me arrestarían y torturarían”, dice Nath en las entrevistas, y como única salida se sumerge en las pinturas para encontrar la fuerza necesaria para seguir. Esa mañana de febrero, el mundo tal como lo conocía se había vuelto más asfixiante de lo que había sido desde su juventud.

Nath nació en la ciudad birmana de Yangon, es mitad indio y desde chico se veía diferente a sus compañeros. Además, por ser gay en una sociedad conservadora, no tenía demasiadas opciones para sentirse bien consigo mismo. Llegó a odiarse y a odiar su vida. Su arte ahora es un reclamo de su identidad, traza figuras inconfundiblemente queer y del sudeste asiático o del sur de Asia “porque quería ver algo explícito y crudo, porque me hicieron esconder y odiarme a mí mismo durante tanto tiempo”, explicó en varias oportunidades. “Las partes que me hicieron odiar de mí mismo, mi herencia india y mi rareza, solo quiero expresarlas de una manera vibrante”. Inspiradas en los cuentos infantiles y en las leyendas, estas pinturas son un reclamo de las cosas con las que luchó desde joven. En ellas los personajes queer luchan, coquetean y posan para abrirse paso a través de los mundos míticos que los rodean. Desde mitos y leyendas hasta cuentos infantiles, las historias son increíblemente importantes para Nath. Los escenarios y personajes de su obra están inspirados en representaciones del amor dentro de la mitología y en miniaturas indias y birmanas. Muchas de sus escenas se originan en el Ramayana, el texto épico del siglo III a. C, escrito en sánscrito y atribuido a Vālmīki, que sigue la historia de Rama y Sita, una historia de amor que se ha convertido en parte de la tradición birmana. A su vez, apoyándose en la ilustración de moda con la que se educó, cuando las figuras de Nath no muestran sus cuerpos fibrosos y ondulantes están vestidas con finas prendas y joyas: sedas transparentes, guantes estampados y estampados de leopardo. Su inspiración, fascinada por la belleza, la moda y la teatralidad, proviene de la vestimenta tradicional, los desfiles, Internet y las postales de mujeres de los años sesenta en Myanmar. La expresión de una sexualidad disidente en contextos de represiones políticas es un grito desgarrado por la libertad.

En ese sentido sería interesante relacionar la obra de Nath con la exposición de fotografía que se inaugurará en noviembre en Malba: Las metamorfosis, de la fotógrafa brasileña Madalena Schwartz, donde la artista documenta los universos travesti y transformista del centro de San Pablo en los años setenta. Son personajes que ella conoció en su vida cotidiana, en el trayecto entre la lavandería y el rascacielos donde vivía con su familia y donde tenía su estudio. Como dicen los curadores de la muestra, Gonzalo Aguilar y Samuel Titan Jr., al ser amante del teatro, Schwartz inició una serie de retratos con personalidades de ese mundo y de la televisión: los integrantes del grupo Dzi Croquettes, el cantante Ney Matogrosso, la actriz Elke Maravilha y el performer argentino Patricio Bisso (vecino suyo) y siguió a personas menos conocidas que se ganaban la vida en salones de peluquería o en clubes nocturnos. “Gran parte de esos retratos eran realizados en un estudio improvisado en su propia casa, en un ambiente de intercambio y complicidad.” En este punto observar el arte de Richie Nath y de Madalena Schwartz resulta también un poco desesperanzador, porque con casi cincuenta años de diferencia la situación de represión y violencia no cambió demasiado en algunas partes del mundo. Gonzalo Aguilar y Samuel Titan Jr. explican al respecto que eran años opresivos y violentos, que se volvieron fértiles para que la protesta se hiciera sentir por otros canales, estéticos, eróticos y Madalena captó en sus fotografías esa tremenda explosión de color y energía utópica”.

El color y la energía de esas fotos puede leerse también en el manifiesto underground que es Maricas y sus amigas entre revoluciones, de Larry Mitchell, cuya primera edición en español acaba de publicar Consonni. Es un texto de culto, utópico y queer. Una mezcla de fábula y manifiesto contracultural, que se le ocurrió a Mitchell una noche lluviosa en una calle de San Francisco viendo a sus amigas jugar, tras la estela del movimiento de liberación gay en Estados Unidos que se detonó a partir de Stonewall en 1969. Publicado originalmente en 1977 por Calamus Books, una editorial creada por Mitchell, con ilustraciones de Ned Asta, llevaba el título The Faggots and Their Friends Between Revolutions. Es posible que haya sido la primera vez que la palabra maricas (faggots) apareciera en el título de una obra. El texto se abre con un epígrafe de Nina Simone de “Blues for Mama” que reza: “Porque nadie es perfecto, porque nadie es libre” y nos sitúa en un imperio feroz llamado Ramrod, un imperio en decadencia donde conoceremos a las diferentes comunidades de maricas, mujeres, reinas, hombres queer y mujeres que aman a otras mujeres, y sus modos de supervivencia frente a los hombres blancos y el mundo que han creado. El texto es producto de la contracultura de los años setenta que desarrolló visiones utópicas en busca de la aceptación de identidades diversas, la neutralidad de género y el compromiso ecologista. De hecho el texto de Mitchell surge a partir de sus experiencias en la comuna queer de Lavender Hill, establecida en 1973 en una finca de Ithaca, Nueva York, donde intentaron quebrantar la monolítica visión de la familia heterosexual biológica para apostar por nuevos modelos de convivencia que surgiesen tras la construcción de una alternativa afectiva. Por eso el texto se presenta, como dicen en el prólogo Jesús Alcaide y Jonathan Snyder, como un catálogo de tácticas de desobediencia bajo la apariencia de una fábula poblada por personajes coloridos que viven en constante rebelión contra el mundo gris y opresor de los hombres.

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