Sobre el arte de perder el tiempo

En este ensayo inédito, el escritor Francisco Bitar, autor de “Un accidente controlado”, propone un elogio de la improductividad, la lentitud y la deriva.

FRANCISCO BITAR

Quizá la pandemia haya herido definitivamente al tiempo, al menos al nuestro, al que nos queda.
Durante la época de restricciones, el tiempo funcionaba a presión. Faltos de él, los padres y madres hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para usarlo de modo intenso, aprovechando hasta el último segundo (esto si nuestros hijos se dormían cuando todavía estábamos despiertos o si una tía aceptaba por fin recibirlos y cuidarlos, aunque sin sacarse el barbijo).
Había que tener un plan perfectamente ajustado a su fin para esos momentos, de modo que la necesidad de saldar cuentas con la montaña de deseos atrasados no se atascara en el mismo lugar. Y aún así, nada nos garantizaba que la decisión fuera la correcta. Es más, nunca lo era, atormentada como se presentaba por la suma interminable de postergaciones.

Pero no solamente el tiempo del hacer estaba amenazado por esta impaciencia: también los tiempos muertos daban la impresión de un polvorín esperando por su chispa. Una hornalla que no prendía al primer golpe de encendedor, una birome cuya tinta no corría a causa del frío, un chorro de agua que demoraba en salir, anticipado por el bufar de la canilla, cualquiera de estas cosas nos ponía de pronto a aullar, aún cuando el hecho no robara tiempo de ningún otro lado. Pero así íbamos, de impaciencia en impaciencia, con la impresión siempre descorazonadora de nunca estar ahí, en presente, sino más adelante, en lo verdaderamente importante, aunque no supiéramos bien de qué se trataba.

Un año y medio después, con la apertura de las escuelas y esa monstruosa inyección de tiempo a disposición (mañanas enteras que ahora se abrían incomprensibles ante nosotros), se presentaba la posibilidad de dar cuenta por fin de todos los asuntos pendientes. Pero había un problema: todo lo que no habíamos hecho, de pronto nadie lo exigía. Incluso aquello que suponía un deseo personalísimo y que habíamos dejado para después (los libros no escritos ni leídos, las amigos que no visitamos, los viajes que no hicimos), ya no nos interesaba, ni siquiera como para hacer un mínimo esfuerzo por recuperarlos. ¿Qué hacer entonces con todo este tiempo a disposición, que no solamente es tiempo libre sino también tiempo nuevo, ajeno a los usos anteriores? Mi propuesta es: perderlo. No es rara esta reacción: cansado de tener que hacer algo con él, de obligarme a exprimir cada instante, ahora me revelo: voy a perderlo y con total impunidad, sin la menor sombra de culpa. Esto no significa no hacer nada con él sino no hacer nada productivo, que era la falsa amenaza anterior (no hice nada de lo que otros y yo mismo me exigían y, sin embargo, sigo vivo).

¿Cómo instrumentarlo? Sugiero tres maneras. La primera es la de volverse proclive a los pequeños azares. En esto, las costumbres de mi padre todavía tienen algo que enseñarme, como cuando recibía a un amigo sin cita previa, lo que torcía el rumbo de una mañana dedicada, en principio, al estudio, hacia una conversación inútil pero entretenida (para llegar a esto, o al menos para propiciarlo, yo debería arreglar el timbre).
Otra posibilidad es la del rodeo, en la que, a decir verdad, ya soy un especialista. Por ejemplo, antes de cerrar este párrafo con un punto, y porque quiero mantenerlo un momento más con vida a causa del goce que me produce, voy renovar la yerba del mate. El rodeo es la expansión creativa de lo que era un camino recto, pienso mientras me inclino sobre el tacho de basura. El rodeo nos salva de ser demasiado eficaces.
El tercer modo de perder el tiempo es, desde luego, la lentitud. A diferencia del rodeo, que supone una capa de tiempo inútil agregada a la del tiempo útil, la lentitud supone la prolongación indefinida de lo mismo que estaba haciendo. Por ejemplo, yo subí la cantidad de cigarrillos fumados al doble, de uno a dos. Pero no sólo hice esto sino que ahora, en lugar de poner al cigarrillo a acompañar otra cosa, me aplico a ello: calculo los períodos de inhalación y exhalación y trato de equilibrarlos, no dejo que la ceniza se acumule, admiro las volutas de humo que se pierden en el aire. Así la lentitud podría considerarse a la vez como una actitud hiperconsciente pero de postura relajada: exactamente una meditación. En suma, introduciendo mis obligaciones en la trituradora del azar, la lentitud o el rodeo, haré lo que tengo que hacer pero liberándome de su peso, incluso con la sensación de no hacer nada. Por lo demás, si ha llegado la hora de perder el tiempo es porque el tiempo útil, del que ya tuve demasiado, necesita del tiempo inútil para acomodarse la próxima vez en el presente; al menos así es en la escritura, donde lo útil es el futuro de lo inútil, lo que hace de lo inútil un pasado en el que debo sumergirme hoy mismo si quiero tener algo que decir mañana. Así, perdiendo el tiempo, quizá logre por fin emprender un trabajo que conozco de otra época y que ya demoré lo suficiente: vivir.

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